¿Qué tiene que ver la guerra con la galantería?

ESTAMOS EN LA CELEBRACIÓN BICENTENARIA DE LA LA CAMPAÑA ADMIRABLE. LA GUERRA MÁS ADMIRABLE DE CUANTAS HAN HABIDO:
LA FASE QUE COMPRENDE MÉRIDA TRUJILLO:

1- Simón Bolívar había sido nombrado Brigadier de la Unión (en la Nueva Granada) el 21 de marzo de 1813, y entraba en Venezuela con 500 hombres.

2- El 7 de mayo Bolívar recibe la orden de avanzar hasta Mérida y Trujillo, con obligación de jurar fidelidad al gobierno de la Nueva Granada y de restaurar en Venezuela las autoridades destituidas por Domingo de Monteverde. Entre La Grita y Bailadores, Simón Bolívar conmina a Francisco de Paula Santander a definir su destino, pues éste no quiere obedecer sus órdenes:
—No hay tiempo que perder ni otra alternativa: o me fusila usted, o lo fusilo yo.

3- En mayo Bolívar avanza hacia Mérida pisándole los talones al realista Ramón Correa quien al salir de la ciudad andina, aprovecha el español Vicente Campo Elías para declarar su independencia del rey de España.
Vicente Campo Elías era el que solía decir: “Yo destruiría a todos los españoles y luego me suicidaría para que no quedase uno solo de esta maldita raza”.

4- Bolívar debió haber pasado por lo que hoy es Tovar, también por Santa Cruz de Mora y por los escarpados caminos que en otros tiempos usaran los conquistadores venidos del Centro para llegar a Mérida. Sin duda que con gran habilidad y destreza cruzó con sus 500 hombres el peligroso río Chama.

4- El 22 de mayo pernoctó el Brigadier Simón Bolívar con el Ejército Patriota en Moral, a corta distancia de lo que es hoy Ejido.

5- Avanzó hacia Ejido el día 23 a las 9 de la mañana. Entraron por la calle que hoy se conoce como Calle Justo Briceño. En esta Plaza lo reciben la heroína Isabel Briceño de Fornéz y el Dr. Cristóbal Hurtado Mendoza, el Padre Ovalles (célebre Cura de El Morro), Don Eugenio Briceño (padre del futuro General Justo Briceño Otálora) y el Capitán Vicente Campo Elías.

6- Bolívar entró a Mérida el 30 de mayo de 1813, donde puso de gobernador civil a Cristóbal Mendoza, quien había sido Presidente del Ejecutivo en Caracas.

7- El 5 de junio por órdenes del Congreso de la Nueva Granada restablece en esta ciudad la Constitución de Venezuela. Viene acompañado por los neogranadinos: Coronel Atanasio Girardot y el Capitán Manuel D´Elhuyar, así como de los oficiales venezolanos José Félix Ribas y Rafael Urdaneta. En la ciudad se hospeda en una casa del sector El Llano.

8- El 8 de junio de 1813 lanza una terrible proclama contra los españoles y los llama “tránsfugas errantes, enemigos del Dios-Salvador que se ven arrojados de todas partes y perseguidos por todos los hombres”. Se le proclama LIBERTADOR.

9- Lo reciben en la ciudad de Mérida personalidades como Luís María Rivas Dávila, Antonio Ignacio Rodríguez Picón, Buenaventura Arias, Francisco Antonio Uzcátegui, Los Nucete, Francisco Ponce, Fermín Ruíz Valero.

10- El 8 de junio de 1813 en una proclama anuncia los términos del futuro Decreto de Guerra a muerte, firmado el 15 de junio de las 3 de la madrugada, en la ciudad de Trujillo: “Mas estas víctimas serán vengadas. Esos verdugos serán exterminados. Nuestra bondad se agotó ya, y puesto que nuestros opresores nos fuerzan a una guerra mortal, ellos desparecerán de América, y nuestra tierra será purgada de los monstruos que la infestan. Nuestro odio será implacable y la guerra será a muerte”.

12- Se supone que Bolívar continuó su marcha hacia el páramo, hacia Mucuchíes, luego San Rafael de Mucuchíes. La ruta debe ser aquella en la que se destacan viejas construcciones que tiene más de cien años. Luego tomó hacia el Pico El Águila para luego caer a Valera y tomar rumbo hacia Boconó y luego Santa Ana donde firmó el famoso Decreto Guerra a Muerte.
13- Llegó a Trujillo el 14 de junio de 1813. El 15 de Junio firmó la famosa Proclama de Guerra a Muerte.


