Tres de tantos chulánganos de la política

El primero de ellos es un sujeto españolado en extrema evidencia; egresado de la Complutense de Madrid, ciudad donde también lo abortaran...

Cuando el golpe de estado en 2002, era presidente del gobierno español, y al día siguiente llamaría por teléfono a Carmona Estanga para sacralizarlo atarugado de orgullo franquista (es hijo él de un oficial del ejército experto en radiodifusión y propaganda, que devendría en periodista radial, todo cuando Franco) luego de haber instruido a un tal Viturro -su embajador en Caracas- para que apoyara el mañoso golpetazo.

Al regresar Chávez al poder en hombros del pueblo, me imagino sus españoletadas al poner a su canciller Piqué a declarar que lo único que le preocupaba era que se mantuviera la libertad de expresión, como pespuntando indicios claros para lo que sería el futuro de su lucha como presidente de la FAES a favor de RCTV.

Por eso Chávez (que un día dijera por cierto que con él no hubo ni química, ni física ni matemática y que, además de fascista era imbécil, y quien también diría con impudicia que el matrimonio suyo con Estados Unidos, promovido durante su gobierno, no era decir cualquier cosa dado que era “acostarse” con el primer país del mundo y eso siempre es útil, y por lo que sería al final su marrano cómplice en el genocidio de Irak) marcaría de inmediato sus diferencias insuperables.

Luego le vendería 40 tanques a Colombia dizque para que resguardara la frontera, operación que malograra Zapatero en sus palpitantes inicios, además de dos aviones Casa para transporte de tropas.

Luego produciría el llamado “efecto Madrid” con los atentados terroristas de Atocha para pretender “garantizarse” el triunfo en las elecciones, y, como penúltima sirvengonzonería, se le acusaría de haber tratado de comprar, mediante el pago de dos millones de dólares, la medalla de oro del Congreso de los Estados Unidos faltando sólo dos meses, creo, para poner afortunado fin a su gestión, por lo que quizás, debido a semejantes malas artes, y a “confundir su persona con su cargo y el Estado” entrara a formar parte –como único miembro no anglosajón- del imperio de comunicación del “cocodrilo” Rupert Murdoch.

El segundo de ellos es llamado, como con una especie de alias, “el juez”, contemporáneo del primero, con algunos dos añitos de diferencia, tal vez.

Según, muy educado, muy correcto, amigo del buen comer, buen contador de chistes, bailaor de sevillanas, de gustar muletear vaquillas en los tentaderos, quizás de atacar chiquillas también en los bebederos y de embestir contra enemigos aterradores; y que se haría harto famoso al lograr mantener detenido por un simple añito en Londres al salvaje y sanguinario Pinochet Ugarte y haber dejado fuera de las rejas, de manera insólita, a su paisano José María Aznar por complicidad confesa en el genocidio de Irak; esto, en manifiesto acto de denegación de justicia internacional.

Ahora bien, nada de esos rasgos épicos le daba en absoluto el derecho al “juez” de marras para presentarse aquí (tal vez “sabueciando” una pingüe recompensa que habría que investigar a fondo, porque Gómez sí paga) a opinar con aires aznarianos y popperianos sobre la libertad de expresión con inocultable atrevimiento político y malsano además. “El juez” se equivocó de tribunal, y debe rectificar.

Del tercero creo haber leído en su autobiografía, escrita sin duda con buen estilo, que siendo adolescente (y no recuerdo en qué cota de esa altura de la vida, porque la confesión es delicada) gustaba de masturbarse de manera sincrónizada con varios amigos en el baño del colegio, para ver quién lograba, con su simiente “jabalinesca”, mayor distancia… Práctica que si bien pudo haberlo hecho escritor por la cargazón imaginativa que contiene, seguro a la larga, por la perversidad que también incluye, habría de convertirlo en lo que es hoy: un politicastro al servicio de causas enfangadas…

Este autor de la “Casa Verde”, quizás signo premonitorio de su copeyanización, de su vergonzosa derechización sin rumbo, con la cínica aspiración de una Latinoamérica libre de utopías políticas, protegido del primero de los mencionados durante su gobierno, quien dejaría el “arte comprometido por el arte por el arte”, por lo que no me explico que admire Los miserables de Víctor Hugo, no hay premio literario que no se haya ganado (salvo el Nobel, y sobre todo nuestra famosa “Copa del Burro”, pero que no pasará mucho tiempo sin ellos), y quizás no haya universidad, en este universo, que no le haya otorgado un delirante Honoris Causa. Constituye este escritor, en verdad, tal vez un record Guinness de premiaciones literarias y doctorados de toda laya. Pero tampoco es que sea para tanto debido a ciertas “páginas válidas” que, en verdad, hubiera escrito.

Así pues que, el día en que logre sepultarse quizás de manera muy parcial la nociva estupidez política, en el mausoleo que la conmemore habrá un epitafio que dirá: Aquí reposan, para gloria de la humanidad que ha pasado por tantos ciclos de “mala leche”, los restos de José María Aznar, del juez Garzón, y sobre todo de Mario Vargas Llosa…

crigarti@cantv.net



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Raúl Betancourt López


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