Crítica de la razón única

Quien tenga nociones elementales de Filosofía aludirán mi falta de originalidad con relación al título de este artículo. En verdad, tal objeción es cierta, carezco de singularidad, tal como cientos de autores que recurren al idioma español para expresar sus inquietudes. Ciertamente, me permití utilizar la obra de Immanuel Kant “Crítica de la razón pura”, donde el germano intenta la conjunción del racionalismo y el empirismo. Al igual, pretende establecer los límites del ejercicio de la razón que relega la experiencia y sobre estima la razón pura. Indudablemente, no pretendo de filosofastro ni nada que se parezca al pensador teutón, sólo quiero permitirme algunas reflexiones triviales sobre este tópico.

Es indudable que el uso de la razón surgió miles de años después que los homínidos comenzaron a dejar su huella sobre la corteza terrestre. Esta facultad la utiliza los seres humanos para establecer o descartar conceptos concluyentes o conclusiones a partir de premisas y también, para resolver problemas básicos y complicados. Lamentablemente con la aparición de la razón el hombre perdió el instintito que con sabiduría había acumulado nuestros monos ancestrales durante miles y miles de años. Si lo duda veamos lo siguiente:

Los humanos son los únicos animales que padecen de obesidad, ningún tigre se permite el sobrepeso dado que pone en peligro la sobrevivencia de la especie. No he visto una manada de leones declarándoles la guerra de exterminio a una piara de leopardos. ¿Ha notado, estimado lector, a una ballena crear armas de destrucción masiva para acabar con los tiburones? Mucho menos he observado un panal de abejas lleno de inmundicias; los inteligentes polinizadores no contaminan su ambiente. Mucho de lo expuesto se debe al uso de la razón de la cual se envanecen los humanos. No cabe duda, la razón de los pobladores de la Tierra da lugar a contradicciones y absurdos y en el peor de los casos, el fin del planeta.

Los humanos se empeñan en la razón única y por eso se han destruido entre sí. Según la historia de Venezuela nuestra casta procede de un mestizaje indio, negro y blanco y, desde el punto de vista religioso, de un sincretismo judeo-cristiano contemplado en el Viejo y Nuevo Testamento, es decir, La Biblia. Indudablemente, es una visión simplista del asunto si tomamos en cuenta que los ominosos españoles tenían herencia árabe, fenicia, celta, goda, gitana, visigoda, romana, egipcia, persa, entre tantos de los grupos humanos que entraban, salían y permanecían en la península ibérica por cientos de años. De cierta manera, en algún resquicio de nuestro complicado ADN debe hallarse algún gen celta, o romano, o fenicio, o moro o porque no, gitano, como señal de nuestra heredad. Indudablemente cada uno de esos grupos humanos tenía su propia fe, su propio dios o dioses y su propia razón de ver las cosas. Con el tiempo, las religiones predominantes en la región de los Reyes Católicos fue la judía, la musulmana y la cristiana, con una particularidad, todas eran monoteísta e hijos del patriarca Abraham. Este perínclito personaje le entregó sus fans el legado de un mismo Dios, cuyo disputado testamento, hasta ahora, fue y es peleado a sangre y fuego desde hace miles de años. Es decir, a pesar de que las tres religiones tienen una misma razón de existencia (el dios único) ríos y ríos de hemoglobina ha manchado diversos campos del planeta para imponer la única razón, que es la misma para los judíos, cristianos y musulmanes. Cosas de la razón humana.

Con la llegada del conquistador a Venezuela, a pesar de la mixtura de religiones y de etnias que conformaban el ser del español, los ominosos se empeñaron en imponer una religión, la católica. Así mismo, se evidenciaron los funerales de los dioses de los pueblos originarios que desde hacía miles de años probaron su efectividad para resolver, por vía divina, los problemas que acosaban sus pobladores. De igual manera, una vez traídos al Nuevo Mundo en contra de su voluntad, a los negros africanos se les prohibió la práctica de su fe y, al igual que lo hicieron con nuestros ancestros indígenas, sus dioses los tuvieron que ahogar en el mar durante la aciaga travesía. Se imponía de esta manera en el territorio de Venezuela por más de trescientos años la razón única, la razón del imperio español el cual asimiló perfectamente el mantuanaje criollo.

