Un ministro incomodo

Sin dudas el Ministro de Defensa de Colombia, Jorge Uribe, resulta una piedra en el zapato para el sistema político de su país. No lo es para el gobierno del Presidente Álvaro Uribe. Para este es el “muchacho malo” que hace las tareas sucias, como botar generales insumisos o ser agente provocador frente a Venezuela de acuerdo a los compromisos contraídos con la Casa Blanca. Lo importante para Uribe, el Presidente, en su propósito reeleccionista, es intentar conservar su imagen de Jefe de gobierno eficiente. Pero es difícil un deslindamiento mutuo siendo Jorge un Ministro dentro de un régimen presidencialista. Ni siquiera las actuaciones de Carolina Barco pueden realizar este “milagro”. De allí que el Uribe Ministro y el Uribe Presidente responderían al milagro de la “divina dualidad”: dos personas de un mismo ser. Ciertamente en el caso de los militares, Washington no puede aceptar “señores de la guerra” con feudos geográficos y privilegios dentro de su línea de pensamiento neoliberal. Eso no sólo fortalece al Estado en perjuicio del mercado, sino, que peor aun, retorna al modelo feudal más restrictivo aun al “libre comercio”. En la práctica vigente, cada Jefe regional del Ejército es el señor de su jurisdicción. El es quien establece el modo de relacionarse con los paramilitares, la fuerza encargada de las tareas “pesadas” que violan el derecho humanitario de guerra dentro de la contienda civil colombiana. Y, con ello, es el regulador de las actividades del narcotráfico, monopolizadas por el sistema financiero internacional . De modo que romper ese esquema imponiendo la moderna concepción de la acción conjunta que despoja al Ejército de su hegemonía en la conducción de la guerra es la tarea que asumió el Uribe ministro, a sabiendas del conflicto que generaba. Al fin y al cabo, aunque parezca mentira, el mayor obstáculo para una salida (victoria o capitulación) del conflicto colombiano ha sido el Ejército para quien esa situación es un negocio lucrativo tanto por su preeminencia en materia presupuestaria, como por el control de otras fuentes de financiamiento para sus cuadros de mando.

Nada distinto ocurre con las relaciones colombo-venezolanas. La imagen del Uribe presidente no resiste el rasgo de lacayo. ¿Y quién mejor que el Uribe ministro para jugar ese papel, mucho más si eso lo ayuda en sus negocios privados?. Ciertamente Bush no puede aceptar como real la concertación acordada en Puerto Ordaz entre Lula, Rodríguez Zapatero, Chávez y Uribe presidente. No puede ser que el gobierno colombiana renuncie a su papel de esquirol en los intentos de los países latinoamericanos para consolidar la unión. Y para no ensuciar su cara ¿quién mejor que Uribe, el Ministro?. Pero mientras este juego sucio prosigue, el sistema político colombiano permanece desestabilizado. Se pierde un tiempo precioso para lograr una paz que es una condición necesaria y suficiente para el desarrollo humano, a la par que miles de colombianos no tienen otra alternativa que buscar otras tierras para lograr una realización que no pueden lograr en su propia patria.


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Alberto Müller Rojas


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