ANÁLISIS HISTÓRICO-POLÍTICO DE LA CAMPAÑA ADMIRABLE Y DEL DECRETO DE GUERRA A MUERTE

A dos siglos de este hecho, ciertos neogranadinos ingratos, como la biógrafa estrella de Santander, Pilar Moreno de Ángel, aún
no le perdonan a Bolívar el que en aquella circunstancia hubiese decidido liberar a Venezuela, para luego emprender el proyecto de independizar la Nueva Granada.
Dice doña Pilar, totalmente amargada: “en esta campaña (Admirable), pereció la totalidad de la tropa granadina tal como lo había predicho Castillo… y Bolívar y su ejército finalmente fueron aplastados tal como lo había vaticinado Castillo”.

Y añade:
El coronel Manuel del Castillo y Rada y el sargento mayor Francisco de Paula Santander, habían sostenido la tesis de que una invasión a Venezuela en ese momento histórico por la vía de Cúcuta, San Antonio y Mérida para liberar a Caracas de las fuerzas españolas constituiría un error estratégico de vastas proporciones. Los hechos confirmaron este aserto.

Para acceder a Caracas, Bolívar con sólo 750 hombres, tenía que desbaratar los movimientos del capitán Cañas en Trujillo, quien comandaba 500 hombres; a Oberto con mil en Barquisimeto; a Tizcar con 2.600 en Barinas; a Julián Izquierdo con dos mil en San Carlos; a Yánez con 900 en Guasdualito y, finalmente, al propio Monteverde con otros mil en Caracas. ¡Qué tal, doña Pilar, decir que esta campaña “constituía un error estratégico de vastas proporciones!” Desguasar a tanto godo en tan corto tiempo y a lo largo de mil kilómetros constituía una barbaridad para doña Pilar Moreno de Ángel.


El 28 de junio de 1813 Bolívar avanza hacia Guanare y, en menos de una semana, con el apoyo de José Félix Ribas, las regiones de Mérida, Trujillo y Barinas caen en su poder. El 10 de agosto Bolívar está en Valencia, el 4 en La Victoria y el 6 del mismo mes entra vencedor a Caracas donde es declarado Libertador. Había sido una campaña, además de “Admirable”, sin par en la historia universal, si tomamos en cuenta que apenas si podían llamarse soldados a aquellos harapientos granadinos y venezolanos que tuvo a su mando.


El último tramo, que comprendió Tocuyito Valencia-Guayos- Guacara-San Joaquín-Maracay-Turmero-San Mateo-La Victoria, lo hizo sin detenerse. A la vez que guerreaba, avanzaba en medio de batallas campales, escaramuzas y a todos los europeos, casi sin excepción, los pasó por las armas. Pero una vez que llegó a Caracas, prácticamente con menos de 500 hombres, tuvo que defender un mundo. Más difícil que la propia Campaña Admirable fue la febril actividad administrativa que durante un mes le dedicó a atender las mil calamidades que desde el terremoto de 1812 se mantenían intactas.

LA GUERRA A MUERTE


¿Por qué es necesario que las acusaciones sean escuchadas con tanta avidez y las apologías sean recibidas con tanta indiferencia? Diderot
En la Guerra el dios de la victoria es el dios de la muerte también.


En toda guerra (y mucho más en las de independencia), los decretos de exterminio al enemigo van siempre implícitos. Tomemos un ejemplo que corresponde más o menos al tiempo de las guerras de Bolívar: la batalla de Borodino en 1812. Ochenta mil personas murieron en aquella batalla. En Guerra y paz, de Tolstoi, dice el príncipe Andrés: Si no dependiera más que de mí, no haríamos prisioneros. ¿Prisioneros? Eso es puro quijotismo. Los franceses han saqueado mi casa y piensan saquear Moscú... No hacen más que ultrajarme en todo instante. Hay que matarlos. Desde el momento que son mis enemigos, no pueden ser mis amigos, pese a todos los hermosos discursos de Tilsitt.


Lo que todo el mundo hace en una guerra es declarar una lucha a muerte al enemigo, ni más ni menos; Bolívar afrontó esta responsabilidad con las consecuencias que implicaban para su reputación, para su gloria. Era una situación insalvable. No podía seguir permitiendo que el genio del crimen tuviera entre nosotros su imperio de muerte. Nadie -exclamaba indignado- puede acercarse a ese imperio sin sentir los furores de una implacable venganza.


