Capítulo 9

Acatalepsia. Una novela por entregas

 
Reavivada la mesa, Ariel Saldivia terminaría afligido. Digamos que grandemente preocupado, como solían decir algunos en un caso como aquel, luego que Idígoras Moreno insistiera en llevar a cabo una fea cosa con la cual había venido amenazando al Guamo y que creía, por tanto, que Terepaima Ojeda sugestionaba, y sobre todo desafiaba.                                             
Quizás con sobrada razón decía Saldivia, que tal acción ponía en peligro la propia mesa de negociación, dado que semejante fechoría constituía la inmutable contrapartida que Idígoras Moreno ofrecía continuamente a la menor iniciativa de Terepaima Ojeda, permitiendo sospechar incluso que fuera siempre la misma para el caso de que no tomara ninguna, por lo que Terepaima respondía, también con razón, que no aceptaba bajo ningún respecto ni apremios ni compulsiones. Y debía entenderse, por fea cosa, todo aquello que causando grave daño emergente al Guamo, pretendía ejecutarse a todo evento para defender intereses parciales y sobre todo no sometido a nada que lo pudiera legitimar. Por lo que no era posible asimilar, la condición legitima de Terepaima para estar en su santo lugar, a un acto escandaloso y peor aún eventualmente generador de una insondable herida general. Eso demostraba, ostensiblemente, que Idígoras Moreno andaba en reiterado hábito complotativo. Las palabras de un gentil y fundamental idigorista, así parecía revelarlo: Si hay que perder ganancias y salarios, que se pierdan diría con sospechosa prodigalidad y exhibiendo una nueva presentación dental de aires plásticos por ende muy costosa que no parecía haber sido esculpida por supuesto a bajo costo en el departamento dental de aquella central dizque obrera que maniobraba.             

Idígoras Moreno decide entonces, a última hora, iniciar la fea cosa el dos de diciembre si es que otro errorcillo de Terepaima Ojeda no lo obligara a iniciarla antes. Y era presumible que ese errorcillo pudiera ser incluso el error de no errar, que lucía el peor de los errores para justificar esa ya obsesiva fea cosa. Porque, la verdad era, que la pendencia se veía muy rigurosa.      

Mientras tanto, en materia económica se mostraba optimismo sobre el futuro. Se reafirmaba que a pesar de la crisis la economía guamoana demostraba que el enfoque ortodoxo había muerto. Significándose con ello simplemente que el denominado Consenso aquel, había muerto. Y se iba más allá en tales reflexiones, al enarbolarse un discurso de justicia social cada vez más presente. Y este nuevo consenso parecía afirmar, que no se debía juzgar por los números sino más bien por los aspectos sociales, por la cultura y por la visión que se tenía de sí mismo.              

Resultaba desquiciado sostener por tanto una visión pesimista del Guamo, aunque fuera de él un hombrecillo dijera haberse reconciliado con su conciencia reconociendo a una hija caray tras una larga presión, aunque no se reconciliara con su gente al salir trasquilado, y sufrir así un gran revés; cuando al menos cien personas fallecieran durante una ola de violentos enfrentamientos por una imprudencia que se cometiera en un concurso de belleza que coincidiera con un lapso sagrado, y cuando suicidas atentados sacudieran ciudades sagradas significando como que, el camino de la guerra y el martirio, debían continuar mientras pulgadas de tierra fueran violadas.      

 Imposible olvidar resultaba, que tanto Idígoras Moreno como su familia se caracterizaban por no ser precisamente arcangélicos. Quizás más estos (que el propio Idígoras) no solo fueron sagaces organizadores, sino que además eran blancos ricachones poseedores casi de esclavos; comerciantes y poseedores de toda variedad de bonos y acciones y por ello quizás (o seguro) temerosos de una rebelión de los pobres. O como dijera el propio papá de Idígoras: De una repartición equilibrada de la propiedad. Pero es que además eran racistas, asesinos de indígenas y amantes de las guerras de expansión. Estaban más concentrados en el poder que en la tragedia de los guamoanos por el hecho de no ser blancos. Por lo que había necesidad entonces de ver los asuntos desde una perspectiva distinta y barajar y repartir de nuevo y sobre todo en cuanto a quiénes eran héroes y quiénes villanos. Porque, saber quiénes eran TerepaimaOjeda e Idígoras Moreno, aunque fuera ahora, a grandes rasgos, resulta cuerdo para no confundirse en cuanto al porqué de aquella tan industriosapeloteraguamoana.            

