Cómo batallar contra la indiferencia y la inconsciencia de nuestros jóvenes

Anoche estuve en un barrio de la población de Ejido, Las Rancherías, compartiendo en un cine foro sobre el 27 de febrero de 1989. Habría unas cincuenta personas, cuando debieron encontrarse doscientas por lo menos. Un barrio que ha ido poco a poco saliendo de la pobreza con la ayuda de las políticas del gobierno revolucionario.

Yo llevaba en mi cabeza y en mi alma el dolor por la situación por la que atraviesa nuestro Comandante Chávez, que es como si un ser querido, la esencia de una revolución y de una república, se encontrase en un estado de crisis orgánica humana decisiva para la vida toda de la nación.

Y miraba a la gente para ver si se encontraba en medio de la preocupación que a mí me embargaba.

Sobre todo cavilaba sobre los jóvenes que me rodeaban.

En estos encuentros suelo ver cuántos jóvenes asisten, cuántos jóvenes están interesados en conocer nuestra historia, nuestro pasado.

Se habló en el foro que ahora, cuando un joven compra un blackberry, no quiere saber nada con el chavismo. Se cree diferente, imagina que ha alcanzado un estatus elevado, por encima de lo que era antes.

Hay una matriz que trata de meterle a los muchachos que ser chavista es horriblemente chimbo.

Que ser antiimperialista es propio de cavernícolas y de resentidos sociales. Difunden muchos estos clichés por los programas de radio dirigidos a los jóvenes.

Con harto desparpajo estos promotores del antichavismo, se ríen en estos programas de radio, de aquellos que consideran el descubrimiento de América como un genocidio.

Presentan a los quienes siguen los ideales bolivarianos de ser unos perdidos en el espacio, de ser unos retrógrados, de ser chamos ridículos que no están en nada.

Que eso de celebrar el Día de la Juventud, recordando las gestas de José Félix Rivas es de lo más ridículo del mundo.

Y uno ve a miles de liceístas metidos en los centros comerciales reforzando en sus cabezas estos esquemas vacuos y miserables.

Más puede un segundo de estupidez para quien pasea por los pasillos de un centro comercial, que mil horas de clases hablando de nuestra historia, de nuestros próceres e ideales bolivarianos.

¿Quién de esos millones de chamos, plagados e imbuidos de valores importados, estaría en estos momentos dispuesto a derramar una gota de sangre por defender nuestra soberanía, nuestra independencia, nuestra revolución?

Todo esto que en verdad deprime, y todos estos muchachos bombardeados con los criminales programas de televisión, con la bestial propaganda consumista, están maduros para convertirse al capitalismo más vil.

Están a la espera de que algún imbécil llegue para mandarlos.

Por un lado, todo les llega fácil a estos muchachos. La mayoría no hace esfuerzo alguno para conseguir nada y cree que esto siempre ha sido así, y siempre lo será así.

Parecieran estos jóvenes no tener sueños, no tener un destino y un horizonte por el cual luchar.

O no hemos conseguido que nuestra revolución los haya encausado por un camino de gloria y grandeza.

Todo esto provoca en uno horror. Horror como el que se percibe de la novela de Conrad, El Corazón de las Tinieblas.

Y pienso en José Félix Ribas cuando arengaba contra los indiferentes y les exclamaba[1]:

El gobierno ha visto con el mayor asombro el ningún efecto producido por la alarma tocado en la mañana de este día, y casi no quiere creer que unos habitantes que han experimentado ya toda la ferocidad del yugo español, se hagan sordos al convite que su patria les ha hecho para salvarse y salvarlos. Este procedimiento me obliga a tomar medidas enérgicas y vigorosas y a desenvainar la espada para el venezolano indolente, pusilánime o malvado, que en momentos críticos no contribuye con su persona a la defensa común.

Se repetirá, pues, el toque de alarma a las cuatro de la tarde de este día, y todo aquel que no se presente en la plaza mayor, o en el cantón de capuchinos, y se le encontrase en la calle o en su casa, sea de la edad o condición que fuese, será pasado por las armas sin más que tres horas de capilla, ni otra justificación que la bastante para hacer constar su inasistencia.



[1] “José Félix Ribas”, de Juan Vicente González, Ministerio de Educación, Caracas, 1988, pág. 62.

jsantroz@gmail.com



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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