Mi 11 de abril de 2002


No recuerdo cómo comenzó mi 11. Mis memorias comienzan en el Conac, que entonces funcionaba en el Foro Libertador. Todo estuvo tranquilo en una reunión no sé de qué hasta que Alfredo Chacón llegó de la calle con la noticia inaudita, desconcertante, de que la marcha había sido desviada hacia Miraflores. Por ahí anduvo Felipe Pérez, porque se supone que
íbamos a ir al Canal 8 a hablar de la situación. Ya en VTV estaba Gerónimo Pérez Rescanière, no recuerdo con qué ancla.

No había televisión en esa sede del Conac, de modo que tuvimos que improvisar un televisor con señal abierta, muy mala. Al ver a Lucas Rincón en su alocución con el Estado Mayor, celular en mano, que Chávez estaba en Miraflores, resolvimos irnos a la Av. Urdaneta, Chacón, Luis
Alberto Crespo, Manuel Espinoza, Alfredo Lugo, Gustavo Pereira y yo. ¿A qué fuimos? No lo teníamos claro. A estar allí con la gente. A ser gente. A ser revolucionarios. Yo le comentaba a Alfredo Chacón: "Yo había oído hablar de la lucha de clases, pero nunca pensé que fuese tan
literal". Es decir, las clases enfrentándose directamente, en plena calle. Uno nunca deja de hacer chistes y esa vez hicimos más de lo habitual, como debe hacerse en esas situaciones. Eran tres poetas, Chacón, Crespo y Pereira, un cineasta (Alfredo Lugo), un pintor, un erudito (Gonzalo Ramírez) y un escritor de generalidades y eminentemente jodedor de paradigmas, yo. Nunca el arte me lució tan luminoso. Manuel Espinoza, entonces viceministro de Cultura, se retiró temprano.

El pueblo estaba allí, con palos. Cuando cayó Marcos Pérez Jiménez, los caricaturistas dibujaban al pueblo con un palo y un clavo en la punta, como arma. Siempre pensé que era una exageración graciosa, pero no, las caricaturas pueden ser literales. Alguno exhibía una pistola negra, nueva. Alguien nos dijo que había una .50 escondida en la multitud. La
inmensa mayoría estaba sin armas. Habíamos visto a un hombre con algo que se me antoja una mira telescópica espectacular, de esas que yo creía que solo salían en las películas de Rambo. Pensé, ingenuo como éramos todos: "Es el gobierno que nos está cuidando. Todos estas
azoteas deben estar controladas". No lo estaban, "por pendejos", como me dijo días después Jesse Chacón, entonces director de Conatel. El de la mira telescópica, infrarroja tal vez, no sé, binocular en todo caso, tiene que haber sido un francotirador. Sobre la esquina de Santa
Capilla.

Allí, sobre esa esquina, nos encontramos, como ya habíamos acordado por teléfono, con Gonzalo Ramírez, que andaba con un walkie-talkie, una boina roja y un chaleco que de lejos podía confundirse con uno contra balas.

Al comenzar la alocución de Chávez y el subsiguiente sabotaje a la señal, creímos que era en la avenida que estaba fallando el sonido, a pesar de que a Gonzalo le habían informado por radio que era un sabotaje. Nos habíamos pintado las caras con lápiz labial, como apaches, para diferenciarnos de los otros, de los que venían del Este.

Yo era tan ingenuo que proponía que los líderes bolivarianos acudiesen al encuentro de la otra marcha, suponiendo que los líderes de ellos iban al frente, que no habían huido todos a la televisión para presenciar la matanza que ya sabían que venía. Mi idea era parlamentar y evitar la violencia entre las dos multitudes enardecidas. Jamás me imaginé que podía haber tanta perversidad en el ser humano como para apostar francotiradores contra su propia gente. Ser ingenuo es bonito, pero peligroso. Me había despedido por mi celular, con el poco saldo que me quedaba, de mi hijo mayor, de la madre de mis hijos menores, de mi novia, por lo que me pudiera pasar, que flotaba en el aire. Recordé aquello de Bob Dylan: "The answer, my friend, is blowin' in the wind," 'la respuesta, pana, está flotando en el aire'. Atravesamos por la esquina de arriba (¿Las Mercedes?) una banda como de 30 ó 40 policías metropolitanos motorizados, que no nos hicieron nada. Obviamente no tenían órdenes de actuar en ese momento porque para ellos era obvio de qué bando éramos. ¿Actuaron durante el tiroteo que ocurrió minutos después? La ingenuidad lo vuelve a uno temerario.

