La y el pitiyanqui

Se trata de las y los compatriotas comprados y pagados para hacerle el  juego a los intereses estadounidenses en perjuicio de los sagrados intereses de sus propios países. 

El poeta puertorriqueño Luis Lloréis Torres fue quien acuñó esta palabra para identificar a los habitantes de Puerto Rico que prefieren permanecer bajo el dominio gringo como nativos del Estado Libre Asociado de Puerto Rico y hablar el inglés ante que el español. 

La voz piti, como alteración del francés petit, pequeño, y yanqui,  debido a que existen personas que le rende pleitesías al colonialismo estadounidense. Es el espíritu de aquellas personas que se resisten a los viejos valores fraguados bajo los altivos signos de la hispanidad y son renuentes a la alianza práctica y permanente con la América de Bolívar, de San Martín, de Morelos y de Martí.  

Decía el poeta del pequeño gran país insular que allí se posee un plano secreto muy diverso que por ahora no quiere aflorar a la realidad y ésto a existe una parte de su población que goza y ríe y otra parte que medita y sufre, es el patriota callado que mira como la gente risueña buscaba parecerse a los nuevos amos, imita sus costumbres y toma prestado sus pensamientos sin  llegar a parecerse definitivamente ni llegar al nivel de los dominadores, pero que es suficiente con imitarlos y sonreírles asegurando el derecho a su desminuido afecto. 

Por todo ello es que se creyó necesario dar un nombre nuevo a esta fácil y liviana actitud, y aunque está claro que en el vocabulario autóctono existen palabras apropiadas al caso, se necesitaba una expresión que connotase directamente la posición del nativo carente de escrúpulos para plegarse a la voluntad del yanqui, había que inventar una palabra y entonces el poeta Lloréis Torres hizo maridaje de dos vocablos. Del francés toma la palabra Petit, pequeño, y le da forma aun más menuda y humillante, Piti, menos que Petit, agregándole  el vocablo despectivo de yanqui. Por que Pitiyanqui resulta algo así como yanquicito, yanquito, yancuelo. Una persona que pretende ser un yanqui pero que no llega jamás a serlo. Una forma de larva con alas tan rudimentarias que no alcanzan para levantar el vuelo, pero que tiene sin embargo derecho a saborear los manjares que a las grandes mariposas les sobra. La palabra PITIYANQUI es la identificación de quienes irreflexivamente sirven al imperialismo sin mirar los perjuicios que su conducta acarrea al país de origen y así terminan por rendir sus conciencias a las apetencias del forastero y en vez de usar la palabra si, dicen: Yes, Okey, Allright.  

Nuestra verticalidad venezolana está por eso más reñida con el pitiyanqui que con el yanqui. Si es verdad que el venezolano puede y debe trabajar con el extranjero de Norte América y con el extranjero de Europa, de Asia o de África que venga a ayudar en su tarea de crear riqueza y cultura; el mundo pide la pacifica colaboración de los pueblos. 

El norteamericano tiene una experiencia técnica que nos es útil y la necesitamos para acrecentar el bienestar común. La palabra de pitiyanqui, usada para calificar una conducta antinacional, no implica tampoco bandera ni de guerra ni de odio contra el yanqui; apenas si determina una actitud de defensa de lo nuestro. Existen muchos norteamericanos que felicitan la reacción Latinoamericana frente a los errores de la política imperialista de su país. 

Ellos saben cuanto admiramos a su patria y se encantarían que fuera distinta la política exterior que pusiera su gobierno en práctica con relación a nuestra América hispánica y a su derecho de conservar íntegro su patrimonio moral. Por eso es bueno siempre recordar que una cosa es el imperialismo del Pentágono, de la Casa Blanca y de Wall Street y otra cosa son los Estados Unidos como pueblo; en la gran nación del Norte viven y pululan las contradicciones. 

Si bien es cierto que la aspiración de sus gobernantes de dominar nuestro hemisferio se aumenta desde principio del siglo XIX, también es cierto que entonces era otra la América romántica que tomó por símbolo la campana de Filadelfia.  Desgraciadamente, la mayoría de quienes forman la América que se embarca en los firmes muelles y aeropuertos neoyorquinos no son de la América admirable, son muy pocos los que vienen con un pensamiento de constituir la hermandad y muchos los que le apetecen los planes de dominación, herencia directa de los pérfidos hijos de la pérfida Albión.  Contra esa América violenta, torturadora, esclavista y expansionista se oponen las republicas del Sur, y para impedirlo debemos mantenernos en actitud de vigilantes centinelas. 

Suaves y cordiales, acogedoras, han de estar nuestras manos para el apretón debido a quienes como amigos vengan a tratarnos, pero para aquellos en cambio que se presenten con intento de adulterar nuestros credos y borrar del libro de la historia nuestra Acta de Independencia que firmaron los patricios de 1.811, debemos tener en lugar del vino y el pan para compartir en la mesa de la amistad, la bravura de nuestro pueblo y el eterno rechazo para así hacer estéril la intención conquistadora del estadounidense. De manera que aquí en Venezuela jamás se establecerán los pitiyanquis como mayoría política gobernante para hacerle fácil el camino usurpador yanqui; esto nunca será permitido por un pueblo noble y lleno de un pasado glorioso. Más bien se desea que los pitiyanquis recapaciten y olviden su actitud pro yanqui, que al final no los conducirá a ser respetado por la humanidad, sino que serán tratados como unos apatridas y a donde vayan, más si se van a los Estados Unidos, porque allí serán recibidos como unos inmundo traidores a la patria que los vio nacer; y por consiguientes serán tratados como los más detestables canallas que haya tenido la especie humana.

joseameliach@hotmail.com                                                             



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José M. Ameliach N.


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