Los últimos consejos del comandante Chávez a Nicolás Maduro

Imagino aquellas horas del Comandante Chávez previas a la cadena de radio y televisión, el 8 de diciembre de 2012. Los pronósticos sobre su inminente partida de este mundo, que debieron ser estremecedores: las posibilidades de sobrevivir a la operación eran prácticamente nulas. Esa era la realidad devastadora, porque él había exigido al equipo médico que le atendía, conocer con suma claridad cuánto le restaba de vida.

- Muy pocas posibilidades de sobrevivir, Comandante. Y consideramos que es de tal urgencia el cuadro que presenta que ahora mismo debemos proceder...

Así fue el mazazo de aquella sentencia.

- Muy bien. No puedo entregarme en este instante en sus manos. Entonces denme unos días para despedirme de mi pueblo. Sé que me queda vida al menos para eso. Arreglar mi despedida. Dejarle algún rumbo a mi patria para que no vaya a ser devorada de nuevo por el imperio norteamericano. Y luego, que sea lo que Dios quiera.

Aquel regreso debió haber sido tormentoso en su interior. Todo lo que iba a dejar a medias, y que el fascismo utilizaría para intentar destruir la revolución. Un vuelo a su patria, lleno de escabrosos sentimientos y recuerdos, de visiones plagadas de dolor en el que él procedía a un recuento minucioso sobre el estado de conciencia del pueblo y si de manera definitiva se había llegado al punto del no retorno. Fueron tres días sin poder conciliar el sueño, en medio de inmensos dolores del alma y del cuerpo. De allí aquellas ojeras, aquel brillo sereno de sus ojos, aquellos surcos graves en su rostro. En el hurgar del espíritu que busca de las sentencias claras, absolutas para dejar en pie la resolución más determinante para la lucha, para la resistencia, para la paz, para la independencia y la felicidad de su pueblo.

- Tú puedes, Nicolás. Te corresponde conducir este pueblo en mi ausencia. Ya todo es definitivo. No pueden contar con que de este mal yo pueda salir curado. La tuya será un lucha muy dura contra esos enemigos que ya conoces y que hemos venido enfrentando desde hace catorce años. Se trata del imperio, el mismo que me ha conducido al borde del sepulcro, el mismo que asesinó a Allende, a Sandino, al Che. Tienes ahí ese pueblo. Recorre todo el país. Las reglas ya tu las conoces: mucha serenidad y fortaleza. Impedir por todos los medios una confrontación. Que los nuestros no caigan en provocaciones. Aún cuando ganes no te reconocerán los lacayos, eso tú lo sabes. El escenario será otra vez el internacional, en el que Estados Unidos sabe cómo imponer su ley y su fuerza. Serán días terribles. El imperio anegará el país con dólares para tratar de comprar militares, diputados, magistrados y dirigentes nuestros. Habrá que llenarse de valor y de paciencia, y ni un sólo segundo perder el contacto con el pueblo...

Se abrazaron y se dio la conmovedora despedida.

Hoy ya hemos podido ver que Nicolás Maduro es un hombre digno del legado que se le dejó el Comandante.

Sustituir al genio de la revolución bolivariana, en medio de esta caldera del diablo internacional, es y será para una y mil batallas terribles y sin pausa. Maduro va al frente sin vacilar. Con serenidad, determinación y buen pulso.

Los corazones serenos...

jsantroz@gmail.com



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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