Breve relato de mi vida

He procurado entender al mundo: entender a las mujeres, a los políticos, a mis hijos, a mis amigos. He querido saber por qué vine a este y no a otro mundo; qué me obliga a encontrarle sentido a mi origen, a mi nacimiento. He tratado de explicarme y de razonar lo que busco y lo que soy.

Lamento mi incultura, sufro por mi ignorancia, padezco por mi limitada capacidad de memoria, y me he pasado la vida tratando de arrancar de mí las miserias que me inculcaron en la escuela, en los liceos y universidades; sobrellevo mi vanidad como todo el mundo, con asco, y tomo las cosas demasiado a pecho, reviso una y mil veces cada paso que doy durante el día y me remuerde la conciencia cuando cometo torpezas, alguna injusticia (consciente o inconscientemente).

Cuando adolescente fui muy mentiroso e incluso llegué a temer que este mal me durara toda la vida. Llegué a tomar dinero de mi padre, de la pobre talabartería que tenía en Las Mercedes del Llano. Robaba para jugar, para ir al cine, para alquilar bicicletas a un español tuberculoso que vivía cerca de la Plaza Bolívar. Recuerdo que un día, muy temprano (casi de madrugada) mi padre me descubrió sacándole monedas a un pequeño cajón que él tenía en su cuarto. Era yo un muchacho de unos siete años, y su mirada, una sonrisa forzada me hirió profundamente.

En una ocasión, estudiaba sexto grado, entré en un depósito de repuestos de carro, que quedaba en la "Vuelta Juan Flores", en San Juan de los Morros, y me robé una cajita que contenía unas rolineras; no sabía para qué servían pero me las llevé porque parecían muy bonitas. Tuve un tiempo sin saber qué hacer con ellas, hasta que se me ocurrió ir y vendérselas a un portugués que regentaba una estación de Gasolina hacia la salida de Los Llanos. Recuerdo con pena, el miedo que me produjo el acercarme a la oficina con aquella cajita y la sensación de que el tipo viera en mis ojos a un delincuente. Me detuve largo tiempo en la esquina del negocio buscando el momento propicio para abordar el dueño y llenarme de valor para decirle que me la había dado un tipo para venderla; mientras tanto sudaba frío, considerando, que comparado con mis compañeros del barrio yo era un cobarde. No pude vender aquella cajita que tuve conmigo como un año (revisando siempre el sitio donde la guardaba), hasta que busqué la ocasión de regresarla al lugar de donde la había sacado; recuerdo que nunca le conté esto a mis amigos de entonces en la creencia de que me habrían considerado un perfecto pendejo, un ser indigno de llevar pantalones.

De muchacho, durante mucho tiempo sentí que yo estaba predestinado a ser un gran ladrón; que sufriría cárceles, persecuciones; el juicio acusador de mucha gente y que mi mirada me delataría siempre ante las personas honestas. También pensé que yo por impulsividad algún día podía llegar a matar a alguien. Que sería un asesino.

No sé a qué edad, comencé a odiar la mentira ni a apartarme de medio mundo..

Tenía grandes deseos de aprender, pero no encontraba ayuda, y además mi timidez me impedía buscarla.

No sé cuándo ni por qué comencé a dudar de todo, no a desconfiar; más bien he sido confiado en exceso; mi querida hermana Idilia me lo decía: "- Tu defecto es que te confías demasiado".

Y la gente se ha equivocado conmigo, creyendo que como escribo en ocasiones con pasión y con una sinceridad hasta cruel, debo tener condiciones para la política. Pero no es así. No se puede ser apasionado ni mostrar lo que se siente. El político espera, sabe esperar; busca la ocasión propicia para mostrarse, y la ocasión para ocultarse (también). Un ser dedicado a la política no puede ser tajante ni abrir sinceramente su corazón a nadie. Tengamos además en cuenta que en Venezuela no tenemos sino esencialmente políticos de partidos, a excepción del presidente Chávez y unos pocos que son sinceramente revolucionarios.

Cuando me volví comunista, porque esa era la moda entre los rebeldes de los años sesenta, me convertí en una máquina discutidora. Y creí tener convicciones propias. Falso. Creía de veras en todo lo que decía. Cuando me expulsaron del Liceo Gustavo Herrera por dármelas de "arrecho", fui a parar a un centro "educativo" a donde iban todos los vagos y delincuentes de la Caracas de entonces (y que querían ser bachiller sin estudiar); estaba regentado por un comunista; se trata del famoso Liceo Alcázar, el cual existe todavía. Allí estudié de noche, teniendo apenas dieciséis años. Un perfecto malandro, pues de allí también fui expulsado.

Yo admiraba a la guerrilla urbana, a aquellos tipos de La Charneca que iban armados y que guardaban un verdadero arsenal de bombas molotovs y armas de alto calibre en los techos del Liceo Juan Vicente González (Liceo Andrés Bello, durante el día). Por órdenes de uno de estos guerrilleros saboteé la promoción de bachilleres de mi curso, y conseguí que a nuestra Promoción de bachilleres llevara el nombre de Alberto Rudas Mesones, un muchacho de barrio que en una manifestación había matado la policía de un tiro por la espalda, en El Silencio. Pero aquello produjo un tremendo peo entre muchos escuálidos estudiantes (porque ya los escuálidos existían, claro) que protestaron diciendo que ellos no iban a cargar en sus anillos el nombre de un malandro y de un bruto muerto de hambre que nunca había estudiado.

Me tocó ser testigo de excepción del crimen en la persona del profesor de Física, Damián Ramirez Labrador, cometido por un saboteador copeyano (protegido por el gobierno adeco de Betancourt), quien luego huyó a España.

Hice toma de barrios y estuve entre los que recogieron compañeros heridos que tuvimos que llevar con grandes esfuerzos a los hospitales. Me fui de casa cuando tenía diecisiete años y conviví con los desesperados y atormentados jóvenes que buscaban un cambio sincero del país y que luego fueron vilmente traicionados y abandonados por toda la élite izquierdista de entonces. Muchos de aquellos compañeros, para poder sobrevivir, se hicieron delincuentes. Pero con todo lo delincuente, resultaron mil veces más honrados y por supuesto mil veces más hombres que los que quedaron disfrutando de los beneficios políticos de las "gestas revolucionarias" del pasado.

No sé cuándo comencé a desafiar las cosas más difíciles, y por ello me dediqué a estudiar matemáticas, sólo para probarme. Estuve en la cárcel (Cotiza), por un pleito con la Policía. Después fui aceptado en la Universidad de California donde conocí al escritor aragonés, Ramón Sender, quien un día, luego de una larga conversación, me dijo a boca de jarro: "- Tú puedes llegar a ser escritor, pero dime...¿tú has matado a alguien?"

Lo preguntó mirándome fijamente a los ojos.

jsantroz@gmail.com




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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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