El primer gran tío de Venezuela (III)

Al llegar la televisión a Venezuela, la cantera natural para el nuevo medio fue la radio. De allí salieron libretistas, locutores, actores, actrices, animadores y técnicos con la misión de echar a andar aquella cosa que combinaba sonido con imagen. En 1954 Salió al aire el programa que instalaría definitivamente en la memoria colectiva de los venezolanos a Víctor Saume: El Show de las Doce, el primero en su estilo pues se emitía en horas diurnas, en una época en la que la televisión funcionaba de a ratos por las noches. El espacio que comenzaba a las 12 del mediodía y terminaba hora y media después lo producía Corpa Publicidad y lo transmitía Radio Caracas Televisión. Allí obtuvo el apodo que lo acompañó hasta la muerte y la posteridad: El Tío Saume. El Show de las Doce dio a conocer a muchos artistas locales y trajo a Venezuela a gente de la talla de Lola Flores, Miguel Aceves Mejía, La Sonora Matancera, Pedro Infante y Lucho Gatica, entre muchos otros. Uno de los más populares segmentos del programa: "La Cruzada del Buen Humor" se convertiría luego en la emblemática Radio Rochela.

Tres años después de su ingreso a la televisión el organismo del Tío Saume dio las primeras señales de alarma, el trabajo en exceso y su costumbre de comer opíparamente le pasaron factura. Sus médicos le prescribieron reposo, un reposo que lo alejó de la pantalla por un tiempo, seguiría dirigiendo el espacio pero tras bastidores. Recuperado, tomó de nuevo las riendas y en 1960 regresó con un cambio: El Show de las Doce pasaría a llamarse El Show de Saume. Lamentablemente la enfermedad que lo aquejaba siguió tomando cuerpo y en 1964 el programa fue definitivamente cancelado. La razón oficial fue la insuficiencia respiratoria detectada en el animador. El 15 de marzo de 1964, el popular Tío Saume se despedía de su audiencia con la esperanza de volver. En agosto de ese mismo año, tras un examen general, sus médicos pensando que tenía cáncer procedieron a realizar una toracotomía exploratoria con la que detectaron los aneurismas. Se programó entonces una operación, delicada y riesgosa pero inevitable. Si se operaba podía morir pero si no se operaba moriría de seguro; es así como se encontrabas, Saume preocupado pero sereno en la mesa de operaciones, diciendo con buen humor aquella frase final: "Aquí estoy, listo para entrar en la plaza de toros". El trabajo de los cirujanos fue observado en todo momento por un grupo de estudiantes de medicina y por su propia hija, Elizabeth quien luego de despedirlo en el ascensor se quedó a presenciar la intervención.

Unos días antes, el tío Saume dijo a una colaboradora que si debía quedar paralítico prefería quedarse en el aparato. Los cirujanos concluyeron su trabajo a las 5:15 de la tarde del martes 29 de septiembre. "Hay que esperar a ver cómo reacciona" le dijeron a los familiares y a la prensa. Durante la operación su tensión arterial era baja y una hemorragia cerebral vino a complicar la situación. Exactamente diez horas y treinta minutos después, a las 3 con 45 minutos del miércoles 30 de septiembre de 1964, Víctor, el tío Saume se rendía a la muerte. La mala noticia corrió por la ciudad alcanzando las portadas de los vespertinos. Al día siguiente más de 200.000 personas lo acompañaron en su viaje final desde su residencia en la quinta Mi Tío de El Paraíso, Caracas, hasta la fosa en el Cementerio General del Sur. Era el entierro que había convocado a más gente hasta entonces; los viejos sepultureros recordaban el del Presidente Delgado Chalbaud y el de Pancho Pepe Croquer, "pero ninguno como este" decían. Saume había nacido el 14 de diciembre de 1907. Por lo que vivió casi 57 años. La marcha con el féretro que comenzó temprano el primero de Octubre hubo de terminar casi en la noche, se hizo una primera parada ante la sede de la Radio Caracas y Ondas Populares en la avenida principal de El Paraíso y luego otra en la esquina de Bárcenas, donde se ubicaba Radio Caracas Televisión, de allí la multitud enfiló a la necrópolis municipal impidiendo en todo momento que la urna fuera metida en la carroza. Cuando los empleados de la empresa fúnebre intentaban introducirla, la gente se la arrebataba a los gritos de "Este entierro es nuestro".



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José M. Ameliach N.


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