Hay que enterrar definitivamente al “Chavo” y al Estado Burgués

Aunque suene polémico el título de este artículo, no pretendemos hacer una apología de la muerte, ni mucho menos celebrar la partida de Roberto G. Bolaños, aquí queremos motivar, a mirar con ojo crítico lo que hasta hora pareciera ser “entretenimiento sano” para toda la familia. Podríamos entonces partir preguntándonos: ¿Cuantos de nosotros no crecimos viendo al Chavo y todos los personajes de “Chespirito”? Incluso, a cuantos de nosotros no se nos dijo, que el Chavo era fiel reflejo de lo que éramos como Latinoamericanos, la cultura viva de un pueblo que se hacía indolente ante las vejaciones por las que atravesaban los niños de la calle. Ya no nos asombrábamos cuando veíamos niños en la calle, todas esas anormalidades vinieron haciéndose “normales”, con leves inyecciones de risa y “humor”, nosotros, los latinoamericanos nos creímos el mojón de que esto estaba bien, pues, “Los personajes de Chespirito son representaciones simbólicas de personajes que existen en todas partes del mundo, son estereotipos sociales”. Muchos lo vimos. A muchos de nosotros nos sentaban frente a la tele, para que viéramos lo que se consideraba un programa de entretenimiento “inofensivo”, sin embargo es mucho lo que hay que reflexionar sobre éste tipo de producción televisiva. Fernando Buen Abad, lo pone así, desde una crítica profunda a ese pantano televisivo, en un segmento del Libro Filosofía de la Comunicación, cuando en Para leer al “Chavo del ocho, dice:

Eso de hacer negocio con el dolor de los desvalidos tiene tradiciones de tipos muy diversos. El recurso del “golpe bajo” tan apreciado por las estrategias publicitarias, basado en abonar el terreno de la ternura para sembrar las moralejas de la resignación, no nació con el “Chavo del ocho”. Se trata de un Caballo de Troya. Es común encontrarse con audiencias enternecidas por un niño desvalido que vive, milagrosamente, de la caridad posible en una vecindad de barrio. Ternura medida con la vara de una herencia cultural melodramática y naturalista que deja descubrir en la miseria y los miserables ciertos rasgos de hermosura humana, a pesar de los pesares.

Es precisamente eso, la intención (no neutra por supuesto) de llenar de melodramas absurdos la vida de los latinoamericanos, ha conducido a la novelería burguesa, indolente y acrítica, que acepta como destino manifiesto las desigualdades sociales que reproduce el capitalismo, sumado a la constante aspiración de la clase de los explotados, a ser reflejo de lo que ven en televisión. Instalaron un patrón de vida, que no se asemeja a la realidad, por tanto vivimos queriendo ser lo que se nos es imposible.

Por lo general uno cree, que las relaciones laborales en la serie “El Chavo” siempre fueron armónicas.  De hecho, en la visita del elenco a Chile en el año 1977, en plena dictadura militar, el Mismo Roberto G. Bolaños, afirma en una breve entrevista, que su trabajo es para el entretenimiento, y que no tiene ninguna “tendencia política”, cosa que es falsa de plano, pues sabemos ya harto, que los medios y sus producciones no son neutras y que detrás de ellas se esconde una intención política.  En un documental llamado La historia detrás del Mito (el Chavo), el mismo Bolaños señala de “mal agradecimiento y falta de lealtad” a los conflictos suscitados con parte de su elenco, por el interés de algunos de ellos de seguir por senda propia con los personajes que componían el staff de actores del Chavo.  

En ese sentido, y más cercano con nuestro tiempo presente, la demanda de Bolaños y la corporación TELEVISA, a Enchufe tv, por la parodia al Chavo, no es más que un fuerte indicador político de cómo la industria televisiva maneja los derechos de autor, haciendo de su propiedad el trabajo de los actores, privatizando el derecho de poder hacer uso de los personajes que crean y alimentan las producciones del “entretenimiento”. Todo esto no nos debe sorprender pues es el común de todos los mercaderes que mueven las industrias culturales, y que encuentran en las “masas” su acicate para reproducir la desigualdad social, instalando la idea del trabajo honesto, mientras que políticamente se hacen dueños del trabajo de los actores. La creación “tiene dueño” en los medios, y se priva la socialización de estos, pues los mismos están al servicio del capital y no de ningún “entretenimiento sano”. El problema vuelve a ser la propiedad, el lucro y el trabajo. 

El paraíso del chiste y las estadísticas reales.

