El último Abril de Giandoménico

El próximo 8 de mayo se cumplirá un año del asesinato de aquel gran
intelectual y luchador merideño. Estábamos en campaña por el asunto de las
elecciones universitarias. Giandomenico Puliti ya había recogido sus
maletas y su próximo trabajo sería luchar por la alcaldía de Tovar. Dejaba
el Instituto Merideño de Cultura pleno de fuerza, de organización y
trabajo. Había transformado un abotargado monstruo de concreto, abandonado
por la administración de William Dávila, en un emporio de vitalidad
cultural y revolucionaria. La filosofía de Giandoménico era la de darle
todo poder a los artistas; que los artistas tomasen los espacios con la
mayor amplitud y confianza. Con cien millones de bolívares hizo milagros
para resanar aquel deprimente mamotreto, y recuerdo que como se le
asignase a un contratista adeco aquella labor, entonces Giandoménico le
solicitó que colaborase con la edición de un libro de un poeta que había
sido enviado a la imprenta. El adeco se negó tajantemente.
-Hasta cuándo esta gente tendrá poder- me dijo.

Y no se podía explicar Giandomenico que en la Gobernación le diesen
contratos a potentados declaradamente golpistas. Se vivía (y se vive) en
un ambiente mefítico de traición y de dudas. Y me siento culpable por
cuanto en aquellos tiempos le hice sufrir a Giandoménico, cuando retirados
en una oficina de la vieja Casa de los Gobernadores, le preguntaba por qué
se permitía tanto infiltrados y canallas dentro de aquel gobierno
regional. Yo recuerdo que aquel último abril, Giandoménico se sentía muy
triste, y lo veía ya incluso deambular como una sombra que se estaba
despidiendo de todo por entre aquel castillo de “locos”, poetas, músicos y
pintores que es el Centro Cultural Tulio Febres Cordero (CCTFC). Había un
halito de decepción y penoso escepticismo. Me pregunto si sería que ya
sabía que era un condenado a muerte. Si aquella sentencia le había llegado
mediante una amenaza telefónica, por intermedio de un papel o de un
mensaje en clave encontrado en su carro, en su oficina, en su casa. Se
despedía de su cargo, pero su alma estaba allí donde había abierto todos
los espacio del complejo cultural a los creadores. Giandomenico era
enemigo mortal de todo cuanto tuviese que ver con la mano negra del
mercantilismo, de las mafias impositivas del negocio que gira por
alrededor de ciertos comercio; en fin, de la mano invisible y maldita del
mercado. Por ello jamás quiso permitir que los comerciantes de pantaletas,
camisones y sostenes traídos de Cúcuta, de artefactos productos del
contrabando que llegan por la frontera con Colombia y del estridente disco
ballenato fuese a montar su feudo en aquel centro cultural. ¿Cuántas
“jugosas” ofertas le hicieron los encantadores serviles de ciertas
transnacionales para adueñarse de algunos espacio del CCTFC? Pero
Giandomenico se sentía feliz entre sus “locos”, entre sus amigos pobres,
entre los poetas y descamisados.

