La Hojilla antitv

El contragolpe del 13 de abril y el posterior contragolpe empresarial-petrolero de 2002, fueron piezas épicas revolucionarias (poesía popular heroica). Fulminaron el malévolo zarpazo fascista a peso de creaciones patrióticas construidas a pulso por el Comandante Supremo y el pueblo que lo acompañó. Entre las muchas conquistas y actos memorables que desencadenó, el haber puesto en su lugar a muchas, por no decir a todas, las instituciones de lo “constituido”, las que hasta ese momento gozaban de posiciones, prestigio y apariencias que no les correspondían, es de lo mas esclarecedor en la senda que habrá de transitar la revolución bolivariana en su devenir.

Pero la desmitificación de la televisión como elemento de intermediación social, fue quizá, el más importante de estos logros. Hasta ese momento la televisión había pasado inadvertida entre los gajes de su cotidianidad (porque además era la cotidianidad misma en un tramo de tiempo ahogado por su omnipresencia), agazapada detrás de sus propios bastidores, pues su rol de abduccionadora de cerebros, lo había cumplido a cabalidad, pero cuando el portento del Comandante Hugo Chávez, apareció en escena, tuvo que emplearse a fondo, abandonar su aparente condición de “medio”, y asumir sin escrúpulos, el “fin” en si mismo, el que los partidos políticos destartalados no pudieron acometer. Y en esa tarea desesperada desnudó de una forma ramplona toda su torpeza, pero también desnudó su inmenso poder, el que si bien, era una absoluta certeza para los círculos intelectuales y académicos, para la inmensa mayoría era apenas una sospecha escondida detrás del temor de descubrirla.

El problema que generó esta actitud, no es el que se derivó del abandono de todo proceder ético, este lo había soslayado desde mucho tiempo atrás dada su condición de mercader (el que le obligó a invadir en su afán de vender mas y mas, los espacios íntimos peligrosamente inermes del cerebro, el cual es un problema humano de consecuencias insospechadas), sino el que lo practicara a trocha y mocha sin importarle las consecuencias, sin ningún sentido de responsabilidad social, contra un pueblo indefenso. Es así que, develado su propósito, la televisión se hace pornográfica en la reiteración hasta el cansancio de su obsesión: frenar el proceso revolucionario bolivariano. Para mas decir, ese propósito, el de vetar y criminalizar la expresión popular, siempre estuvo presente como doctrina, disimulado paradójicamente en un fundamento nulo de toda veracidad, pero que le da sentido a su existencia: la libertad de expresión.

Esta situación, caracteriza un panorama oscuro, denso, pesado en el quehacer televisivo nacional. No hay nada que despunte, ninguna novedad en los tiempos extraviados de la cuarta republica, salvo algunas curiosidades en los programas de concursos que terminan en la irrupción de los llamados telerrealidad (reality show), consecuencia del posicionamiento de los deportes extremos, el abuso del cuerpo de la mujer como el gran vendedor y la exacerbación del sexo, las drogas y la violencia.

En ese horizonte, en donde la creatividad y la libertad de expresión están subordinadas al “dios mercado” y a la voluntad de los poderes fácticos, es en el que irrumpe un programa realmente novedoso; ya lo había hecho antes, “Alo Presidente” con una serie de características que rompen el molde convencional. En este caso es de La Hojilla, el espacio realmente irreverente, antitelevisión, bandera de la batalla mediática de los pueblos contra los monopolios de la desinformación. Ya su formato, en sus diferentes tiempos, nos advierte sobre su intención de subvertir el orden establecido, y la de derribar una serie de mitos que hacían impenetrable el tema de la televisión, empezando por el que la hace distante y ajena: ella no habla de si misma, ni de su ingeniería financiera, ni de sus dueños, y mucho menos de su lugar en “la estructura de poder”. La televisión no aparece en su propia pantalla. Esto cubría con un manto de misterio, fantasía y glamour, tanto a sus personeros como a toda su parafernalia. El que la hace inexpugnable: la televisión no se cuestiona a sí, ni a sus representantes, construyendo de esta manera, una sociedad de cómplices intocables, muy parecida a las sociedades secretas. El que le atribuye el significante de la realidad: solo es real lo que aparece en su ventana, lo que no aparece sencillamente no existe.

El que le proporciona el monopolio de la verdad: solo si lo dicen los medios es verdad (incluso la voz del enemigo solo dirá la verdad cuando aparece en la tv). Otro mito muy importante es el del tiempo y su valor de cambio; partiendo de la premisa de que en un segundo se pueden transmitir infinidad de mensajes, entre la magia del audio y la imagen, a cada segundo se le es adjudicado un precio astronómico expresado en dinero.

Pero la característica que le dio personalidad y fundamento a La Hojilla, fue su capacidad técnica, el manejo de alta tecnología, nutrirse de la inteligencia popular y su claridad ideológica para desmontar la contrarrevolucionaria estrategia comunicacional de la derecha: la remontada en la manipulación mediática y la elaboración de abundante matriz de opinión con la cual crear un país ficticio en las pantallas, totalmente diferente al real verdadero, confundiendo al indefenso usuario, al punto de oponerlo, no solo a sus intereses de clase y a favor de sus argumentos contrarrevolucionarios, sino rabiosamente contra el proceso bolivariano y su gente, al extremo de crear el caldo de cultivo para una guerra civil.

Ahora, lo que convierte a La Hojilla, mas allá de la importancia que tiene su tarea revolucionaria (la versatilidad en armar la defensa ante el inclemente ataque mediático), en un espacio revolucionario real, es su conexión con el pueblo. No hay otra trinchera de lucha mediática con mayor ascendencia entre la militancia de base que ella. Si alguien quisiera medir el grado revolucionario de alguna acción, no tiene mas que fijarse si aquella a prendido o no, en la conciencia popular. Y ello no solo lo ha hecho La Hojilla, sino que ha contribuido en grado sumo, a la construcción de esa conciencia. Pudiera también observarse el hecho de si la ausencia de cualquier otro programa, sea cual fuere su género, orientación o contenido, causa en las bases, el mismo efecto de pérdida, derrota o duelo que ha dejado su salida del aire. Pudieran verse en ese espejo otros camaradas con la misma tarea para revisar el impacto de su trabajo en la formación de los bolivarianos del siglo veintiuno, que no son otra cosa que los chavistas.

La Hojilla ha hecho de este, un pueblo mas culto en materia de información, comunicación, opinión publica, guerra de cuarta generación, monopolios y transnacionales de la información, de sus intereses, de quienes están delante y detrás de estos. De las formulas de cómo tergiversan y manipulan, pero sobre todo del inmenso poder que comportan, el que puede estar al servicio de las causas comunes y ello en el fondo, es un acto de liberación, por lo tanto es revolucionario.
La televisión no deberá ser la misma después de la Hojilla, por lo menos la nuestra. Si lo es, habríamos arado en el mar.

¡Chávez vive, La Hojilla sigue!


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Milton Gomez Burgos

Artista Plástico, Promotor Cultural.

 miltongomezburgos@yahoo.es      @MiltonGomezB

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