Capítulo 8

Acatalepsia. Una novela por entregas

No era una travesura pensar que el guamo pudiera ser dogmático o escéptico. El problema quizás era determinar cuánto era de lo primero, y cuánto de lo segundo.

La realidad –que pretendía por su parte ordenar las cosas– parecía animar constantemente la disputa, pero jamás resolvía ni le satisfacía ninguna conclusión, pareciendo declarar, que su ciencia, no era otra que la de argumentar.

Constancio Mercerón era del sentir que todas las asociaciones tenían igual fundamento, por lo que consideraba indiferente seguir cualquiera de ellas. Porque, afirmaba y no sin un pelo de razón, que de una sola idea nacían múltiples cuestas, por lo que no era de extrañar, que ningún otro saber, como ese, fuera tan inclinado, a la duda, y a no confirmar nada.

Sacar al mundo felizmente, lo que engendran los demás, es la función de la comadrona, por lo que pudiera eventualmente suspender su oficio de engendrar para poder, convirtiéndose en sabia con la anuencia de Dios, fecundar hijos espirituales conformándose con ayudar y favorecer a los demás a revelar su naturaleza y lubricarle el conducto que facilite el paso del fruto de sí mismo, así como encontrarlo, batearlo, fomentarlo, reverdecerlo, ceñirlo y circuncidarlo, para que pueda desplegar sus luces tanto en provecho propio, como ajeno.

Pero se continuaba comadreando en el Guamo acerca de la injerencia de la policía por causa del pleito laboral aquel (preciso a ser sujetado por fuerza militar) al haberse hecho valimiento de él para plomear a pacíficos ojedeanos por cuenta además de aquel ser chocante y brutal como era el alcalde Escarmiento; lo que no resultaba bueno para el cántaro, porque podía desgajarlo. Pero también con la anómala y lacrimosa dimisión de un reputado comisario medrado dentro de filas, que poco antes había sido designado director. Y con la designación del nuevo y la prohibición a su jefe máximo y a sus adláteres –por parte de aquel inconmovible coronel– de entrar a la comisaría de Carmengarcía, alboroto que planearon formar, y que en algo, lograron. Luego un incendio en las instalaciones de Esferasordina (por cierto, sospechosamente bombeada) y el beso, muy cuestionado quizás por celos, de una fogosa ojedeana al firme coronel que le parara el trote al regidor Escarmiento, que andaba, como judío errante, buscando no se sabía qué, aunque quizás sí. Porque se le había activado, con motivo de la rabieta, una especie de generador de mentiras para televisión cuando denunciaba muertos con tiros en la cabeza y demás adobes; conducta quizás a ser incluida dentro de algún síndrome del que pudiera hablarse con fresca preocupación. Pero Constancio Mercerón, en su crónica no hacía ver que esa participación castrense obedecía a una previsión reglamentaria, ya que al producirse el desbordamiento de la capacidad de contención actuante, el control del embarazo debía asumirse entonces por un órgano que dispusiera de mayores medios, a la vez que de mayor capacidad de respuesta. Y al fuego de Esferosordina, el alcalde Escarmiento se presentaría con la prontitud propia de un autor material donde además, por su propia boca y por la de todo el que iba llegando, se acusaba sin apelación a los ojedeanos. Pero otros aseguraban tener información de que se trataba de pequeños grupos catervarios exasperados por sacar a Terepaima Ojeda de su santo lugar, mediante la siembra del pánico y cuyas semillas no lograban hacer brotar. Se hablaba así de tres contigüidades precisas a realizar: una explosión en la distante plaza con motivo de la cual se había detenido a la amante de uno de los tombos del alboroto, que se dedicaba a vender luces de bengala y cuyo camión antes volara atestado de ellas en otra plaza. Atentar contra una personalidad pública y por último plantar un repelón de C-4 en alguna mesnada de infantería. Todo mientras grupos de exaltados trancaban la vía principal del Guamo, actividades que Constancio Mercerón consideraba apacibles. Pretendía hacer ver que esa vía tan crucial se trancaba pacíficamente. Y con ese nivel de objetividad –decía Raycón Beló a un amigo– podía hacer posible que un día, viendo a un idigorista matar a un ojedeano dijera, que por supuesto ni siquiera lo perpetraba pacíficamente, sino también, hasta amablemente.
Raycón Beló mientras tanto llamó a Carlicia. Y cuando estaban en el interludio del cebo, interrumpe de pronto la entelequia en que se hallaban (a eso de media mañana) para comentarle a su amada, en vía al martirio de una promisoria y frustrada fogarada, que estaba leyendo de nuevo la crónica de Constancio y que notaba con disgusto la notoria mansedumbre y desidia de su narrativa.

