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**** Juan Pablo II restableció el poder de la Iglesia Católica en un mundo envilecido moralmente.

Sin dudas, la noticia de la semana pasada fue la agonía del Papa Juan Pablo II. Fue, usando las categorías de San Agustín, una crónica de la “ciudad del hombre”. No una de la “ciudad de Dios”. Poco tuvo que ver con el carácter espiritual del “homo sapiens”, como ciudadano de la “ciudad celestial”, y más lo estuvo con su ciudadanía terrenal fundada en los impulsos, apetitos y posesivos de la naturaleza humana inferior. La cuestión de la sucesión en el trono de San Pedro, tuvo más peso que la difusión de su labor pastoral. Labor que en su vida fue opacada por su quehacer político. Una actividad frenética, expresión máxima de la “diplomacia del Concord” – la de los viajes de los jefes de estado – y de la “democracia de las manifestaciones”. Demostraciones de poder más que de fervor. Esta, una conducta de la intimidad propia del templo más que del espectáculo público del coliseo. Un comportamiento seguida por sus vicarios y nuncios, para despecho de muchos “curitas” entusiasmados por la teología de la liberación impulsada por el “Papa bueno” Juan XXIII.
Indudablemente, Juan Pablo II ha sido el arquetipo del líder carismático que señorea la vida política de este inicio del siglo XXI, en substitución de los viejos partidos y grupos de presión, con presencia en la Iglesia. Y no ha sido uno más del montón. Ha sido uno de los artífices en la modelación del orden mundial imperante. Nadie titubea en reconocerle su papel en el derrumbe del orden bipolar, flexibilizado con la asistencia de los “no alineados” y una significativa tarea de la organización mundial, para propiciar el establecimiento de uno unipolar – el triunfo político del cristianismo – que oriente la humanidad hacia “el bien”. Su liderazgo le restableció a la Iglesia Católica el poder que ostentó cuando se perfeccionó la alianza entre el Imperio y el papado, ejercidos respectivamente en aquel momento del siglo XV por Carlos V y León X. Pero así como ese poder único condujo hace 4 siglos a una resistencia generalizada, expresada en la llamada “guerra de los 30 años”, de la misma manera el actual esta generando el mismo tipo de indocilidad que preconiza un lapso de violencia en el próximo futuro. Sí en aquella época el uso de la fuerza condujo a la consolidación del fraccionamiento del cristianismo y, finalmente al establecimiento del estado laico y de una poliarquía en el orden mundial, es impredecible el destino de esa Iglesia. Mucho más cuando esa actividad política descuidó totalmente darle respuestas a las inmensas dudas morales planteadas en su feligresía como consecuencia del desarrollo espectacular de la ciencia y la tecnología. Puntos esenciales de esa agenda, que en los años 60 y 70 eran materia de reflexión en el mundo católico, como el control de la natalidad, dejaron de formar parte de un debate ético necesario. La respuesta ha sido dogmática, en el marco de un autoritarismo fundamentado en el carisma personal del agonizante jefe de esa parcela de la ciudad del hombre que es la Iglesia.


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Alberto Müller Rojas


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