(Al igual que lo son la lucha antiterrorista y la lucha por la paz)

La lucha contra el narcotráfico es una lucha antiimperialista

El recordado médico y sociólogo brasilero Josué de Castro, puede que en esta hora de bases militares, tenga mas razón que nunca, a pesar de la trágica sentencia que contiene su confesión y que va en contracorriente en relación a la revolución suramericana de este tiempo: “Yo, que he recibido un premio internacional de la paz, pienso que infelizmente, no hay otra solución que la violencia para América latina”. Quizá no lo hizo atendiendo al peso de la realidad determinante del momento en que lo dijo, bastante explosivo por la criminal desigualdad reinante, con el hambre como detonante, el neocolonialismo decimonónico del siglo XX, que imponía el imperialismo por medio de su explotación tecnológica, cultural, social y empresarial, que no difiere mucho del actual; sino porque revisó mas bien, el pasado independentista, cuando el imperio español tuvo que retirarse a sus degeneraciones internas, no porque atendiera la invitación de las masas revolucionarias a que lo hiciera, sino agobiado por la agresiva campaña militar (guerrillera en un alto porcentaje), a la que fue sometido con una tenacidad de la que solo los bolivarianos pueden dar cuenta. Y quizá su razón estribe en que ningún imperio abandona sus posesiones debido a la mansedumbre de los esclavizados. Todos lo hacen hostigados por la fuerza de los pueblos cuando a estos no les dejan otra rendija por la cual dar solución a sus anhelos de justicia. Y puede que interpretado sobre la coyuntura actual, su juicio, aunque suene contradictorio, sea coherente cuando sostenemos hoy, apoyados en su pensamiento, que la salida no es inexorablemente violenta, pero si oportunamente militar.

De allí que, del Unasur de Bariloche, debe salir un pronunciamiento necesariamente militar, no para ir a la guerra como pudiera esperarse dada su preparación, sino para abrir el camino hacia la paz. Y solo los militares (es decir, nosotros el pueblo armado), paradójicamente, tenemos esta posibilidad, desterrado por fin, el mito del apoliticismo de los principios militares y crecidos en numero, de los soldados patriotas que propugnan la revolución.

Por supuesto, el despeje militar de esta ecuación, es el resultado de la observación de la estructura operativa de los imperios (cualquiera de ellos), y en el análisis de la realidad del actual proceso insurgente latinoamericano. Cuando el imperio español introdujo su aparato bélico (que entre otras cosas traía al caballo entre sus herramientas de guerra), en los territorios objeto de la conquista, también introdujo al cristianismo para blindar la formula de dominación. Pues bien, el guerrero indígena no solo no podía atentar contra el animal en el momento de la batalla, amen de que no había terminado de descifrar aquel endemoniado binomio, sino que tenia que venerarlos donde anduvieran, pues eran de origen divino, al igual que los reyes-emperadores, a los cuales el catolicismo enseñó a adorar y a temer como al mismísimo demonio, dueños y amos del terror.

Es así como, los imperios tienen la capacidad de dominar, más con artilugios y engañifas, que con la fuerza, fundamentados en la ignorancia de sus victimas. Es decir, la fuerza imperial se presenta, por lo general, como un paquete, el cual contiene el ariete violador y la vaselina que la misma victima usará en su beneficio. Lo que ayer fueron los espejitos y el cristianismo, hoy son el narcotráfico y el capital financiero, y si hoy nos asombramos y nos preguntamos como fue que lograron someternos por tan largo tiempo y con tan inverosímiles argumentos, mañana nos escandalizaremos en procura de entender de cómo fue que permitimos este absurdo estado de cosas.

Cada vez que La República Bolivariana de Venezuela detiene, decomisa e incinera un kilo de narcóticos, le da un duro golpe al imperio donde más le duele, no solo porque lo debilita en sus finanzas, sino porque pone en evidencia, cada vez con mayor precisión, quien es el verdadero promotor de la droga. Desnuda al Plan Colombia como el mamotreto tras el cual se esconde y se garantiza la producción y distribución de tan nefasto producto. Cada vez que sale un kilo de droga de Colombia, al imperio se le presenta la posibilidad dicotómica del éxito o el fracaso. Si La Fuerza Armada Bolivariana lo intercepta, todo el esfuerzo de su aparato bélico por sostener las rutas de comercialización, va al traste, con todo el sentimiento de impotencia que ello le significa. Si llega a Los Ángeles, a Europa o Japón, triunfa en su afán de mantener el flujo de capitales que fortalecerá su burbuja financiera, así como el circulante de la cultura virtual, aquella que suplanta la realidad. Solo hay un patrón en este negocio. El mismo que la produce, la distribuye, la comercializa y la consume. Él es el Imperio. Los demás somos los atropellados de tan grosera expresión de poder.

Por ello este problema no tiene otra solución que la militar. Las mafias testaférreas del imperio no entenderán otro lenguaje, ni abandonaran el mercado por simple invitación, pero no puede ser el aparato militar del imperio quien las combata por lo antes mencionado. Porque además, es uno de los puntos en el cual existe consenso. La derrota del narcotráfico es una aspiración de la humanidad. Claro, para nosotros es un compromiso ético, es un asunto de salud y seguridad continental. Para el imperio es un pretexto tan burdo como hipócrita, cuando lo utiliza para sus intereses expansionistas.

Los acuerdos para la paz, no solo para el cese de la guerra interna de Colombia, que debería discutirse en Bariloche, a propósito del tema de la implantación de la bases militares imperiales en ese país, y que formalizan la declaratoria de guerra del imperio al continente latinoamericano y caribeño, deberían discutirse en el marco de de un armisticio para ponerle fin a las hostilidades que el imperio viene ejecutando en este continente, hace ya mas de un siglo. Y ello debe empezar porque la lucha contra el narcotráfico en Latinoamérica, debe ser llevada a cabo por las fuerzas armadas de la Unasur con la nueva doctrina militar que salvaguarda la identidad, unidad y dignidad de los pueblos de esta región, sin agredir a los pueblos del norte, y sin la tutoría de La Escuela de Las Américas, por el contrario, tomando en cuenta en primerísimo lugar, al pueblo estadounidense y su galopante adicción a las drogas como un problema de salud pública en lo médico-asistencial, y desde el punto de vista científico, como una pandemia a la cual se puede combatir con los aportes del conocimiento socialista (quizá el único capaz de solucionar este problema teniendo como premisa al ser humano).

Debe ser, en última instancia, una salida militar no guerrerista, con un único objetivo humanista de paz para el continente hostilizado, porque al arrinconar y abatir a las mafias, dentro del marco del derecho y la justicia internacional, el conflicto adquiere carácter de campaña liberadora y no de guerra entre continentes, naciones y gobiernos, que solo abonarían las ganancias del pescador en río revuelto.


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Milton Gómez Burgos

Artista Plástico, Promotor Cultural.

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