La maldición



En Venezuela parece existir una suerte de “maldición” que les impide a los hombres capaces, honestos, eficientes y conocedores, poder mantenerse en los cargos donde vienen trabajando exitosamente en función de los intereses del país y del pueblo, comprometiendo al grupo humano que dirigen en las tareas centrales de su acción y sin olvidar que se trata de seres humanos con emociones y necesidades. Con mucha frecuencia estos eficientes y pertinentes trabajos se ven interrumpidos por diferentes circunstancias, lo que impide su realización óptima y su consolidación. A veces es el desplazamiento de los funcionarios hacia otros destinos, incluso de mayor relevancia, donde deberán ejercer otras funciones, lo que los saca de donde estaban realizando una excelente tarea aún sin concluir y que, posiblemente, no será concluida porque quienes los reemplazan traen otros planes y prioridades o simplemente no traen nada y son incapaces de continuar las labores y los proyectos en marcha.

Sin embargo, la mayoría de las veces no es un ascenso lo que distrae un recurso eficiente de un nivel particular de responsabilidad para trasladarlo a ocuparse de otras responsabilidades. Muy frecuentemente la salida tiene más que ver con la existencia de aspirantes a esos cargos en el interior de las organizaciones, quienes luchan de la manera más despiadada posible hasta lograr sus objetivos. Usualmente, la víctima de todas estas luchas, emboscadas y componendas, no se defiende lo suficiente pues le parece insólito que alguien que lo está haciendo muy bien tenga que hacer un alto en su permanente trabajo creativo, para pasar a aclarar chismes, calumnias y malos entendidos. Que se tenga que perder tiempo en esa sucia lucha interna es algo desesperante, sobre todo cuando los aspirantes no tienen ningún aval que los respalde, como no sea la adulancia de que hacen gala ante los de arriba y la “espectacularidad” de sus ideas, la cual puede momentáneamente encandilar a un ministro o jefe cualquiera, pero que al poco tiempo, al desaparecer el falso brillo, cesa el encandilamiento y la razón y la inteligencia vuelven a tomar el control de la situación, para beneficio de todos.

Pero la víctima final de toda esta épica absurda y bizarra es el pueblo de Venezuela, a quien le es secuestrado el tiempo y el esfuerzo de funcionarios eficientes que se ocupaban de resolver sus problemas y de cubrir sus necesidades por la actividad conspirativa de ignorantes trepadores, en quienes se dilapida el sueldo recibido pues no trabajan en lo que tienen que trabajar, pues sólo utilizan sus cerebros en las conspiraciones permanentes que producen y no pueden presentar ninguna obra real concreta, como no sea las miles de reuniones organizadas sin producto ninguno o, en su máxima audacia, las mentiras que inventan de realizaciones que no se han realizado ni se van a realizar nunca. Éstas serán descubiertas en su momento, pero ya el ruin trepador habrá cumplido y estará muy lejos, disfrutando de un cargo de mayor nivel y preparándose para su próximo ascenso. Todo esto obliga a hacer y rehacer, a empezar y volver a empezar, cuando los cambios inconvenientes se dan.

Pero es que estas serpientes no aspiran las posiciones porque tengan programas mejores para desarrollar, ideas superiores a las que están siendo puestas en práctica. O porque sean mejores ejecutores, más rápidos, más eficientes. No. Definitivamente no. Nada de eso. Quieren el cargo u otro más elevado para disfrutar de los beneficios que se pueden obtener de esos cargos si son utilizados con esa perversa intención. Por el poder que representan, por la riqueza que colocan cerca, por las relaciones sociales que se entablan y que pueden utilizarse en el futuro.

Es fácil reconocerlos. Si se quiere se los puede reconocer y poner en su sitio. Se trata de carreras políticas vertiginosas: ayer no se era nadie, hoy se es viceministro. Por la poca dedicación al estudio que su vida demuestra: tardó mucho en graduarse sin causa justificada y con un desempeño mediocre; varias asignaturas reprobadas, sin postgrado ni cursos que sean realmente importantes. Disperso en su actividad: inicia muchas cosas pero no culmina absolutamente nada. Se inmiscuye en el trabajo y las responsabilidades de los demás, pero no cumple con las suyas. Se rodea de personas con menor capacidad que él como forma de mantener el liderazgo. Quiere controlarlo todo, es irrespetuoso, llega a ser grosero, sobre todo con quienes están jerárquicamente por debajo de él. Existían en la Cuarta República y existen en la Quinta República, donde producen más daño que la oposición fascista.




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Luis Fuenmayor Toro


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