Confesión profana

 
Ayer, con motivo de los estertores de los apagones, pero también para descansar la mente un pelo ya que ahora me ha dado por leer filosofía para fines de saber no sólo de las cosas del mundo sino del porqué de esas cosas del mundo lo que supuestamente según Aristóteles contribuye a formar la sabiduría por lo que según él mismo lo que distingue al sabio del ignorante es el poder de enseñar (Chávez y la MUD, valga el ejemplo), pero también para fines de luchar a cerebro partido contra el sombrío Alzheimer, me asilé en un restorán muy típico de Porlamar para almorzar un hervido de mero bien resuelto (como único condumio) y tomarme un par de copas de vino blanco suramericano -que al final fueron alguito más- y que son, en verdad, de excelente calidad. Cuando arribé al restaurant que estaba medio lleno, o medio vacío, según su particular visión, no había luz aún, pero una planta eléctrica lograba mover todo menos el aire acondicionado de cinco kilos. O sea, que hube de sudar en las primeras de cambio, lo que no deja de ser un mérito… Bueno, si no me lo reconocen, no importa; respeto esa dec

Y acicateado un tanto por las lecturas y libando la primera copa de vino, me dio por inferir la naturaleza de la actividad a que se dedicaba cada uno de los que tendían a conversar en voz alta dado los decibeles de los boleros que, uno tras otro, fluían en sensoriales y provocadoras versiones. Pude entonces atípicamente aprehender que, había muchos comerciantes desagradablemente capitalistas, ya que ni se reían sino que, con un rostro artificialmente adusto y figurado, comentaban únicamente sobre inventarios, ventas brutas, empleados díscolos, empleadas invadibles lascivamente y, sobre todo, indagaban cómo podían joder más a los pobres consumidores bebiéndose una cocacola tras otra como si lo que más les gustaba de ellas fuera la coca y no la cola… Además, exhibían una insensibilidad, tan enorme, que hacían caso omiso de los boleros que continuaban aflorando como las altaneras estupideces de la MUD así como del resto del entorno restaurantero (si el término fuera acaso, tan figurativo, como para caber aquí). Y confieso que me quedé haciendo cruces por la infelicidad que ponían ellos ante mi vista escudriñadora. Por supuesto, la compasión por ellos no dejaba de acometerme.

Pero terminada la primera copa de vino, y acicateado como resulta lógico también por los boleros que me retrotraían a mi revolucionaria juventud, se me ocurrió hacer un chiste con el dueño del local. Le pregunté –claro, aspirando a que el buen hombre lo interpretara como una presunta bellaquería de mi parte-  si podía sacar a bailar a una de las “muchachas” que estaban en una mesa contigua a la mía. Y me dijo, con una cara aún más amarrada que la de los capitalistas parlanchines, que en ese local no se bailaba y que, por lo demás, las damas que estaban en esa mesa contigua a la mía eran para colmo su mujer y una hija… La irónica sonrisa que llevaba, justificadamente, se me transformó ipso facto en una de carnero moribundo y, para no exhibirle al no ya tan buen hombre la tortura de mi larga ardorada, inventé unas ganas de orinar a fin de esfumarme de su faz, por un buen rato.

Cuando regresé mi actitud de ridículo había cambiado, pero portando esta nueva reflexión:

Un revolucionario embriagado (bien sea de vino, o de extremismo) debe tener mucho cuidado al proponer algo porque pudiera resultar alocado incluso sin que tal designio estuviere envuelto en su propósito.

Pagué la cuenta y salí cariacontecido, y con una nueva y dura experiencia acumulada.

canano141@yahoo.com.ar



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Raúl Betancourt López


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