Anecdotario Burgués (parte II)

1.- Referida a los sobres de pago dispuestos en azafates o bandejas de corto fondo. Generalmente, tales azafates se usaban  y se sigue haciéndolo para la venta de conservas varias: cachapas[1], dulces de pastelerías convencionales no exhiben permiso sanitario alguno.[2] y caseras, etc. El plástico tiende a obsoletizarlos.

Fueron los tiempos aquellos cuando la ley o su reglamento correspondientes obligaban a los pagadores de salarios a hacerlo en cada sitio de trabajo en particular-años 50 y hasta + acá. Los sesudos asesores de marras-empíricos de siempre-entendieron que el pagador debía ir al lugar exacto donde operaban los trabajadores, valga la rebuznancia, con inclusión de los trabajadores que aseaban pozos sépticos y lugares afines.

Con el aval de mi abuela Gracia, ex trabajadora de la misma empresa, trabajé como auxiliar de administración. Luego de mi primer par de quincenas laborales satisfactoriamente prestadas a esa semitransnacional (Empresa nacional asociada desventajosamente por una firma transnacional), más que suficientes para reconocerme como gente responsable, a pesar de mi menoridad[3], me encomendaron el pago de salarios en uno de los talleres de la empresa. Los sobres personales los transportaba en los azafates e iban completamente descubiertos, de tal manera que alguien podía hurtar uno  o más sobres cuando tomara el suyo o al menor descuido del pagador.

Cuando me di cuenta del faltante de 2 sobres, presenté mi renuncia, sugerí que me descontaran el monto hurtado y me finiquitaran en consecuencia. El jefe de Caja- Sr. Santana-me dijo que podría cancelar a razón de Bs. 5 quincenales, propuesta y facilidades que no acepté.

Con dicha saldo, luego de cubrir mi consuetudinario aporte a los gastos de mi casa, me fui a la playa; corrían aquellos preciosos y alegres días de Semana Santa tan usados para vacacionar, bañarnos con agua salada y algo más de tan gratos recuerdos de juventud temprana.



[1] En Venezuela, torta de maíz tierno, maduro pero muy fresco y lechoso o jojoto, según lo ratifica la tercera acepción del Diccionario de la Real Academia Española. Esta deliciosa torta es mucho más nutritiva que la actual arepa confeccionada a partir del maíz hecho, deslechado y pilado, ya amputado de su salvado  y del germen que  es usado para la extracción  de aceites y derivados afines. Estas harinas,   valga la acotación, deberían ser revisadas por el actual Ministerio competente en sanidad alimentaria, toda vez que se  la comercia como alimento sin indicarse su pobreza alimentaria.

[2] Todos los sábados, como días de cobro, mi abuela y madre-Gracia Molina,  tejedora de la firma que nos ocupa, nos traía esos olorosos y sabrosos dulces, justo en la cantidad adecuada al tamaño de nosotros 4, y de su menguada paga característica de todo empresario burgués. Nos traía guargüeros, brazos gitanos, polvorosas, y otras delicadezas especialmente confeccionadas para pobres, habida cuenta que el Ministerio de sanidad jamás veló sigilosamente  por el cumplimiento de ninguna normativa sobre su control de calidad, un descuido sanitario que sigue acompañándonos, y cuya mejor prueba es que los actuales  vendedores de perros calientes, y conservas dulces caseras no exhiben permiso sanitario alguno; no, por lo menos, en la descuidada y desaseada Valencia, una ciudad cuyos gobiernos de hasta no hace muchito se obstinaron falazmente en presentarla como ejemplo de la decadencia y desmoronamiento de la Venezuela Bolivariana.

[3] A la sazón, cursaba 4to. año nocturno (Liceo Pedro Gual, construido en la misma parcela camoruqueña donde estuvo operando el Valencia, Tenis Club).   Corría el tiempo de Marcos Pérez Jiménez, y resultaba sintomático el curioso y estricto respeto que ese régimen mantenía para que los licenciados, o sea, los estudiantes    que habían obtenido el título de Licenciado a la altura de su Tercer años de bachillerato,   quedaran eximidos del Servicio Militar que era obligatorio para quienes adquirieran la mayoridad. Al tiempo, comprendimos que ese control castrense podría explicarse y hasta justificarse  como una medida de seguridad social y clasista a fin que la soldadesca no fuera un posible objeto de malas influencias,  en su ceguera, sumisión, obediencia o disciplina incondicional que siempre caracterizó al militar durante los tiempos prechavistas.



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Manuel C. Martínez


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