Acatalepsia. Una novela por entregas. Capítulo 4

El viernes se iniciaría el concilio. Los que seguían sus deliberaciones recelaban que pudieran llegar a coincidir en cuanto a lo que Terepaima Ojeda representaba para el Guamo. Entre dichos seguidores, por supuesto, el embrollado Constancio Mercerón que, con su eterna risica, divagaba. ¿Pero Terepaima por qué. ¿Por qué este ser sin edad era o se evaluaba como el nuevo hombre fuerte? ¿Y más que fuerte importante del Guamo de ayer y posiblemente del Guamo del mañana? Porque no era mucho lo que acerca de él se sabía. Raras habían sido las ocasiones para hacerle preguntas. La prensa por tanto nunca lo citaba sino para mentir. Tampoco se le conocía postura sobre algo reluciente. Había iniciado su camino en el movimiento patriótico juvenil, desempeñándose, con habilidad, hasta que se convirtiera en algo general. Y al igual que otros guamoanos primordiales, había adquirido poder gracias a esa compostura fervorosa y a su imperceptible prudencia en cuanto a expulsar afirmaciones controvertidas. Cuando decidió viajar más allá de las fronteras del Guamo, nadie lo conocía, sin embargo fue recibido –y no sin algunos reveladores carices– por los jefes de Los Castaños, de la calle El Carmen y del Raf, posiblemente, debido a rumores insistentes según los cuales se convertiría, y muy pronto, en el gran jefe indio del Guamo para fines de dar cabida a los elementos progresistas de su pueblo. Incluso se perfilaba como una poderosa figura tras los bastidores de la nueva época, que, con mucho de su empeño, se iniciaría para el Guamo y sus alrededores. El concilio duraría una semana, donde se concluyó que los obreros, los campesinos, los intelectuales y los militares, seguirían constituyendo la columna vertebral de su plan, advirtiendo que, invitar a otras clases, ayudaría a ampliar su influencia en la sociedad guamoana. Se subrayó también en ese concilio, que no debía copiarse ningún modelo del sistema político mundial, pero que la muchedumbre sí debía modernizarse, porque había que manejar bien la guerra ya que el arte y la dirección de ella resultaban tan gravosos y requeridores de paciencia, como el arte poético. O incluso viceversa, porque los verdaderos escritores siempre, como los verdaderos comandantes, resultan próvidos antes de proceder al ataque; es decir, antes de lanzar un libro: hecho desafiante que llega a estimular, con ímpetu, briosos rechazos. Un libro atrae reseñas, y a veces tan infecciosas, que muere de septicemia. Y el autor exaspera. ¡Ah malhaya yo, pobre homme de lettres con mis equívocas entradas y haber escrito libros además que no han gustado a nadie y con las doloridas secuelas que ello ha traído a mi vida! dijo Constancio Mercerón que se le oyera exclamar sobrio alguna vez, a Raycón Beló, que no se acordaba. Pero había que tratar de vencer a los idigoristas sin luchar. Y eso debía lograrse sin hacer presente milicias indisciplinadas que fueran soldados sólo cuando atacara el enemigo, pero que, devoraran presupuestos y destruyeran producciones, debiendo también abandonar sus familias. Así como debía lograrse, al mismo tiempo, que el pueblo estuviera en armonía con Terepaima Ojeda de modo que lo siguiera con fe, sin temer por sus vidas ni concienciar que corría peligro. Cada guerrero ojedeano debía adquirir como cualidades la sapiencia, la franqueza, la indulgencia, el denuedo y la disciplina, así como contra la corrupción, atrincherarse en posiciones dogmáticas. Esa nueva generación vendría a reforzar así el compromiso del Guamo con su destino. El Guamo se convertía por tanto en un escenario retador. El lugar más lubricado del mundo debía crecer y atraer inversiones serias para que se incrementara su producto que crecía cuando otros lo hacían dentro de alfeñiques márgenes. El nivel de consumo también aumentaba y los trabajadores tenían cada vez más tiempo libre. Pero innegable resultaba que una necesidad de modernización se presentara en aquel Guamo ineficiente sin que se originara bululú. Y otro desafío igualmente crucial era desactivar la bomba de tiempo del sistema financiero. Los bancos hacían préstamos difíciles que podían generar una cadena de bancarrotas, dado que olvidar no resultaba fácil que muchas notoriedades en ella habían caído. Sirvan los nombres a propósito del catire Trompiz, corredor de bienes raíces pero también de vena… Cayó cuatro veces, pero sería la primera la que más lo afectó. Aquella mañana en que tuvo que negociar, más de quince banqueros carpetas en mano lo esperaban en la antesala de su oficina fachendosa. Y el de Rubén Mamagorda, el walter natural que ganara durante su carrera millones, quedando largo a largo en la lona luego de haber tenido hasta