Más aca de mal y del bien

Una simplificación como emético intelectual

Aunque desde siempre fue su enemigo declarado, con el comienzo del tercer milenio el islam se ha convertido en el Mal por antonomasia para el cristianismo en sus diversas versiones y variantes protestantes, calvinistas y católica. Desde el arrianismo pasando por el comunismo hasta hoy el islamismo, el cristianismo, con sus ideologías socioecononómicopolíticas asociadas a cuestas, ha necesitado siempre de un enemigo cerval al que culpar de sus propios errores, desmesuras y atrocidades. Ninguna de las restantes grandes religiones ha sido responsable de tanta invención pero al mismo tiempo de tanta destrucción, como la cristiana. Desde luego es bajo el manto del cristianismo, bien o mal entendido, como el ser humano viene cavando la fosa de la humanidad desde la fundación de aquél. Ni el hinduismo, ni el confucionismo, ni el budismo, ni el judaísmo jamás han sido causa de tanta devastación y tanto desequilibrio.

Un acto de carácter destructor, asombroso por su precisión matemática y física, propia de una civilización muy avanzada y no de una cultura religiosa anclada en buena parte en el medievo, un día de setiembre del recién comenzado el milenio marca el comienzo de una nueva era. Como en tantas otras ocasiones del pasado, muy probablemente otra impostura. Dos años después, otro acto similar -éste propio del carácter rudimentario del país en que tiene lugar- completa la impresión puesta en marcha en el planeta, de que una fuerza demoníaca que anida en la religión enemiga está decidida a destruir a Occidente. Huntington, Fukuyama, y luego los ensayistas mediáticos Robert Kagan, los Kristol, los dos Kaplan, etc. son las tropas de choque que movilizan y acompañan las operaciones de impacto inmediato.

Los mandatarios de todos los países del orbe occidental, ciegos o consentidores, sin poner en duda esa perversa consigna del Mal que al otro lado del Atlántico propagan a los cuatro vientos unos tipos disfrazados de políticos, se concitan para pronunciar un día sí y otro también largos, tediosos y reiterativos discursos dirigidos a lo mismo: a asustarnos y a prevenirnos de acciones sorpresivas e incontrolables violentas y aniquiladoras por parte de infieles que nadan en petróleo. Los medios les siguen la corriente, y todos, cerrando filas, se confabulan para sostener contra viento y marea la Gran Mentira en un abyecto ejercicio de autosugestión.

Así es como los nuevos filisteos del tercer milenio han creado un campo de batalla virtual a lo largo y ancho del planeta: por un lado han situado 'el terrorismo', y por el otro, para hacerle frente, 'el terror'. Un producto -la combinación de terrorismo y terror- minuciosamente elaborado durante largo tiempo (ya se hablaba de ello en tiempos de la Thatcher) que está proporcionando tantos dividendos a Occidente como víctimas a ambos lados de la trinchera; aunque evidentemente con notable desproporción: mientras son unos pocos mártires a este lado que sirven para justificar el oprobio, son ya incalculables las del otro que han acabado descubriéndose como su objetivo principal.

A esas sociedades inventoras, ingeniosas, productivas, con el acicate del protestantismo weberiano y el calvinismo, se han sumado países latinos que hasta no hace más que medio siglo se mantuvieron casi al margen. Esas sociedades empezaron la era industrial y la prosiguen. Pero lo que empezaron siendo ingenios provechosos para la raza humana por el ahorro de sus energías musculares y generadores de comodidad del individuo, el propio inventor los ha convertido en artificios al servicio de la molicie, pésimamente distribuidos y con todos los visos de ser también pronto la causa de su propia destrucción. Ni siquiera el país que está abanderando la Historia (prosperidad ganada hoy en buena parte a costa de otros), sabe ya disfrutar de su prosperidad. Desean -y nos hace a los demás países desear- más de lo que necesitan, porque el consumo activa la dopamina neurotransmisora, que da placer, viajando por las mismas rutas cerebrales que la cafeína y la cocaína. Estadísicas del propio gobierno EEUU dan que pensar. Un 30% de la población sufre ansiedad, el doble de hace una década. La depresión también aumenta. Un pueblo que camina de manera exponencial por senderos de las enfermedades nerviosas, siendo el pionero en la conquista del espacio, al mismo tiempo se ha empeñado en ser el destructor de la biosfera.

Los demás, los bienpensantes, las minorías que hacen efectivamente el bien frente a las masas que se dejan arrastrar por dirigentes abyectos que practican a conciencia el Mal (aunque se lo atribuyan al demonio de la religión enemiga), no podemos sino seguir el ejemplo de un hombre que, según Whybrow, un amigo suyo vio corriendo por la playa: 'Una marea arrastró a todos los peces pequeños hasta la arena, donde intentaban respirar. Y allí estaba aquel hombre recogiendo uno a uno los peces y devolviéndolos al mar. Mi amigo se le acercó y le dijo: 'Es una tarea inútil. No va a cambiar nada'. El hombre cogió un pez, lo tiró al mar, y respondió: 'Para éste, sí'.

En todo caso, se ha visto que el ser humano que representa a la cristiandad y ha venido dirigiendo desde el principio al mundo, no era más que un aprendiz de brujo. Puso en marcha el maquinismo y ahora no sabe detenerlo. En el islamismo y en Bin Laden podrá esconderse el Mal, según nos cuentan 'ellos'. No discutiré algo tan sujeto a pruebas de servicios de inteligencia, o tan opinable como trivial. Pero si el Bien viene del occidental (del anglosajón principalmente), con sus respectivas religiones de pantalla que les sirve de abominable justificación; es decir, si procede de quien está siendo la causa de la tala voraz y los incendios de las selvas, del agotamiento de las especies, de la destrucción y muerte masivas de seres humanos, de la saturación de la biosfera hasta hacerla inhabitable; si el Bien procede de ahí, digo, como occidental que soy no iré tampoco a buscarlo a la cultura que nos denuncian como antagonista, pero dimito de mi condición humana.


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Jaime Richart / ARGENPRESS.info


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