Nunca olviden esta historia...

Para encontrar eco y suscitar adhesión en todos lo que aún viven- no en
los muertos, por supuesto- es necesario apelar a las fuentes de nuestra
geurra de independencia. Sentir como un recuerdo, que estuvimos en algún
frente de lucha al lado de nuestros próceres. Que conquistamos algo que
luego perdimos o desperdiciamos criminalmente. Que ocurrió una traición,
un engaño formidable. La esencia de nuestro ser está en ese origen
histórico. No sólo aquella gesta despertó conmoción en las fuerzas
desplegadas por un grupo de jóvenes oficiales contra un régimen oprobioso
el 4 de febrero de 1992, sino también en los valores de nuestra historia
casi totalmente dormida. De aquella cosecha una producción tremenda de
libros, discusiones, polémicas de todo calibre está inundando al país, y
ahora comienza a tener gran presencia editorial nuestras luchas en el
exterior con los trabajos de Franz Lee, Jutta Schmitt, Axel Smchidt, Eva
Golinger, Ramonet, Allan Wood, Clif Ross y muchos otros. Bolívar es hoy
más peligroso que nunca; los valores patrios resurgen como un vaporón de
fuego y se están convirtiendo en un dolor de cabeza para el imperio. Si el
Ecuador estalla en revuelta popular, debe ser Chávez quien la alimenta con
su fuerza negativa. Ya Bolívar no es aquella estupefacta momia que
decoraba los antros de palacio, los aburridos discursos de adecos o
copeyanos en plazas y congresos. ¿Quién logró el prodigio de hacer
regresar el Libertador a su puesto de comandante supremo de los pueblos en
toda América Latina?

Pues, Hugo Chávez. El presidente Chávez es quien ha puesto en movimiento
el sable de Bolívar en América Latina, y los gringos andan “irritados” y
“preocupados”. Los gringos andan reclamando que Chávez no les está jugando
limpio, y que eso no vale. Que nuestro Presidente no se pone a tono con
las ordenanzas de la Casa Blanca, que no los consulta y que además les da
por el culo a los últimos agentes de la CIA que andaban por los cuarteles
tratando de soliviantar a nuestros oficiales. “”Coño, Chávez no seas tan
malo con nosotros que siempre hemos andando ayudando a Venezuela. Que
tratamos de elevarla económica, política, militar y socialmente; el que no
se eleve no es culpa nuestra sino de la fatalidad que podéis llamar
jurisprudente...”.

Eso dicen estos tiernos corderitos del Señor.

Cuando estalló la rebelión del 4-F, la Casa Blanca llamó a sus perros
falderos en Venezuela, y les solicitó un severo castigo para con los
bolivarianos que habían tenido el atrevimiento de provocar un espantoso
culillo entre sus más adictos servidores, pues Octavio Lepage, Morales
Bello y Carlos Canache Mata habían entrado como ratas a la embajada
americana a pedir asilo, y diciendo que se había formado el más grande peo
jamás visto desde que cayera Juan Bisonte Gómez. Los gringos no entendían
nada de aquella jarana. Nunca entienden nada estas ranas plataneras. Hay
que darles por el culo para que entiendan. Pero en aquel instante de tanta
confusión les era imprescindible impedir que se expandiera aquel “mal
ejemplo” de unos oficiales atentando contra un sistema que les daba el
petróleo de gratis, y las órdenes de los perros amaestrados de la CIA
metidos en la embajada era terminante: “¡Salga a defender al Tío Sam que
es quien los paga y les da el gran tren de vida que aquí se gastan! A la
calle, carajo”. Para cumplir los urgentes requerimientos del Departamento
de Estado salió de aquella sede Morales Bello y como un héroe se dirigió
al Congreso de la República para exigir una unánime condena contra los
insurgentes. Grito con todos los gallos de su alma “¡mueran los golpistas
asesinos¡”, al tiempo que el presidente Carlos Andrés temblaba de ira
exigiendo que esta petición se difundiese a nivel de la OEA y se pidiese
que una comisión de la misma que debía dirigirse inmediatamente a
Venezuela porque se había atentado contra una de las más sólidas
democracias del continente. El primero en reaccionar a favor de un castigo
inclemente contra los rebeldes del 4-F, fue Henry Kissinger quien con una
comisión de alto nivel del gobierno norteamericano se presentó en Caracas,
y el amanuense de CAP encargado de recibirle, de acordar las medidas
extremas a implementarse para que el paquete continuara su curso y de
atenderle como un rey, fue FEDECÁMARAS.