Pero veamos lo que agrega el príncipe Andrés: No hacer prisioneros sería transformar toda la guerra y hacerla menos cruel. En lugar de eso, jugamos a la guerra; por desgracia nos hacemos los generosos. Esa generosidad me recuerda la de una damisela que se siente mal al ver degollar una vaca: su excelente corazón no le permite ver correr la sangre; pero luego no tendrá empacho en saborear esa misma vaca aderezada con una buena salsa. Se ponen de relieve las leyes de la guerra, la humanidad, la caballerosidad, el respeto de los parlamentarios, etc. ¡Tonterías todo ello!... No; ¡no hay que hacer prisioneros, sino matarlos a todos e ir uno mismo a la muerte!... Sin esa falsa generosidad, no iríamos más que cuando hay que ir, a una muerte cierta... Así sería una guerra más auténtica... ¿Qué tiene que ver la guerra con la galantería? ¿No es ésta la más infame que hay en el mundo? Habría que acordarse de eso y no convertirla en una diversión; esa terrible necesidad debe ser aceptada con la seriedad requerida. Apartemos toda mentira: la guerra, pues, es la guerra, y no un pasatiempo. No hay que hacer de ella un recreo para uso de ociosos y de espíritus ligeros...
Y Saint-Just, la espada de la revolución francesa, exclamaba: Más valdría llenar los cementerios que las prisiones con los traídores.
Decía Bolívar mucho antes que Tolstoi: La guerra se alimenta del despotismo y no se hace por el amor de Dios.


Napoleón (totalmente distinto de Bolívar como guerrero), con su mente lógica, disciplinada en el arte de las matemáticas y los meollos tácticos, decía que los rusos le habían jugado sucio; que él les había ganado la guerra con todas las de la ley, limpiamente, y sin embargo ellos no terminaban aceptando las reglas de la derrota. ¿Y cuáles son esas reglas?, se pregunta todo el mundo. Y nosotros repetimos exactamente la misma pregunta a aquellos se

ñores intelectuales e historiadores, que siempre han lloriqueado sobre los documentos de la Guerra a Muerte.: ¿Y cuáles son esas reglas de la guerra, señores?.
Tolstoi añade: La finalidad de la guerra es el homicidio; sus medios el espionaje, la traición y el estímulo a la traición, la ruina de los habitantes, el pillaje y el robo organizado para la subsistencia del ejército, el engaño y la mentira adornado con el nombre de ardides de guerra...


-¡Nada de prisioneros!- fue también la orden de Napoleón el día anterior a la batalla de Borodino.


Han sido muchos los historiadores y escritores que han hablado de La horrenda mancha del Decreto de guerra a Muerte. El historiador Aníbal Galindo dice que el mundo no ha oído antes en boca de Alarico ni de Atila semejante grito de exterminio y de muerte. Mitre habla de los excesos bélicos de los patriotas después del decreto, y nuestro talentoso Juan Vicente González también se quejaba.


Habría que repetir que la guerra no es asunto de oficinistas ni de burócratas del espíritu. La mayoría de las frases que han acuñado contra ese decreto son producto de una filantropía falsa e incluso ociosa; no hay nada de sincero ni convincente en ellas, y sus quejas poco tienen que ver con la realidad de aquel junio de 1813.
Dice, por ejemplo, Gil Fortoul: que oscuros y desalmados aventureros, como Monteverde y sus tenientes, quisieran acabar con los blancos criollos es cosa explicable por el interés personal, pues en la guerra americana buscaban sobre todo ascensos militares y recompensas materiales... pero que un patricio de refinada cultura como Bolívar, y sus nobles tenientes como José Felix Ribas, Rafael Urdaneta, Santiago Mariño, Juan Bautista Arismendi y tantos más se contagiasen enseguida de la pasión vandálica de un Tizcar o un Zerberis es cosa que revela un descarrío mental poco comprensible por el despecho de haber sido derrotados en 1812 y la necesidad de desquitarse a toda costa... Al equipararse éstos en salvajismo con aquellos, no hicieron más que retardar el triunfo definitivo de la independencia.


¡Puro palabrerío fraudulento!
¡Retardar la independencia, como si la experiencia no nos demostrara, en el caso de Cuba y Puerto Rico, que los españoles eran insensibles al suave trato de negociaciones políticas! Cuando los historiadores y políticos más prudentes de la Nueva Granada -como Restrepo, Posada Gutiérrez y los Mosqueras-, que conocían la condición política de nuestros pueblos y la poca moral de la mayoría de sus dirigentes, llegaron a la conclusión, después de insufribles años de inseguridad -1860-, de agitación e inestabilidad social, de que si Bolívar no nos hubiera libertado todavía habríamos seguido siendo una colonia.