Dejaremos expuesta así la vida o quizás los atributos de ambos sin que en nada resulte arduo y no sin antes aclarar que las apariencias enredan incluso hasta aquellos que no pretenden aparentar por hallarse en un al parecer medio camino entre ellas y lo que las rescinde; en lo que no tiene ni nombre ni contenido y en lo que no es nada pero que pudiera serlo todo; de lo que es pretendido como dar un paso decisivo fuera de ellas, pero que a la postre no y que pareciera obligar a la flotación y al eternizarse en el equívoco, y, para colmo, sin salvación. Pues en Terepaima Ojeda veíase la prudencia, la piedad, la ciencia política, su cuidado de la educación y la idea de un Supremo. En Idígoras no. En el modo de aspirar el mando, Terepaima Ojeda lo hacía por ser justo. Idígoras no. (Por el cuerpo de Idígoras se veía claramente chorrear la injusticia como algo viscoso). Pero es que ambos habían templado sus arpas en tonos enfrentados, tanto como que Idígoras atirantara las cuerdas en el edén nórdico (viciado y dado a exigir regalos) y Terepaima aflojaría lo que había en el Guamo de sobrado y de excesivamente enérgico, por lo que se viera que la mayor dificultad jugara contra Idígoras porque tampoco proponía a los guamoanos que se dejaran de cotas y espetones y arrojasen lejos de sí los manteles ricos y las mesas y por tanto de cenas tragantonas. Así el uno apelaba a la persuasión siendo muy amado y respetado, mientras que el otro corría riesgos siendo un gran maltratador. Era dulce y humana la musa de Terepaima, no obstante también indómita y fogosa, pero consignada a la cultura de los guamoanos, para quienes los libros eran gratis, tanto, que si se les precisaba a tener por institución a Idígoras con lo que hacía con los desheredados (cosas injustas y hasta cruelísimas), habría de concluirse en que la visión de Terepaima era benigna por reconocer a los marginados en lo más con los honores de la libertad, acostumbrándolos a comer confundidos entre sí y verse como parientes. De ambos se diría entonces que se proponían atraer a la muchedumbre, pero Terepaima para la moderación y la templanza, mientras que Idígoras para el abuso y el desenfreno. Éste no reprimía lo belicoso, porque aspiraba quitarles una presunta timidez, mientras que Terepaima no aupaba la guerra para que no fuesen violentos e injustos, y así, para que tampoco ofendieran a nadie. Idígoras Moreno no era dado a quitar en los guamoanos lo que en ellos había de excesivo y negativo y ponerles lo que les resultaba falto, mientras que Terepaima trataba de introducir en ellos grandes cambios para formar un pueblo entremezclado y vario (digamos de músicos, artesanos y costureros) mientras que Idígoras (severo y aristocrático) pretendía continuar poniendo las destrezas mecánicas en manos de los pobres y, hasta en la de los villanos, mientras que en los que él, llamaba ciudadanos, el escudo y la lanza, haciéndolos artífices de la guerra y sin que diesen ni pensasen en otra cosa que no fuera obedecer a sus jefes y vencer a sus enemigos y perder la libertad en eso de la vacua pretensión de ser potentados.                                                                          

En cuanto a las mujeres y la comunicación con ellas, ambos insistían en los celos. Pero Idígoras Moreno no los sentía porque no les pedía sexo. Terepaima sí,por lo que algunos poetas las llamaban o bien destapaduras, como Isidro; o andrómacas, como Cirilo, que de ellas por cierto decía que salían con mancebos de sus casas con la ropa suelta y una pierna al aire y sin pantaletas. Y lo diría con mejor expresión el poeta Zorrillo: A la joven Selenia la compromete que el marfileño muslo deja afuera sin llevar desenvuelta, con los hombres ceñida estola, cuando en casa manda con todo imperio y que en los negocios da dictamen con soltura aun en los de mayor importancia. Terepaima a las casadas les guardaba decoro y honor no obstante los raptos; increpaba a las retozonas, les imponía la vergüenza, las enseñaba a ser abstemias y les asignaba el silencio cuando no estaba el marido, recordando que fuera Getulio Emilio el primero que repudiara a su mujer en el Guamo; que fuera Mariale, la mujer de Bolaños, la primera que peleara con su suegra Isolina;  y todo, habiendo transcurrido solo diez años y pico de su fundación. Y a las doncellas las preservaba creciditas y robustas, para que tuvieran bastante vigor cuando hubieren de llevar el preñado y luego los dolores y, para cuando estuvieran pasaditas de años, fuera el cariño y no el odio el que operara, pero también para que los cuerpos y las costumbres pudieran ir sin vicios ni siniestros al poder de sus maridos. Lo físico se miraba más que todo por lo de la procreación y, lo de las costumbres, para la difícil tarea de vivir juntos. En el punto de la educación de los chamos, de sus reuniones, juntas y compañías para los bonches, así como para los ejercicios y juegos objeto de sus aficiones, Terepaima no era adicto a dejar al arbitrio de los padres el destino de sus hijos, evitándoles con ello el simplismo de la elementalidad: sólo lo de leer y escribir, de no necesitar de la aritmética y, de cualquier modo hacerse entender, como pretendiéndose con ello suprimir la escuela y dejar a los niños en la siempre resbaladiza ociosidad. Idígoras Moreno sí lo auspiciaba, pero con un aparente hipócrita fin último, según se decía en las tandas.                                       

