Qué felices serían los adecos si Chávez tuviera su barragana

Conozca parte de la emputecida de CAP

CAP ha muerto, y sencillamente pido que no descanse en paz. Si dijera lo contrario sería un horrible hipócrita.

Mientras vivió lo ataque con toda mi más profunda arrechera.

Ahora que está muerto, me da igual.

No pido tampoco tregua ni cuartel para los que me adversan.

Nada peor que capitular.

CAP era un vulgar putañero. Le metía el ojo a las periodistas, a las secretarias, a las compañeras de su partido y las raspaba. Esa era una de sus grandes “virtudes”.

Y un día, imitando al adeco Lusinchi se puso a cohabitar con su barragana. Lusinchi le gritaba a sus críticos: “con m i bragueta no se metan”.

Y el que más se metió con la bragueta de Lusinchi, fue CAP. Estos dos presidentes protagonizaron horribles mataperreras en Miraflores a causa de las veleidades y caprichos de sus barraganas.

Lusinchi le dio poderes extraordinarios a Blanca Ibáñez, y CAP lleno de joyas y apartamento en Nueva York, París y Madrid, a su querida Cecilia Matos.

Marcel Granier, Gustavo Cisneros, los Delfino, los Di Masse, los Boulton, Diego Arria, los banqueros como Tinoco y Salvatierra, se arrodillaban ante la reina Cecilia Matos.

Esa es la bella IV República que todas las putas y putañeros de la MUD quieren que vuelva.

La oligarquía había tomado para sí las banderas pro imperialistas y le había dejado al pueblo los trapos rasgados y estrujados de una supuesta independencia y prosperidad económica, Entre estos dos distantes extremos de la sociedad venezolana, Betancourt se venía manejando con destreza desde el 18 de octubre del 45, sin embargo, permitía que la crema de la crema en todas sus fabulosas fiestas lo halagara en su calidad de presidente, y asimismo a su círculo más preciado. El mismo Betancourt vestía trajes costosísimos porque sus insignes compañeros de partido, que estaban disfrutando de una prosperidad arrebatadora, le hacían ver que en el mundo occidental hacer pasarela política era más importante que hablar, estudiar o pensar. De modo que ya era natural verlo en todas partes de smoking. Aquello parecía un escaparate ambulante exhibiendo el último grito de la moda europea o norteamericana. Se pavoneaba con sus trajes a la medida, sin una arruga, ostentación que también solían hacer los finos adecos de su propia clase, como Gonzalo Barrios, Reinaldo Leandro Mora, David Morales Bello, Jaime Lusinchi, Octavio Lepage.

Lo más delirante y clase aparte era el caso de Carlos Andrés Pérez, quien llegó a utilizar en tal medida los servicios de Clement, el sastre presidencial, que éste tuvo que traerse unos diez sastres de Portugal para que le asistiesen porque la demanda era tremenda. Todo este personal se puso manos a la obra para confeccionarle variadas y chillonas chaquetas, de modo que Pérez llegaba a exhibir un promedio de tres chaquetas diarias. Su secretario privado pudo contabilizar que en un año llegó a lucir más de 120 chaquetas de rayas o de cuadros, que eran las que le enloquecían. Otra de sus aficiones era coleccionar zapatos costosos, porque aquel hombre «si caminaba».

Diariamente la lista de agasajos en los que era imprescindible asistir para hacerse visible y permanecer en la memoria de los más exquisitos personajes de la ciudad, no permitía meditar en lo más mínimo sobre el país que se tenía y en el que se vivía. En el este de Caracas, para celebrar los frecuentes condumios organizados por adecos y copeyanos, se crearon más de setenta finos restaurantes, con los mejores chefs del mundo. Ya el CEN y otros grupos políticos de AD no se reunían en la casa del partido sino en los restaurantes del este, y fue tal la afición por estos saraos que Venezuela adquirió fama por la buena cocina y los menús internacionales de sus restaurantes. Eso fue, entre las «mejorcitas» cosas que se lograron durante esa borrachera dispendiosa de nuestra democracia, pero además que nuestras misses arrasaran en todos los concursos de frivolidad del planeta.