Estamos seguro que de haber vivido Gil Fortoul en los negros años de la revolución, habría sido uno de los indecisos; de los que veían hacia qué lado se doraba mejor la situación, para prestar allí sus servicios. Fortoul -que por una contradicción inexplicable tituló su historia Historia Constitucional de Venezuela- fue un puppet de la dictadura más bochornosa que haya sufrido América; entonces él, que tal vez ya se había empapado de humanidad, de filantropía y gran sensibilidad política, mucho más que aquellos patricios a quienes tanto criticaba, debió haber combatido -como lo hicieran Pío Gil, los Blanco Fombona, Pocaterra, etc.- a Juan Vicente Gómez, la vergüenza de América.


Habríamos querido saber cuál era la respuesta filantrópica del señor Fortoul a la rabiosa crueldad de los españoles; al espectáculo de ver las ciudades y los campos con niños, mujeres y ancianos desollados, sacados los ojos, arrancadas las entrañas. ¿Cuál habría sido su actitud ante aquellos tigres que habían hecho exclamar a Bolívar que los tiranos de la América no eran de la especie de los hombres? Qué fácil -en palabras de Diderot- es para los que están en la orilla, desde la que contemplan ociosamente a un piloto que combate con el furor de los vientos y de las olas, exclamar: Ese hombre debía gobernar su barca de otra forma, mientras que, si tuvieran el timón en la mano, se hallarían más embarazados sin comparación, e incluso naufragarían de mala manera.


La Guerra a Muerte tiene complejidades profundamente arraigadas al carácter español. Bolívar era sincero y expresó en un documento la guerra que tenía que llevar contra aquel enemigo terrible. Napoleón aniquiló contingentes enemigos cien veces superiores a los que enfrentaba Simón Bolívar; con mayor o igual furia y denuedo los atacaba y destruía, pero no por ordenanza escrita sino de viva voz.


¿Qué clase de historiador era Gil Fortoul que decía que lo de la Guerra a Muerte era por el despecho de haber sido derrotados en 1812? Por eso los jóvenes no deben confiarse de las mentiras de los académicos. La guerra no era asunto de intelecto ni de materia gris sino de resolución, de carácter. Cuando el literato retoca sus papeles en un departamento oficial tiene que mirar a los lados y sopesar el qué dirán; en la guerra se vive en medio de un equilibrio inconsciente, espontáneo e imprevisible.
No nos horroricemos, pues, en un acto de matar, en una guerra como aquella.


Bolívar estaba en su mejor momento. Con una confianza ilimitada en sí mismo; sabía mejor que ningún otro lo que hacía y su seguridad arrastraba a los cobardes, a los indecisos, tullidos y tontos. Pero ese valor no era brutal, como lo poseía un Páez, Córdoba, Obando o Infante. Bolívar además tenía armas más mortales que el simple coraje militar -que después de todo no sirve para nada.


Tenía certeza inconsciente de su destino y un atrevimiento y una nobleza que conquistaba a los dioses, y éstos parpadeaban en medio de sus proezas.
Gil Fortoul quería complacer a la clientela de sus seguidores que estaban muy lejos de comprender los nervios de un Bolívar. O tal vez lo comprendían, pero tenían miedo de confesárselo a sí mismos. Esto ocurre con frecuencia.


En cambio un T. E. Lawrence escribe con extraña perturbación en una de sus cartas: E l último destrozo lo hice hace pocos días en el ferrocarril de Hedjaz, donde hice volar un tren con dos máquinas ¡Oh, los dioses fueron misericordiosos! Matamos a un número muy elevado de turcos... No seguiré mucho tiempo con este juego; fallan los nervios, el ánimo se resiente, y uno necesita ilimitadamente de ambos... Este matar y matar turcos es atroz. Cuando uno ha terminado los encuentra hecho pedazos, muchos de ellos vi vos todavía, y uno sabe que ha hecho lo mismo con centenares de ellos antes, y que hará lo mismo otra vez, si le dejan.


