La imperativa nueva consigna en la Nueva Esparta morelista

Expresaba una mujer no hace mucho tiempo, y con ocasión del Día del Maestro, que no obstante estar jubilada no había dejado nunca de ser maestra, y que incluso, desde que jugaba con muñecas, ya se consideraba tal desde entonces, como pretendiendo hacer pensar que había nacido con el innato y útil sentido de enseñar y orientar.

Pero casi al mismo tiempo que tales palabras eran pronunciadas, otro “maestro” ordenaba ejecutar un acto demasiado reñido con el alcance ético de esta íntima confesión de una mujer tan lujosa y consagrada. Dicho “maestro” no podía ser otro que Morel… Y debo decir que Morel y sombras son el producto de la más grande necedad de la fraccionada y extraña pseudo dirigencia chavista de Nueva Esparta, dado que allí ellos se comportan como adecos, en un sitio donde, desde muy atrás, se viene diciendo incluso que allí, quien no es adeco, es de Acción Democrática, dicho esto como para que se vea la verdadera proeza electoral de Chávez.

Lo cierto del caso, como decía la Topoya, es que esa mañana, a la significativa Plaza Bolívar de Los Robles, conocida población margariteña de donde dizque son nativos por cierto los más connotados guapetones insulares (Morel es oriundo y orgullo de allí), se presentaron unos inexorables señores con unas motosierras espeluznantes (por la connotación paramilitar que tienen) a despedazar sin piedad un grupo grande de árboles que hacían parte de la historia de dicha plaza, y dentro de los cuales habían varios robles centenarios. Habiendo tenido la víspera noticias del crimen a cometerse, varias personas, y dentro de ellas un arrojado periodista director de la Radio Mundial Margarita, habían hecho acto de presencia en una asamblea popular que se celebraba al efecto, a fin de interceder para que el tal repudiable acto no llegara a materializarse, por lo que el ambiente era caldeado y de alternativas impredecibles, como es lógico, en un escenario donde, de un crimen tan feo, culminaba ya su fase de premediación.

Estando por eso la cosa que ardía, se presentaría de pronto el hijo de Morel, de su mismo nombre, pero llamado no sé si por cariño por su diminutivo y con el cual se lleva muy bien a pesar de ser militante de una tolda distinta a la de su papi, y además, muy bien acordonado el mozo de guardaespaldas, presumo que también robleros y al parecer con varios “fondoblancos” en el buche de uno cualquiera de esos muchos “viejos” de 18 años que cunden por “laisla”. De entrada los guardaespaldas lanzarían varios coñacitos a título de seria advertencia de algo que podía ser mucho más aleccionador, y donde, a renglón seguido, Morelito –desdibujada quizás su posible cautivadora personalidad por los “palos” en demasía- ordenaría el arresto del periodista a quien de inmediato (y no sé si esposado) llevarían a la chirona mediante un típico acto uribista de “seguridad democrática”, que quizás le viene en sus muy robustos genes santanderianos y cuartarepublicanos…

Aplacado un poco el polvo, entonces se sabría que la razón para la tala indiscriminada era que el cartujano Morel había decretado la pedagógica y genial idea de construir en dicha plaza una iglesia católica, donde, para colmo, y he aquí lo absurdo (bueno, Margarita es el mundo de lo absurdo, y habría que averiguar por qué), yace agraciada, apacible y lozana, y desde hace la bicoca de 300 años, otra que ha venido cumpliendo con orgullo y gallardía su función.

El hecho de haberse arreciado la sampablera, hiciera que una periodista de una radio local que se dice chavista, pero que propulsa a propósito la división del chavismo, tuviera que poner como quien dice sus pies en pastel de chucho y coger las del Sambil, al tan sólo oír decir que una señora de avanzada edad y peso había pelado por un puñal y que ella no quería que fuera sembrado en su imprescindible humanidad, pero con la valentía de no haber dejado de aclarar -y estando al aire- que su retirada no era debido al simple miedo, sino porque ella no estaba allí como corresponsal de guerra, y aclarando al mismo tiempo que su premio nacional lo había merecido otrora, más bien, por ser una refulgente reportera de apacibilidades…

Pero es aquí donde viene la cosa buena.

Entonces, para rescatar la honrilla ante la situación intimidante, y en pleno guillonitaje de los ateridos árboles, se presentaría también de pronto un sexagenario calvo, de tierno rostro y de voz tan sonora como una campana, a ordenarles a los motosierristas, en nombre del pueblo, que suspendieran su acción criminal, orden reiterada a la que dieran oído sordo y por lo que entonces el sexagenario se sentaría sobre un robusto tolete, no sin antes habérsele esguardamillado la camisa con los fuertes estrujones y empujones diciéndoles que ya ese no iban a llevárselo ni de vaina porque era parte del cuerpo del delito. Y se arrellanó sobre él retándolos a que sólo muerto podían bajarlo de allí. Él mismo contaría que, en el entrevero, uno de los contratistas le diría a uno de sus motosierristas que lo picara también, que si no lo hacía él, a lo que el motosierrista se negara ofreciéndole el "arma" para que lo hiciera. Al final, ese tronco no pudo ser movido de la plaza, y quedaría como prueba incluso de la salud de la que gozaba el robusto roble asesinado, pero también de la escalofriante y cobarde amenaza.

El nombre del temerario es José Moya, un ambientalista margariteño presidente de la Federación de Organizaciones Ambientalistas (FORJA), de fluido y volcánico verbo y que debe ser tan buena gente, que sólo a uno muy escaso de ellos, dentro de un mundo de cómplices, puede ocurrírsele exponer su valiosa vida por salvar un árbol. Pienso que con su acción, y otras más seguro, este héroe civil ha hecho acopio ya de suficientes méritos como para ser postulado por el chavismo como candidato de unidad a la gobernación del Estado, para enfrentar seguro, con sanas ideas y con su connatural fervor revolucionario, a un maestrito que no lo es más que de quiméricas, absurdas y humillantes iniciativas, y dentro de ellas, la de repartir bochornosas bolsas de comida, cuyo peso y volumen aumentan a medida de que son más depredadoras las iniciativas a ser aprobadas por el pueblo.

Así pues que, desde ahora, la nueva consigna en Nueva Esparta debe ser:

¡Viva Moya, y abajo la tramoya!

crigarti@cantv.net


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Raúl Betancourt López


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