–¿Cómo papi?

–¿No entendiste, mi dotada de hermosura?

–No, papi, porque además de haber estado donde me tenías, tú a veces hablas de forma muy compleja. ¿Ves?

–Bueno, sabes que soy complejo, hasta para eso… O mejor te diría que en realidad lo que soy es un simple destructor de enunciados convencionales.

–¡Ay, sí, pero sigue!. No me pares. Ya volví a tierra.

–¿Qué siga con qué?

–Bueno, con lo del tal Constancio... ¿Y quién es ese Constancio, Rayconcito?

–¿Qué es eso de Rayconcito, chica?

–¡Ay, Rayconcito, pues! Pero es que tu nombre es tan… ¡Ay, ojalá que te pudiera decir Oscarcito! ¡Suena mejor, verdad? Pero no… Sigue, papi.

–Constancio Mercerón es un anciano amigo mío que escribe crónicas sobre la vida guamoana, pero siempre reflejando en su historia una actitud cómplice. No objetiva. Además, utiliza párrafos proscritos del orden habitual, pero sin la influencia de un tono febril, intenso, que pudiera penetrar, prontamente, en su meta misional. ¿Sabes que las palabras tienen su propio encargo?

–No, no lo sabía, papito. Bueno, no… sí… Ahora me doy cuenta que, cuando me hablas a tu manera, causas en mí un daño irreparable como ese que ya me habías causado cuando comenzaste a hablarme del viejo Constancio. Por cierto que aspiro a que el próximo daño que me causes, no sea irreparable. ¿Ok? Porque, ¿sabes qué aspiro de ti? ¡Un gozo existencial! ¿Objetiva? ¿Y qué significa objetiva, Rayconci…? ¡Ay, perdón, cónchale!

–¿Objetiva, cielito Guamoano? ¡Objetiva, pues! Que pertenece a lo real, independientemente de la manera de pensar.

–¿Lo real? ¿Te refieres a la realidad?

–Sí, mi catedral.

–¿Mi catedral? ¡Tan bello! ¿Y por qué me dices así?

–Porque comienzo a sentirte como un lugar donde se acude a implorarle a Dios que alivie los sufrimientos. Porque, para mis infortunios, eres como una sala de primeros favores. Y pretendo permanecer en ti, hasta mi absoluta sanación.

–¡Ay, qué rico, no sigas, porque puedes causar otro daño irreparable! ¿Sabes? Tengo problemas con la realidad. Cuando Generoso Antúnez me atacaba recién llegada al Tres Columnas, me decía –¡claro, nunca con tus maravillosas palabras– que yo era una rica realidad. Yo nunca entendía lo que me quería decir. ¡No me decía que era una rica mujer! Eso lo hubiese entendido por caerse de maduro, ¿ves? Pero ahora me doy cuenta que pudo haberlo aprendido de ti. ¡Pero aprendió de ti sólo eso y qué conste, papi! ¿Ok?

–¿Por qué dices que sólo eso?

–Bueno, porque aprendió sólo eso, pues!

–¡El maricón ese..!

–¿Te pusiste bravo?

Otro uniformado de medio pelo se pronunciaba en la plaza lejana a eso de las ocho de la noche de aquel lunes, para subrayar que Terepaima Ojeda soslayaba todos los principios éticos. Ese día Terepaima Ojeda e Idígoras Moreno no se hablarían sino a través de Ariel Saldivia y, sin mucho avance, concluiría la jornada de ese primer encuentro de la mesa de negociación. La discusión hubo de centrarse sobre la violencia, aunque las partes se hubieran comprometido a encasillarse en la agenda acordada. Incluso le solicitaron al facilitador Saldivia de madrugada que se pronunciara en cuanto a lo de los tombos intervenidos. Y Constancio Mercerón –insistía Raycón Beló– no se preguntaba por qué tenían ellos que pensar que esa era materia sobre la que debía pronunciarse Ariel Saldivia en su condición de facilitador. ¿Era qué acaso pensaban evocar algo que a todas luces resultaba, por lo menos, desacertado? Había que ver. El guamo continuaba militarizado con apoyo de unos y condenado por otros. Pero sin desbordarse. Y si acaso se desbordaba, había órdenes que debían cumplirse. Pero todo acabaría solo con accidentes menores. Incluso un paro convocado por el general en su lío, no tuvo eco en nada por lo que la marcha ni siquiera fue evaluada. Pero Ariel Saldivia sí se vio obligado a suspender la mesa de negociación por varios días. Y así, cualquier visión equilibrada de lo que ocurría en el Guamo, tenía que pasar necesariamente por el conocimiento de unos esfuerzos que se hacían, ciertamente por la paz, así como por los intentos que se hacían, muy seriamente, en contra del pueblo guamoano, por lo que la guerra de reprobaciones y descréditos, continuaba.


