La huella de Chávez

En esta menguada hora fisiológica para Chávez, creador indiscutible de este instante tan estelar para Venezuela, no resulta arduo darse cuenta de que vivimos tiempos que miran hacia una nueva época. Un cambio de época, como dijera acertadamente ese otro ardoroso paladín, que es Rafael Correa.

El pueblo venezolano como sustancia, que para el capitalismo no ha venido siendo y será nomás que una masa amorfa, desechable, y hasta despreciable, decidió romper con su situación anterior a 1989. Se dispuso enterrar su sufrimiento en el pasado y se ha entregado, bajo la guía imprescindible de Chávez, a la lucha por su propia redención. De allí que desde entonces no haya permanecido quieto, sino en movimiento incesante y creciente, pues, se ha venido formando, y madurando, no tan lenta ni tan silenciosamente hacia su nueva conciencia, desprendiéndose poco a poco de su muy precaria condición anterior. Esos paulatinos desprendimientos, que no alteran para nada su todo esencial, se verán entonces interrumpidos por un clarear que no tan sorpresivamente iluminará como un relumbrón celestial la imagen de su nueva realidad. Y allí por tanto está y estará la huella consistente de un Chávez que, como el pueblo mismo, lucha contra sus poderosos enemigos, incluidos hasta los de su sana fisiología.

Esta nueva época, empero, no engendrará una realidad perfecta como tampoco la exhibe ninguna creación. Esta primera imagen solamente será su concepto, pero actuando del mismo modo de que nada queda construido solamente con sus cimientos, porque, a ese concepto del todo, a que se llegará, por supuesto que no será el todo mismo. Desear tener un hijo no es tenerlo. Se hace necesario entonces poner la arepa en el budare… Debiera esperarse por tanto que el pueblo no se contentara con que se le enseñe un bombón, cuando, lo que debe querer, es la caja completa. Y el comienzo de esa nueva época será fruto de una necesaria y quizás larga transformación cultural que, además habrá de recompensar, el haberse andado por unos parajes tortuosos mediante esfuerzos y desvelos no menos arduos y disparejos. Porque, no habría que perder de vista, tampoco -y ello demandará una eficiente estrategia comunicacional- que los retrógados, por el hecho de que la nueva época no haya de llegar tan rápido a la plenitud de los detalles, ni al perfeccionamiento de las formas, censurarán todo a su muy conocido estilo, por lo que el pueblo no debe permitir nunca que lo reduzcan al silencio, ni por la acometividad de esos retrógados, ni mucho menos por la fuerza no obstante que pudiera presentarse eventualmente el hastío o la indiferencia que trajera consigo una espera ansiosa, o, también, que no se realizara lo perseguido. En eso estribaría para el pueblo su fragoroso nivel de lucha que, a través incluso de su obstinación, le permitiría alcanzar lo singular, objetivo socialista por el que Chávez, simplemente, ha largado su pellejo. Además, el Chávez bondadoso nació de lo sólido y, como quizás resulta muy probable, lo que nace sólido con el tiempo va hacia lo más y hacia lo mejor, contrario a la bondad enmascarada, como la del fascista Capriles Radonski, que muy pronto volverá a su condición natural; y eso, no muy probablemente, sino seguro.

Y esa condición bondadosa de Chávez debe el pueblo también reproducirla a través de la clemencia con los contrarrevolucionarios, no obstante que algunos pudieran pensar que ella (la clemencia) sostiene a los peores porque, sin crimen sería ella sobrante y aunque ellos (los contrarrevolucionarios), no la hubieran tenido nunca con el pueblo, porque además, la clemencia pudiera ser la única virtud, que no cobra sentido, entre inocentes. Puesto que así como la psiquiatría solamente se usa entre desequilibrados aunque también es estimada por los equilibrados, así también, aunque la clemencia la invoquen los merecedores de castigo, por ella también se inclinan los inocentes. Entonces, si la clemencia es sana en un ser individual, mucho más lo sería y constituiría, incluso una mayor fortaleza, en un ser colectivo, porque un gran poder como el del pueblo sería, para su honor y gloria, solamente si su influencia fuera saludable, porque si lo fuese para dañar, resultaría entonces funesto. Estar sosegado e inalterable, y despreciar altivamente agravios e insultos, es propio de un gran ánimo. No hay que perder esto de vista. Lo han demostrado Chávez y Correa, tanto como los Kirchner. Pensemos cuánta soledad y devastación habría en Venezuela en la que el pueblo actúe con violencia siempre que se le ponga algún freno que demore su ritmo de catarata. La grandeza suprema, consiste por tanto, en no poderse empequeñecer.

canano141@yahoo.com.ar


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Raúl Betancourt López


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