El día que Micky Mouse me sacó la lengua

Faltan menos de dos meses para que mi hija cumpla dos añitos. En estos días descubrimos que aprendió a sorber con pitillo. Fue cuando degustábamos el riquísimo chocolate frío que despachan en la tienda Oderí, al lado del recién reinaugurado Teatro Principal ubicado en la Plaza Bolívar, rescatado por el Gobierno del Distrito Capital.

La “osadía” de Ye’kwana –el nombre de mi menor hija es Ye’kwana; Warao es el mayor– fue celebrada como tuvo que ser: loas, aplausos y un carrerón para regalarle un vasito con pitillo incorporado a fin de que siguiera ensayando la habilidad adquirida. Fue allí cuando empezó Cristo a padecer.

Los fulanos vasitos se consiguen con facilidad. Pa’ tirar pa’l cielo. Pero todos, absolutamente todos los que nos ofrecieron tienen algo en común: la impronta ideológica que se niega a morir. En ningún lado vimos alguno con imágenes de nuestra realidad latina. ¡Ni hablar del rostro de Simón Bolívar! a quien ella lanza besos cuando pasamos por la plaza. Micky Mouse y demás ratas –en sentido literal del término– salidas de los laboratorios gringos de “distracción” están pegados a los envases. La faena ideológica de educación pro estadounidense que tanto daño hizo a nuestros pueblos, sigue campante y preocupantemente sonante entre nosotros. Esta guerra es dura: por un lado repartimos Canaimitas y llevaremos libros gratis a las escuelas y por otro el imperio hace como el perro: jugando y jugando.

No debemos correr más riesgos. Un correo enviado por mi pana Jimmy López, titulado “Demasiado bien salimos” parte del cual reproducimos a continuación, nos alerta: “Soy producto de mi educación. ¿Cómo quieren que me porte bien después de los 40? De niño veía que Tarzán andaba desnudo; Cenicienta llegaba a media noche; Pinocho mentía; Batman conducía a 320 kilómetros; la Bella Durmiente era una vaga; Blancanieves vivía con siete hombres; Caperucita no le hacía caso a su mamá; Betty Boop iba vestida como una prostituta; el pato Donald puteaba a los cuatro vientos; Don Gato era pandillero, y ¡Popeye fumaba hierba!”


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Ildegar Gil

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