Sería bueno buscar un especialista en algo que no sé ubicar, ni tampoco conozco la existencia de tal disciplina, la razón del por qué la oligarquía venezolana acepta sin chistar y se acomoda sin objeción alguna a la razón única impuesta por los países imperialistas. Cuando Guzmán Blanco, en las mansiones de nuestros aristócratas de orilla se hablaba francés, y muchas de las costumbres de los galos fueron acogidas con orgullo por los herederos del matuanaje. El pernicioso imperio inglés impuso en nuestra clase adinerada y parásita la hora del té con galletas, a la mismas horas en que lo degustaban los lores en la pérfida Albión. Con la llegada de las compañías petroleras norteamericanas sí la cagamos por completo.

A partir de la explotación del crudo venezolano por parte de las compañías petroleras gringas, lo único que movió a los gobiernos de turno y a nuestra oligarquía parásita fue la razón del imperio yanqui. No lo duden, veamos una noticia aparecida en un periódico llamado El Heraldo, que circulaba por allá en año 1945: “Los intereses petroleros norteamericanos creen que Rómulo Betancourt es más democrático que el antiguo régimen de Medina, y aseguran que no habrán dificultades serias entre Estados Unidos y Venezuela acerca de la producción petrolera ni la propiedad de las explotaciones petroleras en Venezuela”. Tal información apareció el 30 de octubre emitida por el Departamento de Estado de los EE.UU. recién derrumbado el presidente Isaías Medina por militares y civiles adecos. Del gobierno se encargó una junta presidida por el llamado “padre de la democracia”. Se iniciaba con este político la asimilación de la razón del imperio como la única razón de vida de los venezolanos. Para esta época el 90 % de nuestras exportaciones petroleras se dirigían hacia el norte y el 73 % de las importaciones retornaban por esa misma vía, en camino de regreso, eso sí como productos acabados y a precios elevados.

La razón del imperio yanqui predominó durante más de cuarenta años, éramos felices porque jugamos béisbol, nos enorgullecía ser el segundo país que consumía whisky, los venezolanos viajaban a Miami congestionando las tiendas de los centros comerciales, por nuestras autopistas viajaban los autos últimos modelos, los modistos hacían desfiles de modas en temporada de invierno, cuando en Caracas no se veía ni una nube cargada del vital líquido. Todavía, en el año en curso, leí en una tienda del este de Caracas un letrero que reza: “Nuevo horario de verano”, estábamos en julio y un soberano palo de agua mojaba toda la capital. Es la razón del imperio.

Por fortuna llegó mi comandante Chávez y la razón del imperio fue despedida con un soberano puntapié por el trasero y buscó la solución de los problemas del país por diferentes caminos. Hugo descubrió que “tercera vía” de Tony Blair no era la adecuada y buscó una más autóctona y apareció el “árbol de las tres raíces” la base fundamental de nuestra democracia participativa y protagónica. Era el legado de Bolívar, Rodríguez y Zamora. Pero tampoco se conformó con esta heredad, buscó en Rusia, Belarus, China, Irán, India, Turquía, los países del Alba, Siria, Irak, entre tantos de los que pueden aportar diversas razones para hacer de Venezuela una gran potencia. No es la razón única del imperio yanqui la que iba resolver nuestros problemas.

A manera de información: A raíz de la pérdida de la guerra, por parte de Japón, y redactada la nueva constitución (1946), fue la oportunidad para recuperar las japonesas los logros obtenidos a raíz del terremoto del 1924. Para vigilar tales alcances las damas se agruparon en treinta mil organizaciones femeninas comunitarias (doce millones de asociadas). La finalidad de tales gremios era velar por el cumplimiento de las prerrogativas concedidas por la mueva Constitución, tanto en la cuestiones de primer orden, como en la educación de los hijos, como en las cuestiones de menor cuantía, como el control de calidad de la cerillas o del precio de la leche, además hacían escuchar su voz en otros aspectos que las afectaban. Tal como afirma el presidente y comandante en jefe MM: comuna o nada, una de las tantas razones legadas por nuestro comandante supremo.


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Enoc Sánchez López


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