Generación

El mundo empezaba con nosotros y no íbamos a envejecer nunca. Barbicacho esbozaba la gran novela latinoamericana, publicó un poemario que nadie comentó y murió de cirrosis tras odiar a todos los estudiantes que decían que iban a escribir la gran novela, el gran poema, el gran ensayo latinoamericano.

Bonancini juró concretar en imágenes el drama del subdesarrollo, su gran largometraje del Cine Pobre se detuvo en la cuarta secuencia y los últimos en saber de él decían que filmaba cuñas o quizá él decía que las filmaba para disimular otra cosa más triste.

A Ezequiel lo despedimos con gritos de Ezequiel camarada, tu muerte será vengada, y la Digepol nos robó la urna en la funeraria para evitar que en el entierro hubiera concentración política.
Bartolo desde que conoció a Javier Heraud en la Federación Mundial de Juventudes Democráticas se hizo como un embajador internacional de la izquierda siempre en grandes recepciones en Bielurrusia o La Habana o Berlín Oriental y renunció al partido el día mismo que cayó la Unión Soviética.

Narváez despuntaba en el cafetín con sus análisis sobre la Teoría de la Dependencia y después de la beca Guggenheim no quiso saber de más nadie.

Hace años no se ve a Teodosia, la que escribía Abajo la Dictadura con lápiz de labios en los baños de la facultad, después se dedicó a relaciones públicas y echaba espuma cada vez que le nombraban izquierda.

Un torbellino humano era Dragún que nos hacía afiches para las concentraciones y dibujos para el periodiquito clandestino, su casa era una Babel de multígrafos y reuniones de grupos y de comités de huelga y hablaba temblando del paroxismo permanente y desde que exhibió en el Guggenheim se metió a macrobiótico en Boston.

Magdalena proponía liberarnos de la opresión patriarcal mediante la denuncia del machismo y del acoso hasta que resultó que nadie terminó acosándola.

El más radical de todos era Medardo que pasó en la guerrilla una semana y se fotografió con uniforme, sólo creía en la Revolución Total y en la invectiva justa para quien se detuviera en pendejadas, y después terminó aplicando el paquete del Fondo Monetario.

Grisel fue la primera a la cual no quise volver a verle la cara por no saber en qué habían caído aquellos ojos que casi revestían la categoría de causal de suicidio.

Julio era tan delicado, las muchachas decían que era un amor de educado y murió de aquella enfermedad secreta.

Mariela tan aguda a la hora de señalar las contradicciones objetivas y subjetivas los parientes influyentes que le consiguieron las becas en París y en Madrid y en Londres y en Bruselas y en Roma donde estuvo haciendo postgrados hasta los cincuenta años.

A la hora de las locuras buscábamos a Nemo, el atolondrado a quien yo tanto estimaba porque creía que ni padre ni partido ni institución ni ideología ni interés podían meterlo por el aro hasta que se casó y cada vez que la mujer abría la boca temblaba.

Doria, la maravillosa guerrera que defendió a tiros a su pareja caída hasta que se le acabó el parque, la última vez que la vi me hablaba de las maravillas del marketing.
Ildefonso cantó la delación de quinientas páginas que hizo caer toda la izquierda. Vivía escondiéndose de sí mismo hasta que logró hacerlo de todo el mundo para siempre.

Narvarte fue copeyano y después opusdeísta y después urredista y después masista y después adeco y después emepenista y después emeverrista y después golpista y después pesuvista y siempre diputado y siempre embajador y siempre viceministro y siempre juez y siempre.

Fulano se hizo rico con un gobierno y Zutano con otro y Mengano con todos.

El doctor Benvenuto Aristi terminó condenado por devorar pacientes drogadas pero ahora se ríe del mundo gracias al juez comprensivo que le dio su casa por prisión.

No sé ya de quién es cada velorio. Nuestra única coartada es el olvido.

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ParedeSufrir


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Luis Britto García

Escritor, historiador, ensayista y dramaturgo. http://luisbrittogarcia.blogspot.com

 brittoluis@gmail.com

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