O hay libertad para todos o no la habrá para nadie

Secuestrados estamos todos

Hay acuerdos tácitos por medio de los cuales, aceptamos participar en procesos que terminan sometiéndonos a todo aquello en contra de lo que luchamos, aun teniendo conocimiento de ello. Es así como terminamos convirtiéndonos en cómplices de crímenes tan atroces como la corrupción, y hasta de la matanza de ciudadanos indefensos.

Pero ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Pues bien, esto lo facilita cierto tipo de lenguaje que tiende a convertirse en el lenguaje universal, y aunque tengamos el conocimiento de su imposibilidad para decir la verdad, nos sometemos a su influjo como imposición del modelo.

Uno de esos lenguajes, es el utilizado por los aspirantes a presidentes. Nadie podría decir la verdad utilizando un discurso cuyo interés es formular la promesa que debe convencer a todos, sabiendo que todos, en un sistema social donde impera la desigualdad, no tiene los mismos intereses, a menos que en la promesa que se haga, se sacrifique alguna de las partes. Eso define y determina al futuro presidente, pero eso es materia de otro análisis. La solución primaria de esta dificultad, se ha institucionalizado, de manera que el candidato puede utilizar este singular lenguaje con la licencia que lo faculta para no decir la verdad ¡vaya moralina la de este sistema!

Otro lenguaje de este tipo, es el de los grandes medios de comunicación. Podríamos preguntarnos ¿Qué y a quienes comunican esos medios, si están diseñados para trasmitir mensajes de poder y entre poderes? Convirtiéndonos a la inmensa mayoría, unas veces en blanco de matrices de opinión en procura de destruir o fortalecer poderes, y en otras en simples y meros espectadores de ese dialogo, que en sí, es hegemónico. Permanentemente somos testigos de los mensajes que le manda el dueño de un medio a sus adversarios o a sus aliados; y aun cuando su interés no es el espectador, a este habrá que empaquetarle la verdad, manipulándola. Es decir, la verdad es sacrificada en aras de de los intereses que se cruzan, y nosotros estamos en medio como objetivos de esas líneas de fuego.

La publicidad comercial, parásito febril de los medios, detrás de la cual se esconde todo el perverso universo del mercadeo; no podría sobrevivir sin mentir premeditadamente, al punto de llegar a ser lo suficientemente peligrosa como para maniatar a todo un pueblo y llevarlo a su ruina moral. Sin embargo, su discurso se desplaza con la normalidad de las cosas cotidianas. Esta falacia incluye a la industria de la farándula que ha engullido a su vez, a las empresas de la información, no solo para falsear la realidad dentro del contexto de la cultura de masas, para producir y avalar a los asesinos, sino para que sobre sus escenarios se pasean los comunicadores y periodistas haciendo de divos y de políticos al mismo tiempo.

El lenguaje diplomático pone tan al fondo la verdad, privilegiando la forma, los estilos, las buenas maneras y los intereses protocolares, que ésta jamás toca sus espacios. Y estos parajes no solo están en las cancillerías y las embajadas imperiales, sino también en las salas de redacción de los grandes diarios. Eso si, impacta brutalmente en la realidad de los ciudadanos que padecen a menudo sus errores de calculo. Sin embargo, esos mismos ciudadanos escuchan, ven y leen esos discursos con la naturalidad que le proporciona su aceptación.

En fin, mentir o no decir la verdad, ha pasado a ser lo normal, y con ello se implanta una realidad ficticia en donde deambula desorientada la humanidad, a merced de los poderes de facto. La irrealidad cotidiana impulsada desde los grandes centros de información, se ha apoderado de nuestra existencia; y no de otra manera podríamos vivir bajo un sistema que nos pide a la inmensa mayoría, que nos sacrifiquemos en este mundo, con la promesa de una redención en otro, después de la muerte; para que una minoría groseramente privilegiada, pueda satisfacer sus excesos en nuestras propias narices. No de otra manera, podríamos convencernos de que los que invaden y asesinan, y los que amparan a criminales, sean los buenos, los que esparcen la democracia y la libertad, y los que insurgen en defensa de los pueblos, terminen siendo los terroristas, enemigos de la humanidad. No de otra manera podríamos aceptar que un imperio, con la promesa de reconstruirlo, arrase a un país, asesinando a más de un millón de sus seres humanos. No de otra forma podríamos ser cómplices del exterminio de la población negra del mundo, haitianos y africanos sometidos a la pavorosa hambruna.

Ese sistema es el capitalismo, el mismo que le hace calarse a los hombres y las mujeres del siglo XXI, a más de dos mil años de uno de los primeros movimientos liberadores de que se tenga memoria; a personajes e instituciones tan descaradamente perversos como el Papa y la cúpula clerical que gobierna al mundo. Las monarquías con sus reyes y emperadores usufructuadores por mandato divino, de las riquezas de los pueblos. Los esclavizadores y sus esclavizados, haciendo girar los engranajes de las maquinas infernales de la gran producción, generadoras del excedente que solo usa, disfruta y malgasta la minoría. La industria militar y su macabra dinámica de violencia, destinada a eliminar pobres en la misma proporción de los que necesita para mantenerse aniquilándolos. El imperio, sus colonias y sus instituciones con su división geopolítica en la cual, unos pierden, otros ganan; unos son del primer mundo, otros son del tercer mundo; unos desarrollados, otros subdesarrollados, unos ponen el trabajo, otros lo disfrutan; unos regalan la materia prima, otros la devuelven con precios estrambóticos; unos son de arriba otros son de abajo; los del norte mantienen en sus territorios, los bancos y los tribunales donde van a pedir prestado de su propio dinero y a ser juzgados los del sur.

Tal grotesca realidad, no hubiera sido posible si los grandes medios de comunicación no solo no nos hubiesen proporcionado el opio suficiente como para degradarnos a tal punto de aceptar el flagelo impuesto por el imperio, sino para que contribuyeramos con esmero a que se burlen en nuestra cara, de nuestra gran estupidez,

Si el gran negocio del capitalismo es la esclavitud de la humanidad, su objetivo primario es imponer la mentira, pues como bien lo dice la sentencia cristiana: la verdad os hará libres, su guerra sucia estará destinada a desaparecerla.

La lucha antiimperialista es el soplo vital de la humanidad hasta su derrota final. No hay otra ¡Vacilar es perdernos!

¡Patria, socialismo o muerte!

¡Venceremos!

miltongomezburgos@yahoo.es


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Milton Gomez Burgos

Artista Plástico, Promotor Cultural.

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