Reír a carcajadas, haciendo mofa de la realidad siempre ha sido atractivo. Pero reír de lo repetitivo, de la violencia, de la pobreza, de la desesperanza, puede ser un tanto peligroso, más cuando dejamos a un lado algunos números realmente alarmantes, por ejemplo, El empleo informal mantiene el predominio en la región, absorbiendo

 actualmente alrededor del 53% de la fuerza de trabajo ocupada

 (CEPAL, 2008d) (p. 34).

 De igual manera, en un informe sobre la pobreza infantil en América latina y el caribe, impulsado por la unicef (2010), se afirma que En la región, alrededor de 2007 el 17,9% de los niños menores de 18

 años se encontraba en situación de pobreza extrema, llegando en

 total a algo más de 32 millones de niños en los 18 países (p. 38). Esto más recientemente, no obstante ha sido una constante en América latina, ya que para los años 80, la pobreza superaba un poco más del 40% y la pobreza extrema giraba alrededor del 22%. El asunto es, que hemos dejado de lado el problema, aceptándolo, como parte de la “idiosincrasia de Latinoamérica”, “somos eso”, con niños pobres y todo. Si vemos los números nos damos cuenta que, el 53% de los niños extremadamente pobres se concentraba en el Brasil (8,5 millones),

 México (4,3 millones) y el Perú (4,1 millones). La concentración en

 los primeros países es natural, debido a su gran población y a la

 etapa de la transición demográfica en que se encontraban, pero el

 porcentaje de niños extremadamente pobres no superaba el 14,6% en

 el Brasil y el 11% en México, mientras que en el Perú rondaba el 38% (p. 38), evidenciando una realidad alarmante, la cual ha sido una constante del siglo XX y lo que va del XXI en la región. Entonces,  ¿Cómo decir que se puede hacer “humor” en base a estos números? Sin duda alguna, estamos ante algunas de las secuelas del desarrollismo de Estado, que luego evoluciona (“malvoluciona” diríamos nosotros), hacia el Estado Neoliberal, el cual arroja cifras más alarmantes aun, pues el tema de la pobreza infantil, no es asunto de las grandes corporaciones que vienen a privatizar la vida misma de los seres humanos. Los niños no son importantes para el capitalismo.

Todo esto, son argumentos en los que se sostiene el Estado burgués y su proyecto político, el cual guarda relación directa con la concepción de acumulación de riqueza, que reproduce la lógica del capital. Falta meterle análisis político a los estudios sobre los medios, para dar cuenta de las ideas que instalan en sus consumidores, en su mayoría pasivos, y desnudar los verdaderos intereses que guardan tras las vestimentas de chicos bonachones, que hacen de la realidad un show. Se ignora la realidad, o se hace caricatura de esta. Se muere el Chavo y se tapa la realidad que vive México en la actualidad, pues todo índica, que el neo-liberalismo está “trabajando fuertemente” para hacer de éste, un Estado fallido, por tanto tapar la realidad con sentimentalismos “showseros” forma parte de una estrategia tramposa para que la memoria del pueblo, se vea obnubilada por un supuesto sentir colectivo, que es engañoso.       

 De esta forma, para decirlo con Buen Abad: Todos los personajes, que comparten con el “Chavo” sus aventuras en el reino de las desigualdades, son personajes en crisis. Trasminan inconscientemente todo lo que niegan de su realidad política para afirmarse una realidad de raiting. Son fantasía, incluso de sí mismos, iluminada con destellos de otra realidad más cruda que bien filtrada y purificada no mancha, con sus dramas de clase, la perfección de un micro mundo encerrado en sus trampas. Especie de esquizofrenia producida para salvaguardar la inocencia de los personajes y su público. Moral de patriarca.

Nosotros vimos al Chavo, y ahora somos revolucionarios. Por eso debemos estar atentos y  trabajar fuertemente para que nuestros hijos no se traguen los mojones que las industrias culturales producen “a bien” para ellos, de lo contrario seguiremos alimentando la indolencia burguesa que reproduce el Estado, cuando éste está al servicio de las oligarquías transnacionales. La nueva estética debe apuntar hacia la transformación de la sociedad, con la ética de los que quieren democratizar la democracia misma, haciendo de éste mundo un lugar para la vida, y no un sitio para risas estúpidas.       

 



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Carlos Rivas

Escuela Popular de Comunicación ?Eulogio Paredes?. Vocero de la Casa del Costurero.

 carlos_rivas_45@hotmail.com

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