Estados Unidos un imperio que ha descubierto que ya no puede imponer el futuro

Estados Unidos parece haber perdido el pulso de la realidad global. El mundo ya no responde a sus viejos mecanismos de control, y lo que Washington percibe como turbulencias pasajeras es, en realidad, el colapso de su orden sistémico. En lugar de una retirada táctica o una adaptación lúcida, la potencia se ha enrocado en un proceso errático que solo acelera su declive y la distancia de sus antiguos aliados.

El dólar, esa moneda que durante generaciones fue sinónimo de estabilidad y poder, enfrenta hoy un cuestionamiento sin precedentes. La desdolarización no es una teoría conspirativa ni un deseo de adversarios resentidos; es un proceso concreto, medible, que avanza en distintos frentes. Países que antes se sometían mansamente al sistema financiero estadounidense ahora buscan alternativas: acuerdos comerciales en monedas locales, el fortalecimiento del yuan chino como divisa de reserva, la creación de mecanismos de pago que esquivan el sistema SWIFT controlado por Occidente. Cada vez que Estados Unidos utiliza el dólar como arma ,sancionando, bloqueando, castigando, acelera paradójicamente el deseo de otros países de liberarse de esa dependencia. Es una ironía histórica: el instrumento de dominación se convierte en el motivo de la rebelión.

Pero la erosión no es solo económica. También es diplomática, y ahí es donde las cosas se vuelven especialmente delicadas. La pretensión de Donald Trump de "comprar" Groenlandia ,sí, comprarla, como si fuera un activo inmobiliario más, no fue solo una excentricidad digna de titulares. Fue una humillación pública a Dinamarca, un aliado histórico, miembro de la OTAN, parte de esa Europa con la que Estados Unidos construyó el orden de posguerra. La reacción europea fue de perplejidad y, luego, de distancia. Porque cuando el supuesto líder del mundo libre trata a sus aliados como piezas intercambiables en un tablero de negocios, esos aliados empiezan a preguntarse si vale la pena seguir apostando por esa relación. El aislamiento con Europa no es absoluto, pero las grietas están ahí, visibles, crecientes. Y en un mundo multipolar, las grietas se convierten rápidamente en abismos.

El caso de Canadá es igualmente revelador. Durante décadas, el vecino del norte fue el socio predecible, el aliado incondicional, el espejo en el que Estados Unidos veía reflejada su propia imagen de prosperidad compartida. Pero ahora, ante las amenazas arancelarias, la imprevisibilidad política y el deterioro del tratado de libre comercio que alguna vez fue presentado como un modelo de integración, Canadá mira hacia otro lado. Y ese otro lado es China. Los acuerdos comerciales entre Ottawa y Pekín no son solo transacciones económicas; son señales geopolíticas. Le dicen al mundo que ya no es necesario elegir entre estar con Washington o quedarse fuera del sistema. Hay otras opciones, otros socios, otras rutas. Es el reacomodo del orden mundial en tiempo real, y Estados Unidos lo observa con una mezcla de incredulidad y rabia impotente.

Mientras tanto, en América Latina, la intervención estadounidense en Venezuela sigue siendo un capítulo vergonzoso de una política exterior que no aprende de sus errores. La retórica agresiva, las sanciones unilaterales, el apoyo a líderes sin base real de poder, todo eso ha fracasado repetidamente. Y sin embargo, la maquinaria de Washington insiste, como si repetir la misma fórmula pudiera producir resultados distintos. Pero el escenario internacional ya no tolera ese tipo de prepotencia con la misma pasividad de antes. Cada vez más voces, incluso dentro del hemisferio occidental, cuestionan la legitimidad de una intervención que se presenta como humanitaria pero que parece motivada por intereses geopolíticos y energéticos. La credibilidad se pierde fácil y se recupera difícil, y Estados Unidos lleva décadas gastando la suya.

En medio de este panorama global, la política interna estadounidense vive su propia tormenta. Donald Trump, el hombre que prometió hacer grande nuevamente a Estados Unidos, enfrenta ahora sus propios fantasmas. Las elecciones de medio término son para él algo más que una prueba electoral: son un juicio sobre su liderazgo, sobre su estilo de gobernar sin consensos, sobre su tendencia a ignorar al Congreso y actuar como si la separación de poderes fuera una molestia burocrática. El temor a una derrota frente a los demócratas no es infundado. Y con una Cámara de Representantes en manos opositoras, la amenaza de un impeachment deja de ser especulación y se convierte en posibilidad concreta. Un proceso así no solo lo expondría políticamente, sino que podría abrir la puerta a juicios por haber actuado de manera unilateral, tomando decisiones que correspondían al poder legislativo, violentando ese delicado equilibrio institucional que, se supone, define a la democracia estadounidense.

Pero quizá lo más preocupante no es la debilidad de Trump como figura política, sino cómo esa debilidad institucional se traduce en estrategias de control social basadas en el miedo. El despliegue del ICE en las calles, las redadas espectaculares, la retórica que criminaliza al migrante, todo eso funciona como distracción. Cuando el país enfrenta problemas estructurales ,desigualdad galopante, infraestructura en deterioro, un sistema de salud que deja a millones sin cobertura, una deuda nacional que alcanza cifras estratosféricas, el miedo al "otro" se convierte en un recurso político conveniente. No resuelve nada, pero mantiene ocupada a la población. Es una herramienta vieja, probada en distintos contextos históricos: cuando el poder se siente vulnerable, busca enemigos internos para desviar la atención de sus propias fallas.

Estados Unidos está en una encrucijada histórica, de esas que definen el destino de las naciones por generaciones. Puede reconocer que el mundo ha cambiado, que la era de la hegemonía unipolar terminó, y buscar un nuevo rol basado en la cooperación, el liderazgo genuino y el respeto a las reglas que alguna vez promovió. O puede seguir aferrándose a fantasmas de grandeza pasada, creyendo que la intimidación y el poder militar bastarán para sostener un orden que ya se resquebraja por todos lados. La historia no es amable con los imperios que eligen la segunda opción. Y quizá esa sea la lección más dura que Estados Unidos deberá aprender: que ya no puede imponer el futuro sólo porque así lo desea.

NO HAY NADA MÁS EXCLUYENTE QUE SER POBRE



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Ricardo Abud

Estudios de Pre, Post-Grado. URSS. Ing. Agrónomo, Universidad Patricio Lumumba, Moscú. Estudios en Union County College, NJ, USA.

 chamosaurio@gmail.com

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