Los biopolímeros se nos subieron a la cabeza

Me contaron el caso de Susana. También el de Marlene. Hace tiempo y por asuntos de salud, sometieron a intervención sus senos. Al salir del quirófano ambas mostraban sólo una de las glándulas mamarias. Meditado el asunto, optaron por una segunda visita al consultorio. Desde entonces y “para no lucir como una cosa rara con una teta sí y otra no”, portan implantes PIP. Sus familias y amigos más íntimos han sido solidarios en todo momento. Como ellas, concluyen que “no es fácil andar por la calle, desfigurada y siendo criticada por todo el mundo”.

La salud de Susana y la de Marlene no ha mermado luego del procedimiento. De corazón esperamos que en ese particular no haya variaciones. Sería una maravillosa excepción porque de acuerdo a los reportes periodísticos recientes sumados a los presentados hace meses sobre la materia, la norma parece ser el sufrimiento, la calamidad y –en muchos casos- el camino seguro a un desenlace fatal.

Ardua es la tarea que por delante tienen sicólogos, sociólogos y demás estudiosos de la conducta humana para explicar este infernal boom hacia la muerte. Quienes ideológicamente comulgan con postulados de justicia social están más obligados, que los otros, a hacerlo.
Deben descifrar cual alimaña penetró la voluntad de mujeres venezolanas –bellas por naturaleza-, víctimas de un cortocircuito banal que las convenció de que son “feas” para depositarlas en centros tanto legales como clandestinos. Están obligados, incluso, a establecer si tan repugnante lavado de cerebro se hace visible de forma “casual” justo en pleno proceso revolucionario donde se supone que mujeres y hombres valemos por lo que somos y no por los que aparentamos ser.

Igual procedimiento debe ser aplicable a nosotros los “machos”, porque mentira no es que babeamos cuando voluptuosos y empinados conos de piel atajan nuestras miradas, obligando en algunos casos a nuestras parejas a considerar la posibilidad de adoptar unos como esos.
Parece ser que, a unas y otros, los biopolímeros se nos subieron a la cabeza.


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Ildegar Gil

Comunicador social

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