Ya los españoles nos habían declarado una guerra a muerte: la de la esterilidad, el bostezo y la holganza, y tenía más que razón Bolívar en proclamar que era preferible replicarles atrozmente antes que sufrirla. El Libertador quiso hacer en parte un experimento de amputación que requería de una mano y de un pulso único. Desmembrar esa parte nefasta, mercantilista, esclavista, criminal, pordiosera, aventurera y mercenaria que era la sucia España que había emigrado hacia nosotros. Después de siglo y medio de tan cruenta guerra, padecemos más o menos los mismos males. Han cambiado tal vez los nombres de las calles, de las plazas y el color del cielo; la moda del vestir y del caminar serán diferentes, las aldeas se habrán transformado en ciudades, las chozas en altos edificios y las recuas de mulas en ampulosos carros. Pero, en el fondo, el hombre macilento, el carácter a veces turbio, otras rabioso y dejadizo, persevera haciendo entre nosotros estragos. Domina ese carácter altanero que pretende ocultar la incapacidad o la ignorancia; esa árida verborrea que rabiosamente protege a la mediocridad. Los cabildos, sindicatos, partidos y congreso siguen bajo la estridencia de leguleyos, de seudocaudillos y fariseos, y nos ahogamos en el sopor de una agonía sin nombre. Verdea mucho la mala hierba en nosotros: divididos más que nunca, explotados y 4ependientes de las potencias extranjeras más que nunca, imitadores de todo lo malo más que nunca: nuestros países mantienen en el horizonte turbulentas nubes de tempestad política, miseria, anarquía, desesperanza. Toda esa hierba mala habría querido Bolívar calcinaría con su voz y con su espada.


Dice Indalecio Liévano Aguirre: El deseo de establecer una situación privilegiada para los americanos, aunque fueran enemigos, y una guerra sin cuartel contra los españoles, así fueran indiferentes, revela muy a las claras el propósito de Bolívar de crear una frontera definitiva entre España y América, de la cual se engendrara la conciencia americana frente a la Metrópoli. A la lucha de razas y de castas desatada por los caudillos españoles, que había hecho de la guerra de emancipación una guerra civil entre americanos, Bolívar contestaba con la guerra a muerte, destinada a transformar la lucha en una mortal contienda entre españoles y americanos, a unificar al Nuevo Mundo frente a la Metrópoli conquistadora.


Que esta forma de guerra obedeció a la necesidad de establecer una tajante separación entre España y América, para poner término al engrosamiento progresivo de las tropas realistas con nativos del continente, y evitar el paso de desertores de las fuerzas republicanas a las del monarca hispánico...


Ahora, obsérvese, que esta guerra no se llevó a cabo en territorio granadino, consecuencia por la cual allí quedaron más o menos intactos los más perniciosos elementos del pasado, de la enferma y torpe España que vino a nosotros, fuertemente adherida a las costumbres del pueblo y en gran parte a la vieja estructura feudal y administrativa de sus gobiernos. Las primeras convulsiones que iban a chocar contra el sistema republicano se dieron en Pasto, la crema más retrógrada e infernal de lo que nos llegó de la península. Allí, encastrada la sangre belicosa del conquistador con bárbaros y antiguos caníbales, se produjo una explosiva raza que tendría en jaque a Bogotá por varias décadas. Nació de aquí el mito de la rebeldía granadina representada por indios, y a estos salvajes se les harían monumentos.


Más tarde la locura de Pasto se apagó, como se apaga todo, pero quedó su abominable enseñanza, y los elementos más atroces se usarían luego en las guerras nacionales. Iba a intervenir principalmente en estas contiendas la infecta España que había quedado intacta de la hecatombe independentista. Y Boves y Morales, Calzada y Tízcar iban a quedar pálidos ante el derroche de terror y descuartizamientos que los distintos bandos se inferirían. Cuando Bolívar entró en la Nueva Granada, casi todo el mundo asustado se llamó colombiano y al "Tirano en Jefe" le tembló la mano para realizar lo que se había propuesto: extirpar la oscura e infernal herencia de la torpe España.


Entonces quedaron todos los elementos que habrían de provocar la violencia colombiana, tan parecida a la española y que lleva ya tantos muertos en este siglo -con sus perfiles grotescos y absurdos- como la guerra civil española. Hoy, aún se oye en los pueblos el macabro batir de tambores excitando al odio cada vez que cae "un combatiente". A mediados del siglo veinte, la violencia ha recrudecido. Dejo a monseñor Germán Guzmán Campos que nos hable de un genocidio en La Mesa de Limón, donde "mueren 13 personas. La cabeza de un niño de tres meses la dejan sobre una estacada frente a la del padre ensartada en otro poste de la cerca".


