27 de febrero y el contexto mundial

El contexto de la explosión social del 27,28 y 29 de febrero de 1989, debe ubicarse en una dinámica de ajuste socio-político en el ámbito de la preponderancia hegemónica del proyecto neoliberal postcapitalista, pero por otro lado, por una especie de letargo forzado del pensamiento de izquierda en Nuestra América, que fue crudamente golpeado a partir de 1973, con el derrocamiento de Salvador Allende en Chile.

En lo que respecta al modelo teórico-práctico del pensamiento neoliberal, se correspondió a la tesis del progresivo desmontaje del Estado de Bienestar, cuya preponderancia mundial desde los años posteriores al crack económico de 1929, estaba siendo seriamente cuestionado, sobre todo a partir de los triunfos políticos conservadores en Inglaterra (1979) y EEUU (1981), con Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Esos triunfos, llevaron al impulso de un agresivo programa de ajuste, destinado esencialmente al aumento de las formas de control expoliativo sobre el valor del trabajo, mediante la eliminación de las políticas sociales de subsidio y asistencia, la apertura al capital transnacional financiero y una agresiva política de privatizaciones en áreas estratégicas (transporte, comunicaciones, industrias básicas, electricidad). Ello fue concadenado con la organización, apoyo y financiamiento en todas partes del mundo, a través de redes internacionales como el Grupo o Club Bildelberg , de movimientos y partidos políticos que se sostuvieran sobre los ideales de libre mercado. En el contexto de Nuestra América, eso se tradujo en gobiernos como los de Carlos Menem (Argentina), Collor de Mello (Brasil), Salinas de Gortari (México), Alan García (Perú) y Carlos Andrés Pérez en Venezuela. Todos ellos implementaron un recetario común: ajustes estructurales, apertura al capital financiero, privatizaciones, eliminación de subsidios, aumento de productos alimenticios, concesiones a trust transnacionales, basados en la aceptación electoral que les había permitido convertirse en presidentes en sus respectivos países.

Ese ajuste, fue posible, dado la reducción coactiva de los grupos políticos de izquierda, que fueron o bien diezmados violentamente o penetrados a través del abandono de los lineamientos prácticos de acción revolucionaria, caso Movimiento al Socialismo (MAS) en Venezuela o el PRI en México, o el APRA en Perú. Todos ellos organizaciones surgidas en el marco de la Internacional Socialista (IS) pero que renunciaron al debate transformador que les dio origen histórico. Por otra parte, la acción de dominación cultural que se adelanto y que se estructuró en la tesis formulada a finales de la década de los 80, del Fin de la Historia (Francis Fukuyama) y el triunfo del pensamiento liberal sobre el socialismo. No obstante, hubo un elemento que no estaba planteado en las consideraciones estratégicas realizadas por los grupos de poder y control hegemónico de la derecha conservadora transnacional; y fue la resistencia que generó las políticas de ajuste y exclusión que fueron planteadas. En todas partes, donde se presentaron presidentes que impulsaron los ajustes estructurales se produjo manifestaciones populares de repudio y resistencia contrahegemónica, que si bien fueron reprimidas utilizando todo el peso y el poder del aparato militar, no pudieron ser acalladas y minimizadas.

Las represiones al movimiento Plaza de Mayo en Argentina, la persecución de los grupos ambientalistas en Brasil, la presión sobre los grupos defensores de los derechos humanos y de los indígenas en México, la aplicación de fuerza letal, con apoyo en armas y estrategias militares para el caso del Caracazo en Venezuela, durante febrero de 1989, son solo una muestra de una visión más amplia y contextualizada de ese proceso de ajuste neoliberal en Nuestra América.

En el caso de Venezuela, las condiciones de pobreza nos hablaban por sí solas. Para 1989, el 44% vivía en condiciones de pobreza y 20,07 % en pobreza extrema, es decir casi un 65% del total de la población venezolana, quedaba excluido de cualquier oportunidad de mejora social. Ello derivó en una crisis de expectativas cuyas consecuencias se manifestaron en expresiones de pesimismo y frustración colectiva, que incidió para que los partidos históricos (AD-COPEI) fueran desdibujando sus mecanismos de control político. De hecho, no debe olvidarse que los acontecimientos represivos de febrero de 1989 significaron el impulso de nuevos actores de vocación popular como la Causa Radical, con figuras como Aristóbulo Iztúriz, Pablo Medina y Andrés Velasquez, que terminarían asumiendo protagonismos que aún hoy los colocan como referencias, aunque estén en espacios de participación distintos a los que inicialmente los hicieron coincidir. La represión brutal desatada en esos días de febrero, finalizarían justificando – o catalizando?- revueltas sociales y cívico-militares como las de febrero y noviembre de 1992, o procesos inauditos como fue el inicio del proceso de juicio de un presidente en 1993.

La crisis institucional que se hizo evidente a partir de ese momento, culminó con la resolución histórica de un proceso de conformación de un bloque histórico de poder popular, que se representa en un liderazgo carismático como el de Chávez, pero que exige un mayor compromiso y profundización para que pueda ser trascendente y perdurable históricamente.

Dr

Historiador

Juane1208@gmail.com


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Juan Eduardo Romero

Dr. Mgs. DEA. Historiador e Investigador. Universidad del Zulia

 juane1208@gmail.com

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