El poeta Luis Alberto Crespo, que presidía y preside la Casa de Bello, nos condujo allí, donde verificamos que la cadena presidencial estaba, en efecto, siendo saboteada.

A poco de eso comenzó la balacera. Los disparos se sentían a diversas distancias e intensidades. No recuerdo haber oído ametralladoras, sino fuego graneado. Llegaban llamadas alarmantes y falsas, 72 periodistas muertos, etc. Me preocupaba qué pasaba con Gonzalo Ramírez, que no contestaba el teléfono, y Alfredo Lugo. Ambos se habían quedado en la Av. Urdaneta. Días después supe que a Gonzalo le mataron a su lado a alguien que él no conocía. El disparo era obviamente para él, con aquella boina, aquel chaleco que de lejos podía parecer antibalas y aquel walkie-talkie. Los nervios, el viento, quién sabe, desvió la trayectoria del balazo. Tal vez si me quedo en la avenida, el tiro hubiera impedido que ahora yo les escriba esto y ese asesinado estaría ahora combatiendo. Desde esa vez hago todo lo que hago, en nombre de
él, particularmente. Me siento su suplente. Me siento suplente de todos los que cayeron aquella vez, incluso de los opositores que murieron por eso que el cinismo imperialista llama "fuego amigo". Me duelen los muertos de un bando por las mismas razones por las que me duelen los
del otro: porque son gente que merece lo mejor que uno pueda dar. En esos días rememoré toda la sabiduría colectiva que conozco sobre la fatalidad de la muerte, empezando por aquello de que nadie se muere la víspera.

De la Casa de Bello salí en un carro de un amigo que me dio la cola para buscar el del Celarg, que estaba allí cerca, en el Foro Libertador. De allí fui al Celarg, al atardecer, calculo que hacia las 6:30 p.m., por una Cota Mil casi totalmente desierta, a buscar mi PowerBook (una Wall Street, de las negras, para los macintosheros), que se había quedado allí. Ese indicio me dice que fui temprano en el día al Celarg y me llamaron de urgencia del Conac y por eso dejé la computadora, calculando que volvería pronto. Pero ese lapso está en la oscuridad del olvido. Al salir por Altamira, vi dos autobuses particulares llenos de soldados. Uno de ellos salió y me hizo pasar, junto con otro carro particular. Pueden haber sido los que iban a cerrar el Canal 8. En todo caso no parecían andar defendiendo a Chávez.

No me detuve a preguntarle la hora a aquel soldado.

Un amigo opositor, amigo de verdad, me llamó para advertirme que me fuera para mi casa, "tú estás muy expuesto". "This is over", añadió en inglés, 'esto se acabó'. Así hice y en mi casa vi con estupor, con impotencia, con rabia, con tristeza, todo lo que los canales golpistas mostraron esa noche.

Como el resto de los venezolanos, salvo niños, enfermos y locos, no dormí esa noche y se me confunden los días. Apenas dormí y mi inconsciente, que es preclaro, soñó esa noche que no, que Chávez seguía en Miraflores. Mi inconsciente se adelantó 48 horas. Ya se había adelantado dos meses, cuando en febrero de 2002 soñé que estaba en Maracay en el apartamento de los abuelos de mi hijo mayor, muertos hacía ya varios años. Desde allí, en el sueño, se veía un cuartel, en donde se produjo un movimiento de tanques. Luego vi por televisión que el presidente provisional era Eladio Lárez. Fue una pesadilla pero mi inconsciente no se equivocó demasiado porque ¿qué diferencia radical hay entre Lárez y Carmona? ¿Acaso no son más que simples empleados obedientes de los verdaderos dirigentes del golpe?

Cuando vi salir del aire a VTV supe que el gobierno estaba caído. Lo demás es historia conocida que no me pertenece porque no estuve en ella. Mañana, cuando corresponda, hablaré de mi 12, que no es gran cosa.

A ver, anímense a contar su experiencia.


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Roberto Hernández Montoya

Licenciado en Letras y presunto humorista. Actual presidente del CELARG y moderador del programa "Los Robertos" denominado "Comos Ustedes Pueden Ver" por sus moderadores, el cual se transmite por RNV y VTV.

 roberto.hernandez.montoya@gmail.com      @rhm1947

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