LAS LACRAS DEL DESBARAJUSTE

El submundo de los muertos de hambre, la proliferación incesante de ranchos alrededor de Caracas, la creciente ola de ladrones bien trajeados, la inflación galopante impuesta por los empresarios para apoderarse de cuanto ingreso recibiera el Estado proveniente de las ventas petroleras, eran las circunstancias cotidianas en Venezuela.

Nada de eso importaba. No podía importar en momentos cuando se estaba ricamente rodeado de gentes de buen tono, a los que no se les podía importunar con cosas tan chocantes. Al final, el «Partido de los Ricos» tuvo que emplear todo un tren del altos ejecutivos que incluía a los acaudalados plutócratas: Mendoza, Vollmer, Delfino, Carmelo Lauría, Salvatierra, Pocaterra, Schacht Aristiguieta, Branger, Di Mase, Boulton, Blohm, Benedetti, Uslar, Herrera, Quero Morales, Sosa Rodríguez, Pedro Tinoco, Hurtado, Mantilla, Grooscors, Otero, Mayobre, Consalvi, Luis Enrique Núñez Becerra, Falcón Briceño, Carlos Guillermo Rangel, Lafée, Herrera, entre otros.

Claro, todos estos barones veían inflar sus poderosas arcas porque era muy fácil controlar a un presidente descocado por las hembras, derrochador y manirroto, quien estaba convencido que el país debía dejarse en mano de tecnócratas para que lo modernizaran.

A los pocos meses de estar gobernando Carlos Andrés Pérez, los tres postulados con los que se había lanzado al ruedo electoral estaban ya en el basurero: pleno empleo, desarrollo de la provincia y control del alto costo de la vida. Betancourt llegaba mareado a su casa de tantas barbaridades que le contaban de su antiguo pupilo, y se echaba vestido de smoking en su hamaca, a la espera del próximo sarao, totalmente impotente para poder cambiar en un ápice el desbarajuste de la nación. Pérez comenzó diciendo, apenas se encargó del gobierno: «Vamos a agarrar con las manos en la masa a los responsables de la corrupción administrativa [...] Voy a extirpar definitivamente estas lacras que conmueven a la República». Pero todo siguió en medio de un desbarajuste total. Los ministerios de Fomento y Agricultura en los primeros diez meses de gobierno, ya habían contado con seis distintos ministros: Carmelo Lauría, Quero Morales, José Ignacio Casal, Álvarez Yépez, Luis José Oropeza y Carmelo Contreras.

El personaje más poderoso del gobierno era Gumersindo Rodríguez, director de Cordiplan, y el mago de los planes económicos y financieros del gobierno. Además llevaba sobre sus hombros este Rodríguez, el Consejo de los Institutos Autónomos y Empresas del Estado, también los cargos de presidente da de la Comisión para el Estudio del Desarrollo de la Industrial Naval, gobernador del Banco Interamericano de Desarrollo, miembro principal de la Comisión para la Reversión Petrolera, presidente de la Comisión de Abastecimiento, presidente del Programa de Becas y del Consejo Siderúrgico Nacional. Nunca un tránsfuga había sido tan extraordinariamente premiado por un jefe de la policía política del Estado que disimuló perseguirlo con alevosía y frenesí.

Se hablaba a todo dar de los «Doce Apóstoles» y de «Alí Babá y los Cuarenta Rodríguez» en referencia a los cargos y prebendas que recibía la abultada familia de Rafael Caldera Rodríguez. Además, los sindicalistas tipo Moisés Gamero o Eleazar Pinto, les llamaban por puro sarcasmo los Robin Hood al revés, porque lo que le quitaban a los pobres se lo daban a los ricos. La locura de la inmensidad de dinero que llegaba a Venezuela entonces provocaba vértigos en el mundo. Se calcula que lo recibido de las rentas petroleras era superior a la suma de todos los presupuestos de los gobiernos de América Latina juntos desde que llegó Colón a América.

En 1974, el país había recibido una catarata de dólares por la súbita alza del barril de petróleo, más de 50 mil millones de dólares, y Carlos Andrés Pérez comenzó a hablar de «La Gran Venezuela». Se iba a entrar en un vórtice de derroche, despilfarro y locura y Betancourt entraba en una especiosa modorra, aburrido por las atenciones de los que iban embolsándose los dineros del Estado que supuestamente lo hacían en nombre de esa Gran Venezuela.