tigres como mascotas y de haber ofendido, tan feamente, a su mujer. Y no había que dejar pasar por alto que Idígoras Moreno, manejando también los hilos de Ariel Saldivia, daba al turco Harb la última oportunidad de eliminar de su mente todas sus conjeturales maldades para ruinas individuales y masivas. Esta nueva entente que prometía pavura le advertía, serenamente, que de no cumplir con las condiciones que le habían sido impuestas tendría que enfrentar unas consecuencias monumentalmente serias. Y a partir de ese momento el turco Harb dispondría de siete días para aceptar o rechazar la intimación sobre la que no tenía razón para retirar de sus escenarios posibles como una abierta declaración de guerra. Tampoco había dejado Idígoras Moreno de acosar a Terepaima Ojeda una vez más para que saliera de su silla llevando ante la morada de su mamá una considerable suma de prójimos y matizando el acto acompañado de un camión donde decía llevar una carga muy preciada. Porque cuando no estaba en estos tontos avatares, Idígoras erraba por el mundo sin moderación. No soñaba en ninguna cama blanda ni podía morar ninguna casa afable. Habitaba en todas partes, y en ninguna. No tenía terruño. No poseía derecho alguno. Y así, sin pueblo, sin estrella, sin ternura y sin gozo, tenía que vivir. No tenía interés por nadie sino por el lucro y tampoco nadie se interesaba en él, ni en sus actos ni en su vida. Y algo culminante: de sus ojos germinados y picudos emergía un torrente de rencor y aflicción porque su camino no era nada divertido ni de pícaro cautivar. Era un intelectual orgánico limitado que plagiaba y que obligatoriamente se surtía de libros. Los atesoró con dinero ajeno y con afán ni siquiera manifestante, sino supersticioso: solamente para persuadirse de que era un irrefutable pensador. Y por esa obsesión llegó al extremo hasta de asesinar a uno que sí lo era y a quien envidiaba con su mal fondo. Se sabía muy bien que Idigoras Moreno, para lo que estaba facultado, era para llevar el alma popular guamoana al infierno. Y además se sabía que era como Minos, de cuyas entrañas no nacían más que serpientes y alacranes. Y hubo suspenso en la casa de la mamá de Terepaima. Una concentración de amigos suyos había, y a quienes se les notaba una actitud nada tolerante ante aquella arbitrariedad. La fuerza pública se vería forzada entonces a intervenir aportando uno que otro argumento lacrimógeno con capacidad dispersiva, evitando así una confrontación cuerpo a cuerpo entre idigoristas y ojedeanos. Pero algo que resultaría, poco averiguado, fue la presencia de un proyectil que llevaba muy mala intención y que diera en el chaleco de Constancio Mercerón que por poco no lo cuenta. Mientras tanto en la distante plaza se quedaba una retaguardia alzada, pero custodiada por la autoridad municipal. Tal rebeldía sin causa aparente lo que no le perdonaba a Terepaima Ojeda era haberlos obligado republicanamente a tener que andar con asperezas habiéndose con el tiempo convertido en pisacortos y flemáticos. Aquel acto permitió claramente ver las actitudes destempladas. El trasiego de cajas del camión realizada con tanto jolgorio por parte de Idígoras Moreno (adornada su cabeza con un tapaboca ladeado y exteriorizando gestos de extrema alegría) no dejaba de generar añoranza por aquellas viejas y célebres películas, vistas en el Guamo, donde el pirata almacenaba el botín embriagado de vino y erotismo y al mismo tiempo luciendo como hijo de duque: mozo, gallardo, gentilhombre y liberal. Se sentaba sobre las cajas y miraba como hacia un palco con su amplia sonrisa amenazada por el sudor de la brega y, alzando su brazo derecho, como canalizando hacia sus adentros los besos ardorosos que le lanzaban sus presuntas fanes enamoradas. La mamá de Terepaima observaba el griterío con impavidez aunque se le viera picándole el ojo a alguien sin que llegara a saberse a quién. Y tomaría la palabra en exclusiva un prosélito de Idígoras a quien premiara en dicho acto por haber prestado un útil aparato suyo para la recolección de aquel malandraje bien vestido. Y se quedaría sin definir quiénes habrían de integrar por el lado de ellos la mesa de diálogo surgida, mientras los alzados de la plaza lejana eran señalados por un ojedeano de padecer tanto de microfonitis como de tarimitis... Ariel Saldivia, quien se había ganado con honores el mote de ansiolítico colectivo, de regreso al Guamo confirma su fingida esperanza de que Terepaima e Idígoras, sentados alrededor de una mesa para examinar y discutir las distintas posibilidades, podían acordar soluciones. Pero de pronto se presenta nuevamente una renuncia –no se supo si apremiada por chivatazos– que lo convertían en indiciado de unos