Esta no puede ser la gleba que se hace justicia. Hacer justicia suicidándose en sus hijos de la manera más horrible; parto bestial de la locura que campea en esta tierra. Y hay que afrontar el horror aunque nos tiemblen los ojos, y nos apriete el asco porque esto fue lo mismo que palpó el Libertador en su tromba de rehabilitación el año 13. Monseñor Guzmán refiere el siguiente relato fidedigno de un campesino: "ultimaron a una familia cuyo hijo menor de seis meses fue estrellado contra un cimiento por Luis A. Silva, quien luego lo descabezó para impedir -según sus propias palabras- que el cuerpo del 'chino', siguiera brincando "; otro fue crucificado sobre un tablón, expuesto al sol y luego rematado por los puntillones que le clavaron por los ojos... y a Jesús Anzola le quebraron los dientes con unas tenazas, le rebanaron las plantas de los pies y lo obligaron a caminar por sobre el piso regado de sal hasta que expiró de dolor".


¿De dónde viene esta avalancha histérica, sádica, sino de haber impedido -por puro capricho demagogo, hipócrita de los liberales desde 1828 - darle poderes a Bolívar y que éste calcinara con leyes implacables el vicio enervante del crimen del 13, que poco a poco se veía reverdecer?


Ahí está hoy Colombia, con el fruto obtenido de la abstracción de una república aérea, con sus leyes jamás entendidas, frías como la geografía de la altiplanicie, sede central del gobierno, con su plaza donde el Vicepresidente caracolea su caballo sobre los cuerpos aún convulsos de los hombres fusilados, algunos de ellos, enemigos personales; (plaza en la que para bochorno de la humanidad se ha colocado a Bolívar a sufrir los más espantosos atentados terroristas); se nos ahoga el alma, en esta barahúnda de inextricables maldades, cuyas frías leyes desencadenaron una guerra fría donde los bandos exclaman: "Qué paz del carajo, lo que importa es la victoria"; el grito maligno de la peste realista que una vez lanzaron los pastusos, la guarida infernal de la antigua España, y que luego los demagogos explotaron para convertirla en el recurso de sus alzamientos.


Este desprestigio de Colombia ha traspasado sus fronteras. Cuando en un país ocurre un horrible crimen, la prensa sin averiguar mucho lanza la hipótesis de que son colombianos los culpables. Así ha sucedido muchas veces en Estados Unidos, y Colombia humillada, maltratada, ha tenido que protestar; una protesta cohibida, que suena a dolor, a pena, a tormento.


Veamos el panorama geográfico, político y humano que era la antesala de la guerra en que Bolívar se vería envuelto. Empecemos a decir que una de las guerras de independencia más devastadoras del planeta se dio en territorio venezolano. En nuestra América hispana, como en España, ha fructificado mucho la agresión, la autodestrucción. En política, en orden y disciplina hemos sido de los más despistados. El conquistador español vino en busca de oro para explotar salvajemente esta tierra y a sus hombres; no es extravagancia afirmar que algunos de nuestros caudillos eran también unos pequeños conquistadores, tan salvajes y destructores como los primeros que vinieron a América. No luchaban, de veras, por amor al país o ideal alguno. El grito de libertad para ellos era un estandarte anárquico preñado de maldición (el español de antes y el venezolano de hoy viven en nuestro país como en casa ajena, como gente indolente que va de paso; insensibles al caos y al hedor que nos rodea por los cuatro costados).


El grito de guerra a muerte lanzado por Bolívar contra los españoles es la etapa bárbara, brutal, de nuestra lucha de independencia. (Habríamos de tener más tarde -después de la batalla de Boyacá- la etapa espiritual de la revolución). Esta primera etapa, escandalosamente implacable, permitió someter bajo el imperio de la rudeza, de la supervivencia del más fuerte de carácter y de voluntad, a las huestes revolucionarias desperdigadas y desunidas que vagaban por la exigua República.
No hay que llamarse a engaños: Arismendi, uno de nuestros generales en jefe, superó a muchos españoles sanguinarios en sus bárbaros procedimientos. Bermúdez, Piar y Páez tienen historias bien oscuras. Es que nuestros recursos humanos para hacer una revolución sólida y equilibrada eran de veras deplorables. Escuchemos a Bolívar: Cuántos resortes he tenido que mover para lograr los pocos sucesos que nos tienen con vida; para comprometer cuatro guerrillas, que han contribuido a libertarnos, fue necesario declarar la guerra a muerte; para hacernos de algunos partidarios fieles, necesitamos de la libertad de los esclavos; para reclutar los ejércitos del año pasado y éste -esto lo dice en 1820- tuvimos que recurrir a la formidable ley marcial... Todo esto es nada, y para conseguir este nada nos hemos empeñado en emplear el todo de nuestras facultades.


