Mágica solución para bajar aún más la polarización política

Los pobres hombres que muy pronto creo vamos a necesitar como las mujeres de una ley que nos proteja de los abusos y de las injusticias, siempre estamos sometidos a los vaivenes del capricho, de la parcialidad.

Una noticia aciaga, achusemada, leí sobre un pobre nigeriano -¡pobre en el más estricto sentido del término!- que, no respetándosele ni siquiera su edad tan avanzada, un tribunal acordó confiscarle, coño, 82 de sus 86 esposas bien servidas todas, a sus 80 años; con las que llegó a procrear, con toda la paciencia y devoción del mundo, la bicoca de 170 hijos entre hembras y varones; no sabiéndose en qué proporción, pero presumiendo que en un fifty-fifty, como gustan decir los pitiyanquis. Mohammed Bello, es el nombre del desventurado que he decidido llamar, con cariño y admiración, Bellito.

Es el caso que Bellito, tal como los oligarcas y escuálidos de aquí, no respeta leyes y mucho menos reglamentos, ni muchas otras cosas, y menos aún, cuando trátase de atesorar dinero; perdón, hembras, en su caso. Resultó Bellito, pues, un perfecto capitalista acaparador de ellas. La ley sólo le permitía, un máximo de cuatro (¡y sólo cuatro de verdad!) pero el muy cínico oligarca y escuálido y bellaco, además, se mandó con 86... Sospecho que Samán lo hubiera considerado un acaparador de altísima peligrosidad, aunque tuviera que contrariar la opinión obstinada de aquel ex presidente de Fedecámaras que no entendía lo que es acaparamiento. Pero, resultó un acaparador de hembras, de tal peligrosidad Bellito, que un tribunal lo había condenado por ello a muerte en una sentencia previa que, resolviera con otra subsiguiente, conmutarle la pena por la de confiscación del tan solemne exceso ilegal de carne viva y trémula. Y lo peor es que usted, ve a Bellito, y no tiene cara de quebrar ni un plato; pero… ¡lo que es la cintura!..

Pero Bellito, en su descargo, dijo algo que llamome mucho la atención. Y fue que había pasado, con varias, más de 30 años (y muéranse, ¡Bellito cuadruplica la edad de muchas de sus esposas!) y, ¿cómo podían pensar entonces los jueces que él pudiera ordenarles que en sólo dos piches días abandonaran su nidito de amor? ¡Y es verdad, vale! ¡Pobrecito Bellito, coño! ¡Be-lli-to! ¡Be-lli-to! ¡Be-lli-to!

Y me quedé pensando la cosa y me pregunté entonces, con suficiente severidad intelectual, por supuesto: ¿pero bueno vale, cómo es posible que casi todos tienen sólo una y ruegan porque venga un “águila” y se las rapiñe para salir de ellas, y Bellito llore por la posibilidad de perder, aunque sea una, de 86? Bueno, resulta que la respuesta tiene guararé… ¡Elemental, mi querido Watson! Bellito, cuando tenía una decepción, un rifirrafe, un pleito, una disputa, una pendencia, o un verguero, pues, con alguna de ellas, se iba rápido bajo el cobijo de la que seguía de inmediato en la rotación, que controlaba por computadora, para evitar injusticias. ¿Ven? Así pues, que cuando en la rotación volviera a ella, ya todo se habría olvidado entre los dos y resultaba entonces como comenzar de nuevo; vale decir, con romance cortejador y demás yerbas aromáticas… ¿Ven? ¿Díganme entonces, mis queridos pitoquitos y pitoquitas, cómo no va a poderse mantener así la estabilidad matrimonial?

Y es esa -¡la maravillosa experiencia de Bellito!- lo que me permite extrapolar la genial solución a la política. Pues, así como los escuálidos tienen agudísimas ideas para intentar tumbar a Chávez, nosotros debemos parirlas también, pero, para eliminar la polarización, si acaso nos alcanzara el guaral... Lograríamos así, por tanto, mayor estabilidad política de la que tenemos.

A ver. No obstante que ha bajado bastante (estimo que está en una relación de 70-30 a favor de la Revolución) diría que hay que bajarla aún más. ¿Y cómo? Bueno, con el sistema Bellito, digámoslo así, pero circunscrito a lo meramente amistosa de las relaciones.

En tal sentido, este que está aquí se declara dispuesto, desde ya pues, a entablar relación amistosa con algunas escuálidas. (Recuérdese que debemos comenzar con las más ariscas, con las más ásperas e intratables). Y podría inaugurarme con las siguientes cinco: con María Corina Machado; aunque, como dicen algunos muérganos discriminadores de ellos mismos, tenga las rodillitas como de Mercal. (¿Qué te pasa chamo? he tenido que espetarle a más de uno); con Carla Angola, que está aún en el peso que me ha recomendado el médico para las amistades peligrosas; con Norkis Batista, aunque no le guste leer ni el termómetro de Farenheit; con Diana Carolina Ruiz, aun con su blancura de magnolia que me angustia y me encandila, y, con Ruddy Rodríguez, aunque tenga que viajar a Santa Fe de Bogotá las veces que sea y correr el grave riesgo de tener que verle la cara a Uribe o a Juan Manuel Santos. Entonces así, cuando tenga un verguerazo con una, apelo a la rotación para olvidar, como ha hecho Bellito, con tanto éxito, y durante tanto tiempo. ¿Ven qué manera tan ocurrente de extender la estabilidad política? Eso sí, no es que luego va a venir una ley habilitante y me las va a confiscar como a Bellito, porque ahí, sí es verdad, que me arrecho, me meto a escuálido y cojo el monte...

Y mis amadas camaradas no sé qué pensarán de una solución tan ingeniosa como esta; pero sospecho cuál podría ser en un 99,99%, por lo que les ruego evitarse la molestia de replicar.

Así como éste que está aquí, pues, los otros revolucionarios deben seguir su ejemplo y seleccionar entonces las suyas, dentro de una interesantísima cohorte que resta por cierto, entre las que se hallan: Marta Colomina, Issa Dobles, la que le explotó el paquete de arroz a Samán en el pecho; la que le escupió la cara a la guardia nacional y que por ello la dama tuviera que batuquearla; la que estuvo diciendo como diez minutos, en pantalla: ¡no al comunismo!; aquella que, desgañitándose le gritaba con rara insistencia marico a un sacerdote (creo que en Alto Prado), y así otras más que, en este preciso instante, se me escapan de mi mente cansada. (Ah, ¡y la Bicha… espécimen desafiante desde el punto de vista clínico y político!)

¡Y quién quita, camaradas, si uno termina cogiéndoles cariño… o ellas a uno!


crigarti@cantv.net


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Raúl Betancourt López


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