Nadie tenía fuerzas para dedicarse a criticar al gobierno; seguía el país sin verdaderos contradictores políticos. En Venezuela no existía la oposición. El sector de la izquierda estaba totalmente desmantelado, el otrora guerrillero Douglas Bravo, el que se había declarado durante décadas como el más fiero opositor de la derecha y del capitalismo, había dado un viraje de 180 grados para dejar atrás su talante de marxista de otros tiempos. Para Douglas ya no tenía sentido seguir en la guerrilla, por cuanto eran tales los incrementos en el precio del barril de petróleo, que significaba para Venezuela unos ingresos superiores a los 40.000 millones de dólares. Esta era sólo una muestra individual de otros efectos con mayores implicaciones:

La creación de una especie de frente en respaldo al Gobierno, donde estaban todos los partidos, incluyendo algunos de izquierda. Ese bloque conciliador abarcó hasta países socialistas, cuya prensa elogió a Carlos Andrés Pérez como jefe de un gobierno antiimperialista. La lucha de clases en medio de esta conciliación descendió de una manera notable748.

Es decir, por esta atosigante entrada de divisas, el país se anestesió y había que entregar las armas. Por lo cual el capitalismo no era malo, el imperialismo nos había aplastado a realazos, el espíritu de lucha había que acallarlo; Carlos Andrés Pérez ya no era de derecha, ya no trabajaba para la CIA, la corrupción no merecía tener combatientes que la atacaran. Esta era la clase de pensadores socialistas con la que Venezuela había contado durante tres lustros de lucha revolucionaria. Claro, Douglas veía a Petkoff y a Américo Martín departir de manera complaciente, con fruición, con Pérez; veía procesiones hacia Miraflores de intelectuales que coincidían en todo, la derecha como la izquierda en que cada día se hacía más difícil o casi imposible desviar el carro del progreso atado al capitalismo, y Douglas, y muchos otros izquierdistas, se aflojaron y como quien dice, tiraron la toalla. Casi todo el mundo abandonó la lucha revolucionaria, y Cuba se convirtió para muchos en el más horrible contraejemplo; el desarrollo no podía ser jamás asimilado al socialismo. Nunca más se habló que Cuba era una nación digna y valiente que resistía contra el ogro y criminal bloque imperialista, sino que era una isla plagada de leprosos, muertos de hambre, criminales y malditos comunistas. Ya el país estaba, más que pacificado, domesticado.

Barcos de todo el mundo llegaban a nuestros puertos abarrotados de baratijas, basura y chatarra tecnológica. También traían comida, porque el campo había sido abandonado y los pocos que lo cultivaban eran los portugueses y españoles. Esta impresionante cantidad de dinero le abrió las agallas a los agiotistas y empresarios, quienes hicieron disparar los precios de todo: inmuebles, terrenos, comida, carros, de modo tal que para el venezolano medio le resultaba más económico irse a vivir a Miami, Nueva York, París o Madrid con los ingresos que percibía en moneda nacional. Carlos Andrés Pérez no dejaba de mencionar a Betancourt en todos los actos públicos. Y Betancourt lo veía como un hombre muy listo, audaz y hasta farandulero. En un multitudinario encuentro de adecos en Puerto La Cruz, Betancourt lo definió «como al hijo que nunca tuve».

Para 1975, ya el descontrol de las finanzas se había destapado. No había tiempo para evaluar aquel mar de divisas que inundaban nuestras arcas, y en lo que espabila un loro loco se habían despilfarrado 42 mil millones de dólares, un dinero como bien sabe todo el mundo, nadie había trabajado. Quizá de allí provenga la maldición de la crisis social que durante medio siglo no hemos podido resolver: Dos mil millones de dólares se llevó McNamara para su fondo de Washington, quinientos millones para los programas de las Naciones Unidas, dos mil millones para el Banco Interamericano de Desarrollo en Washington. Cien millones de dólares para un fondo de la OPEP, doscientos millones de dólares para el Banco de Desarrollo del Caribe, cien millones de dólares para el Banco de Costa Rica, Cuatrocientos millones de dólares para la
Corporación de Cartagena, cinco mil millones de dólares para la cooperación internacional [...] El ministro Hurtado declaraba eufórico: «Hemos convertido a Caracas en un centro financiero de importancia mundial749». Qué tal si no dice CAP aquella frase famosa que había prometido al iniciar su gobierno: «administrar la bonanza con criterio de escasez».