En aquella guerra infernal no era de esperarse, de ningún bando, consideraciones humanitarias. El español que vino a reconquistar las colonias, a las órdenes de Morillo, cometió en la Nueva Granada los asesinatos más abominables: niños, mujeres y ancianos indefensos fueron juguetes de la degollina inclemente. De haber conseguido España dominarnos con tales procedimientos, el mundo civilizado habría dado la razón al crimen. Estados Unidos, por ejemplo, con su repugnante imparcialidad, habría sido el primero en respetar la justa recuperación de las colonias por parte de España. Lo habría respetado hasta que su sensibilidad mercantilista se lo permitiera.
(¡Vaya vecinos que nos tocaron!).


España estaba desde hacía muchos años congelada en el barbarismo frenético de los semitas. Bolívar mismo nos dice que fueron ellos los que transportaron el Asia a América. Quienes nos enseñaron el Alcorán con sus prácticas, y nos habían inspirado con espíritu nacional el terror. Como corolario de estas afirmaciones añadía: Cuanto más pienso en esto, tanto más me convenzo de que ni la libertad, ni las leyes, ni la más brillante ilustración nos harán hombres morígenos, y mucho menos republicanos y verdaderamente patriotas. Por nuestras venas no corre sangre sino el vicio mezclado con el miedo y el terror. ¡Qué tales elementos cívicos! Basta de filosofía política.(1)
Parecía nuestra guerra de independencia un combate de diabólicos suicidas. Más pesaba en los españoles la sed de destrucción, el ansia del crimen, que el deseo de reponer pacíficamente las colonias al rey. Por nuestro lado, el desquite era la venganza de alguna afrenta inaudita: la sublevación d e nuestra sangre humillada. Si algunos jefes españoles utilizaban como escarapela la oreja de los criollos en sus sombreros, uno de nuestros jefes patriotas llegó a exigir cierto número de cabezas de españoles para ascender en rango militar.


La nuestra fue una guerra civil tan espantosa como la que habría de sufrir la España del siglo XX. Dominar y expulsar a los realistas de nuestros territorios era asunto bien atravesado; es que eran hordas fanáticas con un pasado de leyendas terribles desde California a la Patagonia. En palabras de Cervantes, nuestra América era refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto de los homicidas, pala cubierta de jugadores, añagaza general de las mujeres libres, engaño común de muchos y remedio particular de pocos.


Ambos bandos dan a veces la impresión de ser grupos enfermos que buscan aniquilar en el otro alguna clase de crimen íntimo, personal: algo así como lavar ultrajes entremezclados en esas sórdidas conveniencias que el esclavo ha tenido que conceder al poderoso. Era una lucha de desdoblamiento, un parto terrible de contradicciones raciales o, tal vez, una guerra severa de integración racial. Guerra que todavía padecemos solapadamente mientras nos adecuamos a los diversos elementos del medio natural.


Obsérvese que no había ninguna constancia en muchos de los primeros hombres que pasaron a dirigir la lucha. Claro que exceptuamos a personajes muy definidos, como era la gran mayoría de los criollos y hombres de carácter recio y patriota como José Félix Ribas y los Bolívar. En la masa había la más horrenda confusión: por un lado los españoles mezclados con pardos y negros llevaban una guerra de terror contra los mantuanos, aristócratas criollos; los indios y llaneros tan pronto seguían a los españoles como cambiaban de parecer, según los frutos y los placeres agresivos y violentos que les ofreciera el caudillo más atrevido y audaz.


Por ejemplo, cuando mataron al realista Boves las hordas que le seguían buscaron otro jefe que los guiara en sus hábitos devastadores; lo encontraron en Páez, quien de paso siempre anduvo indeciso y esquivo a las órdenes del Libertador. No estaba entonces muy seguro Páez de lo que hacía.


Páez fue el guerrillero venezolano más activo y sagaz; pero la guerra para él, durante un tiempo no fue más que satisfacción a sus ímpetus aventureros; una guerra caprichosa, exclusiva de su poder. No tenía ninguna cultura, no sabía nada de la historia de Europa, de sus sistemas políticos, ni de cabildos, ni de representaciones diplomáticas. Había visto que sobre América se extendía una onda de terror y para guarecerse de una muerte inútil se unió a llaneros bravíos, de mucho ñeque y empuje para el peligro. Poco tiempo le bastó para darse cuenta de que tenía poder natural de mando y que en cuanto a riesgo y desprecio por la muerte nadie le igualaba. La historia terminó gratificándolo; sin duda que lo merecía.