A los medios de comunicación se les dio la orden de insistir que el motivo
de los sublevados era provocar una horrible masacre “para imponer una
dictadura al estilo de Fidel Castro”. Se les exigió a los medios ponerse a
tono con los medidas supervisoras de las policías represivas de la Nación,
y lo hicieron, por órdenes de la SIP (es decir del imperio). Las
televisoras se llenaron de banqueros, de empresarios, de los líderes de
los partidos políticos, de dirigentes de las asociaciones de vecinos que
luego se iban a llamar “sociedad civil”: por allí desfiló gente del MAS,
de la CAUSA R, del clero y también de cierto sector de la izquierda que
unas horas antes había estado de acuerdo con la sublevación. Todos
desfilando para dar su apoyo a la democracia. En realidad, en secreto, se
estaba gestando la gran trampa, por intermedio del serenatero
democristiano, que con agudo zarpazo habría de dar un gran vuelco a las
expectativas del pueblo. Es decir, se iba a producir un “milagro”.
Un patético “milagro” que ni CAP, ni Morales Bello ni los Gustavo Cisneros
ni toda la caterva de estafadores y bandidos públicos nacionales y
extranjeros jamás hubiesen podido concebir en medio del pánico que había
corrido por el espinazo del gobierno: una fórmula expedita para mantener
la estabilidad que buscaría apuntalar la “democracia puntofijista” por
otros treinta años más. Se había puesto en movimiento el más grande
hipócrita de todos los farsantes que había parido Venezuela, incluso
superior al Marqués de Casa León. Este horripilante farsante saltó al
estrado del Congreso de la República, y con voz y manos temblorosas
comenzó a poner a punto de lágrimas a los diputados, al pueblo, a los
mismos medios. Comenzó a entornar los ojos, y ducho en toda clase de
recursos retóricos y artificios patrioteros comenzó a mover los elementos
con los que necesitaba resucitar como salvador de la patria y figura
central e indispensable en el próximo proceso electoral que se avecinaba.

Los grandes mafiosos se vieron a la cara y se dieron la mano: “es el
hombre necesario para salvar a los de nuestra clase”, se dijeron.
Aquel artista del disimulo en esencia, comprometido con el partido
gobernante, debía además barajar el destino para que sus hijos asumieron
parte del botín; debía y quería hacerlo en la más alta vejez. No podía
dejarlos desamparados, solos, políticamente desorientados. Sus tiernos y
delicados muchachones, bellos, rebosantes de salud se le interponían entre
dos realidades: jamás habían pasado trabajo, y les iba a costar un
infierno labrarse una figuración propia; había que dejarles una parcela de
poder con la cual entretenerse en los venideros treinta años. Estaba
obligado a ayudarles, a darles la mano, por ese impulso natural que se
hace tan patente en los albores de la muerte y que es una exigencia tan
antigua como el hombre mismo: la perpetuación de la dinastía, de un
linaje. Aunque fuesen bobos el Juan José y el Andrés, había que dejarles
un legado de imprescindibles valores consustanciados con el destino de la
patria.

Claro, esta dinastía no podía funcionar desde una posición revolucionaria,
porque las revoluciones exigen valor, resolución y no perdonan
debilidades: se vive en ellas en un cambio y en un permanente albur
peligroso. Por lo cual, entonces, era mejor recurrir a los malabarismos de
partido, de negocios, de artimañas.

Era necesario salvar a la prostitución del viejo Estado, a sus secretos y
partidas infames, a sus negocios delictuosos, a su degenerante estructura,
porque allí, con toda seguridad, podían prosperar esos buenos muchachos
con caras de pendejo, llegar lejos, como han llegaron lejos todos nuestros
eminentes hijos de farsantes (la hija de Betancourt, el hijo de Reneé
Hartmann, los hijos de Leoni, los de Lusinchi, los de CAP, los de Piñerúa,
los de Andrés Eoy Blanco, etc.).

Que acabasen siendo los hijos de este Gran Hipócrita unos viles piñeruitas
era mil veces preferible, a internarse en una realidad pavorosa desafiando
a los banqueros ladrones, a los sindicatos prostituidos y se acabase
produciendo un cambio tajante e incontrolable que pudiese echar por la
borda y para siempre las aspiraciones de toda una bochornosa élite.
No en vano, este artista del disimulo había sido Procurador General del
gobierno que había derrocado a Isaías Medina Angarita. No en vano este
hombre había sido piedra fundamental en la conformación de este régimen
"democrático", mediante el famoso acuerdo de Punto Fijo. Estas deudas no
se olvidan ni se desechan ni se pueden desintegrar sin que produzcan
graves pérdidas en la estructura política y social de la Nación.

