El pueblo venezolano y su destino inevitable

El gran contenido de la historia del mundo, supongo, que debe ser racional, dado que ella es orientada por una voluntad omnipotente como fuerza poderosa de él y que, no resulta tan impotente, como para que no pueda o no sepa comprobar ese contenido.

El hecho de que exista un gobierno divino del mundo hace conjeturar la racionalidad de la historia, aunque esta creencia sea genérica y se solape a ratos frecuentes bajo la incapacidad humana para comprender los designios providenciales. Por lo que pareciera entonces que, el objetivo de la historia del mundo es, que el espíritu alcance ese estar al tanto de lo que él efectivamente es y objetive este saber, lo plasme, haciendo de él un mundo innegable y se manifieste, objetivamente a sí mismo, lo cual no sería más que el espíritu del mundo que se reproduce en los espíritus de los pueblos que se suceden en la avanzada de la historia.

Luce por tanto, como si el espíritu de un pueblo determinado fuere el espíritu del mundo, por lo que la acción de cada uno de nosotros, como individuo, sería más efectiva, en tanto en cuanto se muestre conforme con el espíritu de nuestro pueblo venezolano, dado que somos hijos de él y, sobre todo, en este momento tan estelar de su perspectiva histórica.

Y nuestras tradiciones se constituyen también así, en una potencia forzosa, para alcanzar la transformación de la realidad en que estamos empeñados, como pequeños dioses, y no obstante que esas mismas tradiciones pretendan servir a una minoría conservadora, porque el progreso halla también sus aparejos de labranza en los héroes individuales de la historia, dado que, actúan como adivinos de la verdad de su mundo y de su tiempo, y de lo próximo a surgir como universal, por lo que el resto, en torno a su bandera se reúne, ya que enuncian la idea, cuya hora ha llegado... Y los demás, tendemos a obedecerle, porque simplemente lo sentimos así, porque exhiben como el derecho de oponerse a la condición de las cosas presentes y, de trabajar arduamente para un porvenir que de inmediato se comprende, dando a entender, igualmente, que la rúbrica de su destino es el éxito y que combatirles resulta cosa vacía, cosa vana, puesto que exhiben al mismo tiempo un pasarse de listo con su conciencia que se vale de nosotros (con nuestras pasiones) para alcanzar sus fines, incluso de correr el grave riesgo de llegar a la ruina, por su mismo éxito, debido a que la idea universal, que lo había encendido, hubo de alcanzar sus premeditados designios. Las individualidades por tanto desaparecen, físicamente también, y les atribuimos valía sólo en cuanto traducen, a los ojos de todos, lo que el espíritu popular desea con ahínco. Los espíritus de los pueblos son los miembros del proceso, mediante el cual el espíritu alcanza la plena y libre conciencia de sí, por lo que el designio providencial -de la historia- se revela en la victoria que consigue el pueblo que tiene el más alto concepto del espíritu. El pueblo del momento es, a la vuelta de la esquina, el que ha concebido, esencialmente, el más elevado concepto del espíritu.

Y sucede, o puede suceder, que los pueblos portadores de conceptos no tan elevados continúen existiendo, pero en la historia del mundo tienden a ser apartados, porque pareciera que el fin último de la historia de este mundo es, justamente, la realización de la libertad del espíritu del pueblo en su autogobierno, y no en el Estado, como sostienen algunos gloriosos idealistas.

Eso sí, en su autogobierno el pueblo debe tener una necesaria existencia racional enmarcada dentro de una voluntad universal. Pienso que así será capaz de auto liberarse el espíritu humano que, al parecer, es el único espíritu (por lo menos, potencialmente eminente) conocido hasta ahora. Para otros ese espíritu de realización, como dije, sería el Estado, pero el Estado (y no tan eventualmente, digo), pudiera ser yo o, como antes o después, pudo haber sido o pudiera ser otro…

canano141@yahoo.com.ar


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Raúl Betancourt López


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