La soledad del hombre

Cada vez estamos más solos. Hoy podemos decir: -¡Dios mío, que sólo se están quedando los vivos!

También se trata de la misma soledad de Dios que ahora no tienen un celular.
Alguien dijo que el celular de Dios es Cristo.

Y qué poco valemos, aunque creamos que también somos ese mismo Dios cansado y desahusiado. Nada es tan importante como imaginamos. Todo pasa. Mueren multitudes y ya en el vientre del espacio está surgiendo otra hecatombe de gentes. Gente es lo que hay, lo que sobra. Y así y todo nos angustiamos y nos matamos por minucias y hasta por reproducirnos hasta la náusea.

El mundo bailotea como una peonza y hay gente que cree que tiene amigos sin caer en la que lo tratan como a un peón.
Y lo que hay es evasión por todas partes.

La vida se le va al hombre moderno en una carrera sin sentido hacia la nada. Por eso cada mes cambia de celular. Por eso no puede estar sin enviar mensajes de amor a sí mismo. Le teme a estar consigo mismo en la plenitud de la más desértica soledad. Por eso mucha gente rehuye pensar. Porque pensar es estar con el otro.

Es dividirse. Es enconarse, embrollarse. Cree que si piensa sufre. Cree que si enfrenta la vida lo estrellan. Cree que si le sale al frente a la mentira y a la maldad lo siquitrillan como a una cucaracha. Por eso se pasa la lengua, con fruición, por el diente roto. Por eso se va a la cama a ver televisión, a mirar el mundo de lejos y a dudar hasta de su sombra.

Por eso el hombre prefiere tratar a las amadas por webcam, a las supuestas amadas, mandarle mensajes valientes y suicidas de amor desde lejos. El hombre ahora se suicida todos los días enterrado en la urna de una computadora. El hombre moderno ama su propia inopia, no a ninguna mujer. Y todo así le sale más barato. Así se ahorra el motel, la pena, la decepción de sí mismo. La misma comida, el vino de consagrar su tristeza, la joya dorada de la fantasía nupcial.

Todo lleno de excusas, de pretextos, de gorronerías.

El hombre es algo así como otra cucaracha de Kafka, cuyo vientre es el plasma de la televisión que lleva en la cabeza, cuyo caparazón es la flatulencia de su alma cansada ya para todo. Pero a un lado siempre cuenta con su celular, donde está todo.

El hombre moderno sueña con No ser nada. Eso es lo que en el fondo de todo siempre está buscando en los centros comerciales, en los aeropuertos y en las bellas funerarias.

Anda por ahí, por todos lados y estamos seguros que quisiera saltar al vacío de su propia nulidad, y en esos pasos vacilantes y cuidadosos le vemos lucir su desvivir.
Así se escurre. O sea.


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

 jsantroz@gmail.com      @jsantroz

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