Añádase, que entonces se produjo la más impresionante invasión de productos extranjeros. La gente por querer hacerse rica de la noche a la mañana, se dedicó al negocio de la importación; el gobierno incentivaba esta actividad antipatriótica o se hacía el loco al menos, porque se inundó el país de artículos de lujo, automóviles no ensamblados en Venezuela y cualquier muerto de hambre campaneaba un whisky de doce o quince años al caer la tarde. Según las estadísticas, Venezuela consumió en 1977 treinta millones de litros de whisky sin contar los otros millones que entraron de contrabando750.

Ese mismo año Venezuela fue el mayor importador de champaña del mundo; el caviar se lo echaba la gente a los perros, todos los tipos de quesos se podían comprar a precios irrisorios, y se desperdiciaban alimentos con los que se hubiera podido alimentar miles de aldeas en Asia o África.

Era un febril estado general de impiedad y envilecimiento, lo que se adueñó del país; consumir con ansiedad, beber y botar con desmesura se convirtió en la norma; era realmente como si estuviera próximo el fin del mundo: yates inmensos de nuevos ricos podían verse por las playas con centenares de mulatos recién llegados del norte (o por irse para el norte) campaneando whisky; en cualquier parte del país las familias se llenaban de artefactos recién traídos de Miami, o viajaban a esta ciudad para hacer mercado, iban por la mañana y estaban de vuelta por la noche. Ya nadie quería vivir en Venezuela porque el país se había vuelto una mierda desordenada, de modo que sólo valía la pena ser venezolano para devengar un sueldo y destinar esos abultados bonos y aumentos repentinos para comprar casas en el exterior, darse paseos en cruceros y grandes recorridos por el mundo. Rómulo veía aquella rochela, aquella ebriedad de derroche y se cruzaba de brazos, y preguntaba si había dulce de leche o si la comadre Berenice, esposa de Piñerúa, le había traído de Guiria huevas de lisa. Si de analizar a fondo la situación del país se trataba, realmente no pasaba nada. Nunca había pasado nada en Venezuela, y sencillamente nosotros teníamos la desgracia de magnificarlo todo.

Las fiestas que hacían los mulatos recién llegados del norte para mostrar a sus semejantes cuán modernos, evolucionados y desarrollados se encontraban, eran bacanales sin parangón en la historia nacional. Los adecos de «alcurnia» y los que estaban por serlo, desayunaban y dormían vestidos de etiqueta; los servían mayordomos impecablemente trajeados de blanco. En Mérida, el suscrito conoció una de estas escenas en la casa del aspirante a adeco José Mendoza Angulo, que como rector universitario llegó a concederle un doctorado Honoris Causa a Gonzalo Barrios. Aquellas ridiculeces causaban grima, pero era lo que se veía por todas partes.

Culminando 1977, la crónica de lo más chic de Caracas recogió una sonada reseña sobre la fiesta de «los pericos blancos752». A ella asistió Carlos Andrés y algunos ministros de su despacho, sin la consabida presencia de sus consortes. La cosa fue de «muerte lenta y repentina», pero al fin y al cabo una botaratada que costó la friolera de unos 180 mil dólares. Eso sin contar la bola de billete que se requirió para recoger cientos de pericos blancos en el Amazonas o en los llanos venezolanos, y que se echaron a volar en tan bella y esplendorosa noche oriental.