En franca coincidencia con aquellos acontecimientos, un amigo de Constancio Mercerón –de unos noventa y seis años– decide emigrar a una especie de edén nórdico. Y luego de haber permanecido allá por dos años, decide enviarle un correo a su amigo donde manejaba estas reveladoras premisas: Viejo amigo Constancio, por fin he vivido mi sueño: ser un buen cosmopolita. En el Guamo trataba de serlo haciendo lo que hacen los seres pulidos en una sociedad pulida, y el ambiente no me lo permitía. Eso me resultaba muy arduo y me indignaba, y la indignación me estaba conduciendo a la violencia, al extremo de haber amenazado a la empresa eléctrica con incendiarla, si no mejoraba el servicio. En ese momento entendí que debía irme del Guamo si no quería verme envuelto en semejante salvajería. Emigré entonces a este edén nórdico y he hallado mi manera de vivir: Ay, me deleito con la libertad e incluso con las pequeñas cosas que se han dejado de apreciar. Salgo a mis vagabundeos tempraneros sin bordón, sin temer a una mordedura, ni a un salteador. Aquí los pajaritos, acostumbrados a que nadie los averíe, vuelan hasta con un libertinaje que se les nota en los trinos; no como los de allá que vuelan cagados. Luego que regreso me baño con agua y no con la esperanza de que pudiera haberla. ¡Me rejuvenezco cuando la veo fluyendo en finísimos y recios chorritos! Y he dejado, entre renglones, la figura grotesca esa del apagón. E increíble, Constancio: ¡tengo años sin ver una chiripa y su adulto, y menos a un Gregor Samsa convertido en congorocho! ¡Aleluya, coño! Pero además el bus pasa a la hora en punto. Imagínate que ya soy burda de pana del conductor. Es una vida harto predecible; muy lejos de ser como en el Guamo, donde no se sabe si el bus pasará algún bendito día y si acaso pasare si se parará para permitirnos subir o si se accidentará en el camino o si será asaltado como los pobres consumidores. Y muérete, Constancio. En estos días me quedé limpio en un parque para chamos, y me proveyó de dinero en mi banco un cajero disfrazado de Goofy. ¡Qué felicidad tan grande! Manejar aquí es un placer. Luz roja no significa asalto y la verde dura lo prudente. No hay niches atravesados, ni barrizales, ni angustias. El sistema me obliga a ser cortés. Esa actitud colectiva logró incluso sonsacarme este poema: Los parajes de luminaria fulguran cada vez que los ecuánimes mercadean sus recados. Austeridad, ascetismo y nivel de vida, no son excluyentes. Eso sí, hay que procurar no enfermarse, porque olvídate, aquí en este edén existe la frustración, los temores y la infelicidad. Me he topado con guamoanos con muchos años aquí que me hablan de lo mal que viven, y de su deseo de regresar. Debe ser porque sienten temores, se frustran y son infelices. ¡Y qué quieren, pues!. Creo que nunca regresaré. No tengo incentivos. Veo solo anomia por ambos lados. Si me hubiese quedado en el Guamo, me mataba el estrés. La viagra y que está escasa. Imagínate que necesito a mi edad cinco en cada intentona y sin garantía de una erección respetable. Y aquí me provoca burda incursionar, que es lo peor. Estoy mentalmente en el Guamo. Me gustaría regresar de visita a ver a mis amigos, ya boqueando, y recorrer las calles donde tanto me regocijé, pero no siento el desasosiego de la deserción. Tengo memorias de mi Guamo que morirán conmigo, por supuesto. Hoy hallé la felicidad de vivir con modestia en un bello y frío rinconcito. A ser mejor persona. Ruego porque tú algún día puedas vivir en el Guamo de manera semejante. Pero estoy jodido aunque hubiese alcanzado mi más ferviente deseo. Por favor, no dejes de avisarme cuando mueras. Y cuenta, con que yo te avisaré.


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Raúl Betancourt López


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