Escampará y veremos

“Todo ser humano es el producto involuntario de un medio natural y social en el seno del cual ha nacido, donde él vive y se desarrolla del cual sigue soportando la influencia. Las tres grandes causas de la inmoralidad humana son: la desigualdad, lo mismo política como económica y social; la ignorancia, que es el resultado natural, y la esclavitud, que es su consecuencia necesaria”.

No lo dudemos: El arte de gobernar no es más que la razón y la moral aplicadas al gobierno por y para el pueblo. El pueblo no olvida impunemente los eternos principios de la moral; cuándo los chavistas sin Chávez lo intentan por el aliciente del interés bastardo, tarde o temprano se pierden, perecen, en sus propias traiciones. El interés que se erigiera en ídolo se convierte en víctima. La experiencia de todos los días es una prueba de esta verdad, en la historia del país y, en todos los tiempos la vemos escrita con caracteres de sangre.

Para hacer una revolución radical hace falta, por lo tanto, atacar a las posiciones de la burguesía, destruir la propiedad privada y el Estado burgués; entonces no habrá la necesidad de destruir al pueblo ni de condenarse a la reacción infalible e inevitable, que nunca ha fallado y no faltará jamás, de producir en cada sociedad la masacre de los pueblos.

No hay que extrañarse de la actitud de los burgueses rojo-rojitos, de los camaleones, de los chavistas sin Chávez que se han hecho socialistas más bien por ambición que por condición y porque el socialismo es un medio para enriquecerse, no el objetivo de estos bandidos, puesto que ellos quieren la dictadura, es decir, la centralización del Estado y no transferirla al pueblo; el Estado les conduciría por una necesidad lógica e inevitable a la reconstitución de la propiedad. Por eso, es natural, decimos nosotros, que no quieran hacer una revolución radical contra la burguesía, ellos sueñan una revolución sanguinaria más bien contra el pueblo.

Nosotros los socialistas somos los enemigos naturales de esos seudo “revolucionarios”, futuros dictadores, reglamentadores y “tutores de la revolución” que, antes que los puntofijistas, aristocráticos, social demócratas y burgueses sean destruidos por el pueblo, sueñan ya con la creación del Estado nuevo “revolucionario” tan centralizado y más despótico que las dictaduras, que tienen un gran hábito del orden creado por una autoridad cualquiera desde arriba y un gran horror a eso que les parece el desorden y que no es otra cosa que la franca y natural expresión de la vida popular que, antes mismo que un bueno y saludable desorden sea producido por la revolución, se sueña ya con poder amordazarla por la acción de una autoridad cualquiera que no tendrá de revolución más que el nombre, pero que, en efecto, será una nueva condenación de las masas populares, gobernadas por decreto, a la obediencia, a la inmovilidad, a la muerte, es decir, a la esclavitud y a la explotación por una nueva aristocracia “casi revolucionaria”.

Los socialistas no tememos, nosotros invocamos al socialismo, convencidos de que de esta manera, es decir, de la manifestación completa de la vida popular, debe salir la libertad, la igualdad, la justicia social, el orden nuevo y la fuerza misma de la revolución contra la reacción. Esta vida nueva —La Revolución Bolivariana— no tardará sin duda en organizarse apoyada masivamente por el pueblo, pero ella creará su organización revolucionaria de abajo arriba y de la periferia al centro, conforme al principio de la libertad, y no de arriba abajo, ni del centro a la periferia, según el modo de la burguesía, porque nos importa poco que esta autoridad se llame socialdemocracia, democracia representativa, democracia cristiana, burguesía, Iglesia, Estado constitucional, o igualmente dictadura “revolucionaria”. Nosotros las detestamos y las rechazamos a todas, a título igual, como fuentes infalibles de explotación y de despotismo.

Los socialistas comprendemos y alertamos contra esa tal “revolución, anti-revolución” en el sentido del desencadenamiento de eso que se llama hoy día las malas pasiones y de la destrucción de eso que en el mismo lenguaje se llama “el orden público”. No hay que extrañarse sí, en el primer momento el pueblo mata. Será una desgracia inevitable, tal vez tan fútil como los destrozos que causa una tormenta.
¡Siempre con Chávez!


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Manuel Taibo


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