Estas eran las noticias frívolas que hablaban del derroche dislocado y sin control del gobierno, pero las que resultaban diarias eran las relativas a las estafas. Los más gruesos fraudes a la nación se desconocían; a veces se ventilaba alguna que otra truhanería como cuando estalló lo de la estafa de 3,5 millones de bolívares el 22 de noviembre de 1977, al Banco Latino y que produjo una detención simulada de cuatro altos ejecutivos de esta institución, que a los pocos días salieron felices para Miami. Igualmente se reseñó por la prensa el auto de detención a Antonio César Ugueto Trujillo, vicepresidente ejecutivo del Banco Latino, y el de Giancinto Riccuti, gerente general y vicepresidente adjunto, así como el arresto de sus cómplices Guido
Mejía y Pedro Millán. Un tal Carlo Bordoni, italiano, que había ingresado como turista al país, después de asaltar varios bancos, lo estuvieron atendiendo a cuerpo de rey en el Hospital Militar, para que más tarde saliera muy fresco, sin que ningún tribunal le tocara un pelo.

En el interior del país la corrupción era gigantesca, pero si a la capital no llegaba el brazo de la justicia, a la provincia mucho menos.

Todos los créditos se perdían; la gente en cuanto recibía un crédito del gobierno sabía que se trataba de un regalo, y nadie pagaba un centavo, sobre todo los multimillonarios ganaderos y agricultores. Los contratos se daban a granel sin ninguna garantía, y las compañías constructoras de carreteras y puentes jamás pagaron por los desastres que hacían (y que continúan haciendo); nadie asumía responsabilidad alguna. La Policía Técnica Judicial estaba inundada de denuncias de los que se atrevían a correr riesgos inmensos, porque esta instancia era en realidad el primer delincuente de país, y se estremecía de indignación, o se sentía aludida, cada vez que alguien llevaba una denuncia de estafa a la nación. Las aduanas y los peajes eran el desaguadero más grande de plata, pero aquello formaba parte del negocio de los partidos y no podía ni detenerse ni investigarse. Todas las Asambleas Legislativas y Concejos Municipales eran especiosos centros de despilfarro y robos incontrolables, y llegaban las denuncias al Congreso

Nacional, pero allí se les echaba al cesto o se archivaban porque si no había tiempo para arreglar las finanzas del país, mucho menos para escuchar «minucias locales desagradables» sobre las revelaciones de cohechos y latrocinios contra los bienes públicos.

Betancourt, empantuflado, leía que algunos altos ejecutivos del Banco Industrial que habían cometido graves delitos contra esta institución, seguían muy tranquilos y orondos en sus cargos. Al que más se había sobregirado otorgando préstamos y créditos a mansalva, lo habían premiado nombrándolo vicepresidente de este banco.

En la industria petrolera el robo de equipos era ya una empresa promovida por el propio Estado. La más afectada por estos hurtos era Lagoven. Solamente en 1972, la suma por extracción de equipos sumó la cantidad de 200 mil dólares, en el 73 fue de 300 mil dólares, en el 74 de 225 mil dólares, en el 75 de 350 mil dólares, en el 76 de 500 mil dólares y en el 77 de un millón de dólares. La vorágine de desmanes estallaban en Cordiplan, en todas las cárceles, hospitales, tribunales, embajadas, institutos autónomos, el hipódromo, universidades.

Por otro lado, para mantener precios artificiales, el Estado destinaba 10 mil millones de bolívares; y grandes mandamases venían a disfrutar de la especiosa generosidad del presidente, que eran atendidos en La Orchila. Al mismo tiempo aquel tío que de loco no tenía nada, con una abultada variedad de frases retóricas se puso a reivindicar la lucha revolucionaria de Nicaragua y a liderar un amplio y confuso frente en el Tercer Mundo contra los intereses del capitalismo. Todo esto ponía de cabeza a Betancourt, y aunque sabía que Pérez carecía de profundidad y visión para estos proyectos, pensaba que sus atrevimientos podrían acabar desmadrando al país y con ello a la vieja burguesía y a las Fuerzas Armadas, verdadero sostén de la democracia representativa.

Para completar, el país se inundaba de indocumentados, los cuales estaban seguros de obtener sus papeles en regla en cuanto llegara la época electoral.

Pero donde realmente se estaba cocinando el más grande robo del siglo ante el cual habrían quedado pálidos todos los Al Capone del planeta, era en el Banco de los Trabajadores, donde los otrora dirigentes sindicalistas que recibieron pecho de Mamá-Betancourt bajo el lema: «Manguareo ante todo», recibían sueldos de magnates multimillonarios y se adjudicaban sueldos de superbanqueros.


jsantroz@gmail.com


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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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