presuntos hechos. Y resultó que lo habido detrás era la posibilidad de hacer viable un procedimiento manifiestamente ilegal que se le atribuyera al renunciante, para hacer efectiva la salida anticipada (de su silla) del contertulio y renunciatario, Terepaima Ojeda, además de un deseo irreprimible de serrucharle el piso. Y se vio obligado una vez más a practicar una habitual aclaratoria, a ver si lograba calmar el frenesí de su denunciante: ¡qué era él honorable! Y se cotilleaba que Terepaima Ojeda había enviado a los amotinados de la plaza lejana –mientras tanto– un desnudo mensaje en el pico de una paloma blanca donde les preguntaba cuál salida podían considerar como digna. Y lo que recibiría como respuesta, en el pico de la misma paloma, era que la dignidad no se negociaba sino que se la ganaban con su reputación y con su desempeño. El redactor del heroico mensaje fue un veterano que atesoraba la inmensa dignidad de haber sido escudero de un homicida asilado, cuya jefatura había durado, atrozmente, poco. Idígoras Moreno decidió entonces ir nombrando sus miembros para la mesa de negociación. Y a mediados de semana sólo faltaba uno de los seis que procedían por su parte, lo que significaba otro paso adelante en el proceso liderado por Ariel Saldivia. Esteban Bergpiel, director de una de aquellas películas de piratas que Idígoras Moreno inspirara evocar, mantuvo un desparramado diálogo con Terepaima Ojeda a orillas de una admirable ensenada guamoana alumbrada por fuegos javaneses. Trabaron allí conversación sobre política, historia y medio ambiente, y terminaría el gasto de palabras bien avanzada la madrugada. Había ruegos porque el célebre cineasta no resultara con las orejas gachas por el hecho de que algunos idigoristas pudieran tildarlo de ojedeano y por ello negarse rabiosamente a ver sus buenas películas. Y lo mismo para Terepaima, no fuera que sus amigos –viendo la sospecha que les despertara tan suelta entrevista– lo terminaran etiquetando de gusano bergpielano y por ende armarles un fox. Pero quizás la risa pura y simple, esa que fluye al solo estar frente a un hecho socarrón o incluso frente a la sencilla sospecha de que uno se va a reír o al menos pensar que la va a pasar bien, podía fortalecer en ambos el sistema inmunológico al atenuarles el estrés. Terepaima Ojeda nunca por cierto apelaba al expediente de la sospecha de que reiría, dado que siendo muy serio, hasta en lo de reír, no era por tanto proclive a improvisar sonrisas. Esa vez, pasada la media noche abordarían un tema espinoso, recordando la trágica peripecia de Pierina Cachado. El cineasta le preguntó a Terepaima si él creía (como decían haber descubierto algunos) que la ex mujer de Mamagorda y ahora de Palomino había sido y era instintivamente infiel. La proverbial prudencia de Terepaima sólo le pudo aprobar decir que, ante un ejemplar masculino con atractiva tipología, debía hacerse viable –eso, como mera sospecha genética– un mejor producto humano. Era lo mejor que podía hacer un ejemplar masculino (creo yo) dispendioso en realces. Por lo que la hembra cazadora siempre, de forma hasta inconsciente, debía apuntar en principio hacia esos ejemplares (ne quid nimis) por lo menos una vez al mes. Y bajo tales circunstancias, por tanto, una cara bastante masculina siempre era mucho mejor para tiempos de fertilidad. Sin embargo, nada estaba garantizado. Y esa inquietud viene a cuento, porque en privado se descubrió que el único esposo de la madre de Idígoras Moreno no era el padre de ninguno de sus hijos. Pues el señor Moreno, creyendo que había bateado de tres tres, resultó que había bateado de tres cero. Visto semejante naufragio, preguntó de nuevo el cineasta, a Terepaima: ¿Será que la mamá de Idígoras y Pierina Cachado pudieran ser como una lagartija manchada? ¿Cómo una lagartija manchada, o como una lagarta? Bueno, como una lagarta, quién sabe, pero lagartija manchada, digo, por sus atributos. Cómo así. Bueno, fíjate: habilidad refinadísima para manipular parejas, siendo preclaramente promiscua y poder seleccionar a sus numerosos machos decidiendo incluso si su descendencia sería femenina o masculina. Y hasta intermedia, porque es capaz de seleccionar el esperma según los cromosomas sexuales de una espermateca de la que dispone… ¿De una espermateca? Eso parecen cosas de Raycón Beló. ¿El asiduo del Tres Columnas? Ese mismo. ¿El que siempre dice qué mundo tan pequeño con tan grandes complejidades? ¡El mismo que viste y calza! Ciertamente no conocía ese espécimen. ¿Y si fuera macho se llamaría entonces, lagartijo manchado? Nequáquam.


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Raúl Betancourt López


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