Apurando, ellos aquel día que hablaran a través de Ariel Saldivia, no dejarían sin embargo de encontrarse por un suficiente instante como para que Idígoras le echara a Terepaima una mirada inquisitiva para preguntarle si estaba bien y asegurarle que no pretendía, como decían, hacer nada feo contra el Guamo ni contra él, y como explicándole que todo en él era temporal. Y se le quedaría mirando persistentemente, no con enfado, sino como para evitar alguna pregunta inoportuna. Pero al parecer no comprendió lo que quería y, estando a punto de formular la misma pregunta, tuvo que darle un parado, diciéndole, con solidez:                                     

 ¡Epa, no me hagas preguntas de esa naturaleza! Pregúntame de modo, pero no de ideas, que, cuando esté listo para decirte cuáles son si es que alguna vez sucede te las diré incluso sin que me lo preguntes.                                                                                                                                 

A lo que respondió Terepaima Ojeda:                                                                                          

Mira que ni la fuerza de la sinrazón, ni de las armas, nos unirán. Y sí incluso confundiéndonos como en un amor patriótico la justicia y la sabiduría.                                       

Idígoras hizo una luenga pausa. Parecía que buscaba la palabra adecuada. Pero también parecía encarnar, esa pausa, un titubeo conmovedor. Y Terepaima le clavó con una mirada difícil y penetrante. A Idígoras lo había aconsejado Z. Z. Monzón para que no se explicara tanto, porque en cada explicación podía lanzar escondida una disculpa y que él, en razón de sus loqueteras, no tenía nada de que disculparse. Y, si explicaba por qué no había hecho ni aquello ni esto, lo que en realidad estaba haciendo era disculpándose por sus flaquezas, y esperando que fueran comprendidas. Por lo que debía desactivarse. No escuchar a sus detractores.                           

Por supuesto que Terepaima Ojeda no lo elogió ni como ser excepcional ni como ejemplo siquiera de lo que el trabajo y la dedicación podían lograr. Se retiró, e Idígoras fingió no haber quedado molesto porque se le negara algún halago, pero era evidente que no había quedado en el cielo Y terminaría drenando su arrechera, contra las mujeres, oyéndosele espetar (porque no pudo dejarlo sólo, en pensamientos):                                                                                                    

 Coño, no hay nada más espeluznante y nauseabundo que la insensibilidad de las mujeres. Yo no les tengo antipatía, pero en este momento me parece que todas sus cucas son, simplemente, eso: ¡cucas villanas y beatonas! Y si alguien cerca habría de escucharle ese pensamiento tan derramado, no hubiera podido contradecirlo sin armas, y mucho menos si estaba reventado. Él se creía hijo de Zeus, pero sentía que Terepaima maniobraba un carro de luminiscencia aceptando por tanto, y muy a su desconsuelo, que era rey de la claridad. Quedaría convertido en llanto y sin voz y presa de la insensatez y haciendo ver que sólo escuchaba la voz desesperada de su coach Z.Z. Monzón quejándose de sus torpes obsesiones. Su tormento terminaría como a las diez de la mañana, hora en que Terepaima se hallaba en alguna calle del Guamo batallando. Parecía que le había dado un golpe que lucía final, como uno que causara el desplome de su intentona de llevar a cabo un cambio drástico, pero que si ello ocurría, la culpa hubiera recaído en la mano oculta de su ilustre estupidez. En nada, ni nadie más.                     