Por otro lado, imaginemos a Bolívar en medio de aquel infierno; un hombre culto y refinado como él, que se había paseado por fastuosos salones de la vieja Europa, que se había empapado de sus costumbres, que conocía a los clásicos griegos y latinos; amante de la verdad, del buen vivir, dominado siempre por el deseo de aprender y de emular a los grandes hombres...


Después de ese dulce baño de paisajes, sueños, placeres, holganza; de las sugerentes y exaltadas pláticas con Simón Rodríguez, Andrés Bello, Humboldt, Miran da, etc.; después de todo eso, viene a ese baño pulverizante: pavor, sangre, todos los cataclismos de la barbarie. Se sumerge en un horror que es privilegio sólo de santos, de mártires. Convivir y tratar con hombres que palpaban el crimen sin la menor vacilación; dominarlos, conducirlos, e inducirles humanidad y hacerlos útiles para la sociedad, ha sido una de las obras más grandiosas del Libertador.


Sin duda que su honda sensibilidad iba en proporción con el espanto del desastre, y sólo de ella podía sacar las leyes inclementes para una rectificación de orden moral, de justicia implacable, en medio de las tinieblas.


Las dificultades que presentaba nuestra liberación en realidad no eran sospechadas por nadie entonces. Miranda, el más experto general y revolucionario de América, era el llamado a dirigir nuestros primeros pasos. Su derrota fue abrumadora, escandalosa, en su propia tierra; tenía razón Humboldt cuando dijo a Bolívar en París: Yo creo que su país está maduro para la libertad; mas no veo el hombre que pueda realizarla. Estas palabras debieron sonar con estridencia en Bolívar, en aquellos días confusos de la revolución. Después es Miranda quien le grita desesperado: ¡Bochinche! ¡ Bochinche y más bochinche es todo lo que hay y se consigue en esta América! La situación era para promover en los más decididos un escepticismo y un desánimo mortal.


En el año de 1812 quedó guillotinada la rebelión contra España, y fue entonces cuando, sobre aquellos escombros, lanza el grito de ¿Guerra a Muerte!. Bolívar va a impedir que nos disolvamos en guerritas de grupos desesperados, sin cohesión moral para las tremendas adversidades. Antes de regresar al teatro de las batallas define su posición. Está dispuesto a no jugar con sus palabras ni con los hombres. Ha asumido una responsabilidad, una seriedad terrible con el destino: con él se ha aliado la muerte porque la muerte es el único dios de la victoria entonces. La muerte es la única fuerza capaz de exterminar el fanatismo inclemente e impenetrable de los voluntariosos españoles.
Sólo un decreto como el de Guerra a Muerte podía poner freno al odio desmedido y devastador de los realistas. Los españoles no eran, por ejemplo, los ingleses que aceptaron y comprendieron la lucha pacífica y religiosa de Gandhi. ¿Qué seres más pacíficos que los indios de México y del imperio incaico? Sin embargo, ¡cómo fueron torturados, exterminados con el pretexto vil de la posesión de nuestras riquezas y el de la imposición de un dios extraño que parecía más cercano al crimen y la destrucción que el propio Satanás!


Las montoneras de Mariño, Arismendi y Bermúdez paseaban una bandera de destrucción implacable también; pero gris, caprichosa, indefinida. El verdadero capitán ha salido de La Grita, y en una sucesión de brillantes victorias: en sólo cincuenta y dos días ha reconquistado la República. Podía ese día, 7 de agosto, en que entró a Caracas, morir y sin embargo quedar eternizado por la empresa grandiosa que había realizado.


(Pero la Hidra de mil cabezas apenas salía de su guarida: Boves, la representación funesta de un hijo concebido en esa atmósfera sórdida de esclavitud y vileza, se alzaba a la altura del derecho de la muerte. La etapa brutal de la guerra alcanzaba entonces su punto más alto. Se necesitan otras armas para triunfar. El Libertador fracasa de nuevo y conoce otros niveles de humillación. El país todo puede hundirse en la desesperación; él no: consigue vencerse a sí mismo y vuelve al combate. Conoce cada vez mejor a los hombres; a los hombres de su tierra. Se llena de agudeza, de astucia suicida. Su sensibilidad está en proporción inversa al coraje brutal y desmedido de los realistas y de casi todos los jefes patriotas. El talento político y militar no basta. El único recurso parece ser la constancia y la locura, cubierta de una fina e impenetrable tela de misterio, de improvisaciones rápidas y desconcertantes: parece entonces el Libertador un verdadero asiático, y así entra en la lucha sin fin de la soledad y de la muerte).
Cita


1.-carta a Santander del 12 de Junio de 1820.

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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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