La Cola de Satán: El cálculo post-cínico de la agonía imperial

Después de haber analizado el colapso de la narrativa del "Cártel de los Soles" y la rebelión del Senado frente al aventurerismo de Trump, es imperativo descender a las profundidades del modelo. No estamos ante un error táctico, sino ante la gramática final del saqueo. Si el guion se rompió, lo que queda debajo es la piel desnuda de un imperio en agonía.

El Botín como Única Gramática: La Confesión del 27 a 0
La fachada se ha caído. Lo que durante décadas se vendió como una 'misión democratizadora' ha revelado su núcleo desnudo: una operación de saqueo. Como registró agudamente Diego Ruzzarín en su análisis, en el discurso oficial que celebró la agresión, la palabra 'Petróleo' fue pronunciada 27 veces. La palabra 'Democracia', cero. Esta no es una retórica de liberación; es el manual de un cobrador. Venezuela ya no es presentada como una nación a redimir, sino como un activo estratégico: una reserva de crudo cuyo valor equivale a cuatro veces el Producto Interno Bruto de Japón. El cálculo es frío: el sistema capitalista central, en estado de shock, necesita una transfusión masiva de energía barata para evitar un colapso sistémico. Como escribió Eduardo Galeano, la historia del subdesarrollo es la del saqueo organizado. Hoy, Washington ha dejado de fingir que es el profesor para admitir que es el contador.

El Tablero de la Muerte: El Desliz que Delata la Agenda
La jugada venezolana no es un fin en sí mismo, sino una pieza en un tablero de muerte más grande. La prueba está en un revelador "error" del mando militar estadounidense, que en una declaración confundió "el pueblo de Israel" con "el pueblo de Venezuela". No fue un simple desliz lingüístico. Fue un desliz freudiano estratégico que delata la conexión visceral: el control absoluto del petróleo venezolano es el escudo energético que Washington cree necesitar para librar una guerra abierta contra Irán sin que su propia economía y la de sus aliados se desplomen. Venezuela ha sido designada, en los mapas de guerra del Pentágono, como la "pieza de sacrificio" que garantiza la energía para el conflicto final en Oriente Medio. El horror, como bien intuía Julio Cortázar, nunca es local: es una red donde la desgracia de un pueblo alimenta la maquinaria bélica en el otro extremo del mundo.

La Administración de la Sumisión: El Colonialismo de Eficiencia
Obsérvese el método: la ocupación no buscó una ruptura total del Estado venezolano. Negoció, en cambio, mantener ciertas estructuras administrativas y figuras claves en cargos operativos. ¿Por qué? Porque el imperio aprendió en Irak y Afganistán que la ocupación absoluta es un pantano logístico y financiero. El modelo preferido ahora es el "colonialismo de eficiencia" o "sumisión administrativa": que las élites locales gestionen el día a día, la contención social y el mantenimiento del orden, mientras los flujos de riqueza —petróleo, minerales, contratos— se canalizan hacia corporaciones y bancos del Norte mediante cláusulas de "proveedor único". Es la derrota trágica de los socialismos del siglo XX que, enfocados en la resistencia, descuidaron o les fue imposible enfocarse en la construcción de una autonomía productiva y tecnológica irreversible. Nos ofrecen, en palabras de Galeano, "elegir entre diferentes modelos de servidumbre", mientras la soberanía real se esfuma.

La Fábrica del Eco: Anatomía de una Derrota Consentida)

La operación fue tan limpia porque no encontró oposición. No la encontró porque la oposición, como concepto político autónomo, hace años que dejó de existir. Fue sistemáticamente desmantelada, cooptada o reducida a la irrelevancia. Lo que llamaban "Cartel de los Soles" y "Tren de Aragua" no eran fuerzas reales, la primera un invento de nombre creado por la CIA, el segundo grupos de delincuentes insertados por la oposición en algunos sectores del país como grupos de resistencia reflejando los síntomas de una descomposición ya terminal cumpliendo durante un tiempo su rol de herramientas útiles para la narrativa del "Estado fallido" que justificaría la intervención.

Pero el problema es más profundo. Fuimos diseñados, durante décadas, para repetir lo que no entendemos y luchar por consignas que desconocemos. Nuestras escuelas y nuestros centros de entrenamiento intelectual nos convirtieron en ecos perfectos de sus labranzas. Aprendimos a citar teorías foráneas, a adoptar debates ajenos, a medir nuestro valor por la fidelidad a un manual escrito en otra latitud y para otra historia. Lo hicimos a expensas de nuestra propia carne y de nuestra propia existencia concreta.

Combatimos por abstracciones —"el mercado", "la revolución", "la democracia"— mientras descuidamos la forja de lo único real: la soberanía material. Discutimos de ideología mientras ellos se repartían los mapas de nuestros recursos. Nos midieron, nos dividieron y finalmente nos vencieron, no solo con misiles, sino con la trágica facilidad con la que un cuerpo, tras años de alimentarse de veneno, deja de reconocerse a sí mismo y acepta el bisturí del enfermero como una liberación.

Esta es la derrota previa, la que hizo posible todas las demás. Antes del bombardeo, hubo un bombardeo más silencioso y efectivo: el que convirtió nuestra mente en una colonia y nos convirtió en defensores del único capaz de asesinarnos desde las ideas hasta el alma.

La Cola de Satán: El Terror como Síntoma de Agonía
Este despliegue de brutalidad no es señal de fortaleza, sino el síntoma más claro de una agonía terminal. Cuando un imperio ya no puede liderar mediante la creación de consenso, incentivos o cultura, recurre al único lenguaje que le queda: el terror puro. Es la "Cola de Satán" —la parte del demonio que, según el mito, sigue azotando con fuerza ciega después de que la cabeza haya sido derrotada. Estados Unidos ya no puede "crear mundos de bienestar"; su hegemonía económica y moral se ha evaporado. Lo único que puede hacer es destruir los mundos que otros intentan construir, arrastrando a todos hacia su propio abismo. La violencia excesiva no es un plan, es un espasmo histórico. Es el cálculo post-cínico de quien, sabiéndose perdido, elige que el mundo arda con él.

Epílogo: La Única Pregunta que Vale
Frente a este panorama, la disyuntiva para el Sur Global deja de ser ideológica y se vuelve existencial. La lección venezolana, escrita a fuego y sangre y en contratos de saqueo, es cruda: la independencia que no se basa en la autosuficiencia productiva, energética y tecnológica es una ficción. Mientras la Cola de Satán sigue azotando en su espasmo final, la verdadera batalla del siglo ya no se libra (solo) en las calles o en los foros diplomáticos. Se libra en los laboratorios, en las fábricas de chips, en los diseños de energía limpia y en la capacidad de generar conocimiento propio. ¿Aprenderán los pueblos, esta vez, que la única salida de la jaula no es negociar una celda más grande, sino fundir la llave en el fuego de su propia forja? El futuro será de quien, mientras el viejo orden se retuerce, sea capaz de construir lo nuevo desde sus propias cenizas.



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Edgardo Mijares Valecillos

Periodista. Internacionalista de Izquierda. Es autor de Semillas del Viento: Poemas de un viaje sin prisa, Gaza: Crónica de la Soledad Desobediente, Fe Institucionalizada: Agujero negro que devora civilizaciones y Zaga del Error, entre otros.

 edgardomivale@gmail.com

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