Moviendo con maña consiguió pues la Silla, y encaramado en ella tuvo que
desprenderse de su máscara: tenía al país en un puño, podrido como estaban
todos los partidos: y dejó todo el mal intacto, y el trono listo para que
le sucediese otro caudillo de su estilo. Inundó de dinero a la mafias
bancarias para luego criticarla, con su típica doblez, y dio el plazo
prudente para que aquella piara de huyeran en su propia cara. Huyeron
como siempre han huido: por los amplios y oscuros pasillos de nuestra
tuerta legalidad.

Cuando el pueblo deliraba por justicia, el Gran Hipócrita puso su grano de
arena a lo CAP, a lo Lusinchi, y ordenó la libertad del ex ministro
Alejandro Izaguirre, como una buena prueba para todos los restantes
comprometidos en la marranada calosandresista de que aquí él no iba a
permitir que se fracturara al régimen por cuestiones de poca monta. De
modo pues, que sutilmente, él le declaraba a la Nación que los adecos no
habían hecho nada malo, porque nada malo podía haber hecho cumpliendo con
deberes ya escritos en la Casa Blanca, en el Departamento de Estado
Norteamericano. Por esta medida CAP fue poco a poco resurgiendo de su
tumba, ya que el mismo Alfaro Ucero que había echado de AD a Humberto
Celli por el atrevimiento de pedir la expulsión de CAP, era quien estaba
dirigiendo una adhesión sin discusión al régimen del Gran Hipócrita.
Entonces nuestro orondo presidente proclamó con todo su franqueza que ya
Bolívar no era exclusividad alguna de ningún grupo, palabras que jamás se
hubiera atrevido a pronunciar en los días terribles cuando se paseaba por
las calles y la gente, desde lo balcones y ventanas le vitoreaba
llamándole: "¡General!".

La avalancha de las calamidades del pasado se repetían de manera insólita
y con el caradurismo y la burla de siempre: olas especulativas, robos y
desfalcos a granel, silencio ante el crimen y la desproporción de la
injusticia en todos los entes públicos... Y como siempre, se estaba
apelando a la llamada inestabilidad social para emprenderla contra los
grupos más débiles: en los allanamientos, en las detenciones y amenazas se
acosaban y perseguían a los mismos grupos que acosaba y perseguía Carlos
Andrés Pérez. Peor aún, porque se suspendieron las garantías
constitucionales lo que permitió que la vorágine de ladrones corriese a
las islas vecinas y no cayese preso uno solo.

La misma falta de Estado de Derecho, la misma oscuridad en las partidas
secretas, el antro de componendas a espaldas del pueblo, el mismo perdón a
los poderosos y la misma condena a los pobres. El más Grande Hipócrita
había realizado el milagro, digo, de salvar a los que el 4 de febrero
estuvieron a tris de ser arrasados de la historia en aquel año de 1992.
Pretendiendo de ser un "buen padre", buen cristiano, nos perdió a todos,
perdió enteramente a la patria. Un "buen padre" sin sentido de grandeza.
No tuvo el valor de sacrificar los caprichos de sus niños, los carísimos
juguetes de sus niños, los bellos y dulces pasatiempos de sus niños, por
el bien todo de la patria, y para que en esa patria, esos, sus niños,
pudieran vivir con dignidad, con justicia, con valor, con compromiso y
responsabilidad venezolanista. Y cuando aún reverberaba en la mentes de
todos, la vergüenza mundial imperante en Miraflores, llegó e instaló en
este aposento a sus caros niños y a los relacionados con sus caros niños.

Esa ha sido la verdadera historia del más grande fiasco, de la más
insólita trampa, de la más impresionante y formidable traición jamás
realizada contra aspiraciones de pueblo alguno. Consiguiéndose el crimen
que todos los perecistas ansiaban: frustrándonos a todos en los más íntimo
de nuestros anhelos, en una cadena espantosa e imparable de canalladas, el
pueblo aturdido y fatigado ya no creyó en nada, e incluso llegó hasta
dudar de Chávez, que en el fondo era también lo que buscaba el imperio.

Aquello fue quizás el mayor crimen cometido contra nuestra sociedad: esa
especiosa frustración en la cual ya no importa nada, en la cual ya nada
asombraba ni conmovía; ya al parecer nada valía la pena luchar,
organizarse. Contra esa inmensa fatalidad en la lucha que nos tocó y de la
cual tuvimos prácticamente salir de una muerte y fue Chávez el que hizo el
papel resucitador de todo.


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

 jsantroz@gmail.com      @jsantroz

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