Me sentía orgulloso de la amistad de aquel hombre sencillo y franco, a
quien todo se lo consultaba en el terreno de la política, porque él era la
parte afable, serena y equilibrada que me hacía falta para bajarle el humo
a mis encendidos escritos. Él me ayudó a corregir algunos de mis trabajos.
Nos hacíamos falta porque nos completábamos en los juicios en ese frente
que vivimos durante los meses aciagos del 2002, recibiendo plomo derretido
de una oposición declaradamente criminal. Recuerdo que aquel 11-A,
temprano por la mañana lo visité en su oficina. Yo quería verle su rostro
y saber si su visión de cuanto se avecinaba era menos negativa de lo que
presentía. Eran la 10 de la mañana, y corría un viento de locura y de
tensiones en todas partes, con aquellos televisores encendidos y a alto
volumen. Me pidió que me fuera al CFTC a atender unos maestros porque ya
el invitado que venía de Caracas, no llegaría. “-Dile unas palabras.
Anímalos, José, que yo iré más tarde”. Creo que el invitado era Rigoberto
Lanz. El auditorio principal del CFTC estaba lleno, y di un discurso
apasionado y desesperado a la vez. Dije y juré que al Presidente Chávez
nadie lo derrocaría, pero la gente que me escuchaba parecía no creerme, y
me desgarré en intentos por llegar al alma de aquellos asistentes cercados
por el miedo y la preocupación. Muchos parecían tener la mente en los
comentarios que llegaban de fuera. A la una de la tarde salí para la casa
viendo y sintiendo los ríos mediáticos que anegaban de banderas y jaranas
las calles y avenidas de Caracas. La tormenta estaba servida y todos
íbamos a ser sacudidos violentamente. Por la noche traté de comunicarme
telefónicamente con Giandomenico y me salió la contestadora. A las 11 y
media me llamó: “Nosotros nos mantenemos al lado del gobernador, pero
estamos preocupados. Hemos perdido casi todo contacto con Caracas, y ya
creo que el Presidente no se dirigirá más a la Nación. Creo que hemos
perdido el control de la situación en Caracas...”.

El 12-A, cuando las hordas adeco-copeyanas rodearon la gobernación de
Mérida y Porras se negó a renunciar, dentro estaba Giandoménico. Vivió
varias horas secuestrado bajo la tensión de ser acorralado por aquella
banda de asesinos adecos que pedían la cabeza del gobernador y de los
directores que le acompañaban. El general Wilmer se comportó muy débil
frente a la jauría, y hasta se plegó al enemigo. Florencio Porras fue
detenido y llevado al cuartel del sector norte de la ciudad. Yo entre
tanto me fui a la Facultad a tratar de esconder un material que
consideraba peligroso, porque me encontraba entre los buscados por la
ultra-derecha de Mérida. Ya el celular de Giandoménico no respondía. Pero
el día sábado por la mañana yo recibí una extraña llamada de Caracas de un
conocido periodista que me pedía le dijera el lugar donde estaba escondido
el fiscal Isaías Rodríguez porque un grupo de corresponsales europeos
quería entrevistarlo. Por supuesto que no sabía de su paradero y además
sabiéndolo jamás se lo habría dicho a nadie. Este conocido periodista,
quien se había mostrado durante mucho tiempo como amigo, se destapó y
comenzó lanzar denuestos y barbaridades contra “los asesinatos cometidos
por Chávez aquel día en El Silencio”. Se sentía ufano, poderoso y fresco,
orgulloso de “las grandes jornadas cumplidas por la sociedad civil el día
11”. Me había hecho esa llamada a las 8 de la mañana, pero a las 9 volvió
a llamar muy preocupado y me dijo que Baduel se había alzado en Maracay, y
que la situación se presentaba harto compleja para Carmona. De inmediato
contacté a Giandoménico quien se lo trasmitió a Florencio Porras, y de
allí en adelante aquellos presos pasaron a tomar el control de las fuerzas
militares y civiles del Estado. Fue entonces cuando Giandoménico me contó,
que estando encargado Baduel de la Guarnición de Mérida, en una ocasión lo
había mandado a detener por unas acciones políticas que él había hecho en
nuestra ciudad, pero que acabó entendiéndose muy bien con este general, y
que quedaron amigos. Hoy todo esto me viene a la memoria, sintiendo como
nunca en abril la gran pérdida de este gran y noble camarada. Si el golpe
de abril fue mortal, en mayo no hubo rosas, no vimos florecer el guayacán
de la Plaza Bolívar. Creo que no floreció más, anegado en dolor todos sus
“locos” que por allí deambulamos y le amamos, todos los poetas, pintores y
mendigos iluminados.


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

 jsantroz@gmail.com      @jsantroz

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