Lo que habría de quedarle como residuo irreductible a Terepaima Ojeda, fue la emoción de que le hacía al Guamo una máxima ofrenda sin causarle daño a nadie, pero sí con un espíritu de guerrero del tiempo cuya única claridad era la de custodiar viva una memoria que fuera afectada hacía mucho tiempo, por lo que no podía callar lo que tanto amaba al Guamo. Idígoras Moreno notaba que había tristeza y que ella actuaba como una fuerza perenne sobre los idigoristas. No disponían de escudos de defensa. Ya no podían escudarse detrás de sus inconsistentes amigos del edén nórdico. Ya no podían escudarse, ni siquiera, detrás del odio ni de la desgracia. No podían escudarse detrás de nada. Raycón Beló en sus noches de himeneo le contaba a Carlicia pasmosas y patéticas historias de los idigoristas sobre sus intrigas y sobre sus traiciones. Y también, sobre sus demás miserias humanas. 

Y Carlicia iba interrogándolo, en cada final machaconamente:                                                            

¿Verdad, papi?                                                                                                                                

Y él le iba contestado, con desgano:                                                                                                       

Siii.                                                                                                                                                   

¿Cómo que te fastidio con el verdad papi ese?                                                                               

Después de lo que me has dado, ¿qué fastidio pudiera caber de ti en mi alma?                                

¡Tan bello!                                                                                                                              

Idígoras había sentido rencor hacia él más allá de las palabras. Y llegó hasta a maldecirse por haberse lanzado al abismo de su propia deshonra. Su tristeza y la de los suyos no era imprecisa. Provenía de codiciar algo de importancia muy personal, como era su vano empeño de sacar a Terepaima de su legítimo lugar. Venía de su propio y fantasioso yo. No venía de lo eterno. Además, se daba cuenta que Terepaima Ojeda como eficiente guerrero del tiempo sabía tomar perfectamente bien, como reto, todo lo que le venía desde el fondo de la Sinceridad Perdida, porque, ante un reto ganaba, o el reto acababa con él.                                                                        

Y en los diarios nada ascéticos del Guamo, se hablaba de esa desazón interior que los idigoristas conservaban en medio de una paz turbulenta. Esa interior desazón, esa zozobra profunda de las concavidades, no era natural, porque la habían traído ellos del vientre de sus asaltos y demás malévolas labores. Eran solicitados de muchos lugares para una pródiga producción de actividades: de un lado el bochinche, y de otro la necesidad de la ambición, así como de otro los anhelos pasionales entre los que la sensualidad y el solaz eran los más inhumanos. Lo que a ellos preocupaba, era precisamente lo que a nadie particularmente le importaba. Les interesaba lo que carecía de interés para el guamoano de a pie: lo infecundo. ¿Resultaba algo más infecundo en tiempos de paz, que los pensamientos hostiles aunque en el campo intelectual la vida fuera siempre una guerra? Idígoras dizque era un beligerante. Lo que ser un hombre también dizque significaba. La paz no le resultaba útil porque jamás estaría en paz y contento (consigo mismo) por no decidirse a ser realmente lo que era. Y decía que la paz en el Guamo no era real, y que nunca lo sería, mientras Terepaima estuviera en su sitio, al tiempo que éste apuntaba que podía haber paz sólo cuando todos en el Guamo se ocuparan de la justicia y de la verdad, las que Idígoras negaba que existieran, y que por eso las llamaba ideales, que no se atrevía a expresar, porque entre otras cosas sentíase fallo de paz en su corazón. Además, Idígoras Moreno incondicional siempre por su notorio actualismo de solícito burgués al celular, a las películas en 3D y al juego en la tableta, fue logrando una dolencia que, aparte, podía convertirse en la más terrible de este siempre prometedor siglo XXI: la enfermedad de la simulación. Él, apropiándose por las buenas o malas de algo que parecía útil, pero a la larga innecesario o superfluo, como era su hábito, sentíase andando sobre cualquier vehículo, incluida la política, comenzando a generar un estado de cosas en su interior que, detectaba su escucha, pero no así su enfoque. La enfermedad le surgía entonces al darse todo lo contrario: cuando su cerebro, comenzando a pensar que con su actuación avanzaba, en realidad no, produciéndose así una ilusión de movimiento detectada por el oído interno, lo que le espoleaba el área postrema del cerebro haciendo por tanto que se fuera, debido a las náuseas, en amarillentos y negruzcos ascos.  

 



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Raúl Betancourt López


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