En Caracas cabe otra Caracas

Muchas mujeres y hombres, de buena y mala voluntad, tras el impacto que propina su audacia creadora, transforman esta expresión en una pregunta, un tanto para facilitarse su comprensión. Es más fácil empezar a digerirla desde lo desconocido, lo inexplorado, planteándose la incógnita: ¿Cabe otra Caracas en la ya existente? para ir descubriendo, poco a poco, su extraordinariedad (permítaseme el exabrupto), por lo demás, germen de la inquietud científica. La respuesta que por lo general se le da, depende en gran medida, no tanto de los conocimientos que se manejen con respecto a la materia, sino de la posición que se mantenga frente al chavismo, si se es o no chavista, y el análisis objetivo para intentar satisfacer el ensayo sobre la objetividad que se intentó con la interrogación, pasa a subordinarse a esta definición. En ello gravita el alto grado de polarización al que están sometidas nuestras relaciones, como cabe en un proceso de cambios profundos, “Ningún debate nos es ajeno”, dice la revolución.
La idea que contiene esta creación política de avanzada, la que el ministro Farruco le atribuye al Comandante Supremo, y este, con la humildad intelectual que le caracterizó, en muchas y documentadas oportunidades, se la devuelve (los dos se desprenden generosamente de la paternidad de tan grande ingeniería, aunque ahora pudiese verse, más que honesto, interesado: asociar los proyectos en los que se está trabajando, al legado del Comandante Chávez, por razones más que obvias) es altamente revolucionaria y dúctil para los revolucionarios; y ni que decir para los urgidos de soluciones habitacionales, valga mencionarlos con su nombre y apellido: los pobres de esta tierra.
Los cuestionamientos, las críticas que se derivan a partir de la prodigiosa iniciativa, vendrán por añadidura, de cualquiera de los dos lados, como es natural: su metodología, el espacio, el tiempo, lo que se va a hacer, quienes lo harán, para quienes, el por qué hacerlo, es decir, su basamento ideológico. Todo ello es discutible y entre más se someta al escrutinio de todos, mayor será su legitimidad. De un lado las respuestas estarán destinadas a alimentar la práctica para su realización, la transformación de la trágica realidad actual en una digna de los hombres y mujeres de este momento. Si ello no es así (el otro lado), si la crítica está destinada, no a lo que se desprende del análisis de su planteamiento, ya sea en lo espacial, lo urbano, lo humano, social, cultural, económico, etc.; sino a atacar la idea como tal, a pulverizar su iniciativa, a negarla como propuesta, podemos inferir de que quién la hace, no comparte su fundamento (digo yo: justiciero, dignificador), y por lo tanto podemos situarlo del lado de quienes se oponen al gobierno bolivariano por intereses políticos. Por ello, no solo transformaría la expresión en una interrogante: ¿En Caracas cabe otra Caracas? y así empezar a entenderla en su carácter revolucionario, sino que le daría una inflexión anterior: ¿Caben en Caracas sus pobres?

Tampoco es que esta pregunta será la panacea para sanear el mal del que alardean quienes están del lado de la contrarrevolución ilustrada, porque en el fondo no es un problema de incapacidad para entender, es un problema de objetividad, de quién es el que maneja el criterio científico para hacer justicia, para desarrollar el socialismo. Ellos pudieran contestar que sí, “Si caben” (siendo filántropos dentro del sistema que los envilece), “pero llevando Caracas (los beneficios de vivir en ella), a donde ellos están” (los malvivientes, tierruos, los eternos damnificados). Que si el asunto es cumplir con el mandato constitucional: la inclusión y el protagonismo de los marginados de siempre, pues sí, hagámoslo, allá donde estén, pues en la Caracas, amplia, plana, solariega, tradicional, mantuana, no cabe un alfiler más.

Tampoco es que estamos en contra de lo sustancial de esto último, el urbanizar los barrios, consolidar sus servicios, fomentar la convivencia, humanizar sus espacios, asegurar su sustentabilidad, invertir en el desarrollo social de sus ciudadanos elevando la calidad de vida de sus habitantes; por el contrario, todo ello está contemplado como parte de la solución estructural con la puesta en marcha de la construcción de una Caracas socialista, Comunal. Lo que no se puede tolerar es la reproducción del modelo discriminatorio, aquel axioma de la arquitectura burguesa que sentencia: “En Caracas no cabe un tierruo más” y mucho menos su carro, que más allá del carácter fascista que comporta, contiene una verdad que compartimos: en ningún lugar de este planeta se debe pensar en seguir generando espacios para miserables, sino para ciudadanos sujeto de todos los derechos habidos y por haber.
Además, parten de una premisa falsa, no es cierto que en Caracas se esté construyendo, en sus espacios interiores, estructuras para meter más gente de la que ya contiene, cosa a la que cualquier caraqueño podría oponerse con sobradas razones. Lo que se está haciendo con la Gran Misión Vivienda Venezuela, en el caso de Caracas, es dotar a los caraqueños de la vivienda digna que la Cuarta República les negó, incluyéndolos, por justicia, por derecho, en la ciudad que les ha dado su gentilicio, pero que de hecho, los ha mantenido al margen de su protección en condiciones inhumanas.

Por supuesto que en esta Caracas cabe otra Caracas. Es urgente crear dentro de ella otra Caracas para transformarla; a una más justa, más amable, mejor distribuida, más equitativa; solidaria, vecinal, comunitaria, alegre, segura, sana, fluida, culta. Pero todo ello exige desprenderse de la ciencia y la cultura prejuiciada y mezquina que impide ver las soluciones más allá de lo aprendido, para poder inventar la ciencia y la cultura que anteponen el sacrificio y el amor frente a la ortodoxia mohosa de la burguesía, digamos que: hacer revolución.

Por esa razón el Comandante Supremo convirtió en huéspedes, exclusivamente del estado, a los refugiados (los eternos y los coyunturales), los que se habían quedado sin casa, casi sin hogar, producto de las vaguadas, los terrenos inestables y las salvajes políticas del neoliberalismo. Los invitó a vivir al Palacio de Miraflores, a los hoteles de la ciudad, a las espacios ministeriales, a sus institutos, y fundaciones, a los bancos y entidades financieras, a cualquier instancia gubernamental, sin tomar en cuenta su importancia en la escala del poder popular, allí al lado de las oficinas de los ministros y ministras, de sus presidentes y directores con sus privilegios si los hubiere, y dio la orden de que de esos lugares solo salieran sino directo para sus casas, equipadas además. Esa maravillosa subversión de los protocolos operativos, no solo garantizaba la aceleración de la solución del espeluznante problema de los damnificados, sino que puntualizaba la responsabilidad de cada quien en ella. Acababa con los limbos, la desidia, la dejadez, el caos en el que se ampararon siempre los burócratas, los corruptos, los flojos, los insensibles y criminales, que además se aprovecharon de esas situaciones.

El Comandante Supremo dio el ejemplo, derribó los mitos, edificó el andamiaje, para construir esa otra Caracas que tiene que nacer dentro de la que definitivamente morirá, llevándose sus despojos mortuorios de tragedias del milenio pasado para siempre.


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Milton Gómez Burgos

Artista Plástico, Promotor Cultural.

 miltongomezburgos@yahoo.es      @MiltonGomezB

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