El abismo de la Cumbre de Copenhague

En dos trabajos anteriores titulados “Los pueblos remontan las cumbres con sus pesadas cargas como Sísifo” y “Copenhague: la tierra espera y si este mundo es horrible, ¡créese otro mundo!”, expresé algunas consideraciones y enfoques sobre el desarrollo de este magno evento sobre el cambio climático. Ahora ofrezco una visión sobre su clausura, en que destacan la falta de los resultados concretos y esperados, el desprecio y la burla a las expectativas y exigencias de la mayoría de los países y la violación de principios cardinales del derecho internacional en la conducción de la cumbre por los organizadores y los anfitriones.

Ha concluido, pues, la Cumbre sobre el Cambio Climático celebrada en Copenhague. Dos largos años de trabajo a nivel de expertos y funcionarios de distintos niveles de los países debieron augurar un mejor final, e incluso, un final exitoso y feliz. Pero no, los debates finales de estos días a fin de llegar a consensos sobre los múltiples aspectos de la agenda y, por lo tanto, de una declaración de principios y compromisos que diera respuesta a las necesidades del mundo y a las expectativas esperanzadas de la humanidad, no alcanzaron la cima prometida por la Cumbre y, lamentable y contrariamente, descendieron al abismo.

A última hora, los Estados Unidos y un grupo de países convocados por el amo imperial, decidieron asaltar, con alevosía y nocturnidad, el foro de la ONU presidido por Dinamarca, e imponer en un tiempo relámpago un documento elucubrado en las trastiendas de los poderes mundiales, sin consulta previa a los países reunidos en Copenhague.

Esta declaración sólo pretendía cumplir un papel formal en torno al tema, pues se hurta el cuerpo a las soluciones verdaderas demandadas y a los compromisos vinculantes de cada país, incluyendo los aportes financieros de los países más ricos. Este episodio es la expresión de la dictadura que en forma evidente pugna por invadir los instrumentos decisivos de la ONU y con ello hacer añicos los principios que sustenta la Carta de esta organización.

Por eso, ante esta frustrante experiencia que el mundo ha vivido en estos días, enfrentado a un problema que es de vida o muerte para la humanidad y la vida en la tierra, se me ocurre rescatar, desde las honduras de la historia humana, algunas ideas de Isócrates, profesor y orador ateniense (436-338 a.n.e), contenidas en su célebre Panegírico (380 a.n.e).

Estas palabras fueron válidas entonces cuando el mundo era más niño, y lo son mucho más ahora, cuando el mundo, si las cosas no toman mejor camino, se aboca a un callejón sin salida ante el agravamiento de las condiciones del medio ambiente por el calentamiento climático y los problemas diversos asociados.

Las causas de estos fenómenos radican en la explotación irracional y egoísta que han impuesto los países conquistadores, ahora ricos y altamente desarrollados, al resto del mundo, durante siglos.

A pesar del desastre ecológico y social que se padece y que se avizora como terrible en el futuro, aún así y ahora estos países ricos, se niegan a participar seriamente en la solución del problema y a revertirlo o mitigarlo lo antes posible, y defienden con uñas y pezuñas suicidas sus ancestrales privilegios.



Decía Isócrates hace más de dos mil años:

“La era en que vivimos podría lograr gloria imperecedera si viese realizada una empresa gracias a la cual los que han vivido en la opresión por tan largo tiempo pudieran saber, durante algún periodo de su existencia, lo que significa ser feliz.

Esta infortunada generación ha pagado suficiente tributo a la miseria. ¿Qué calamidad le queda por sufrir?

Muchos perecieron en el seno de su país; otros se han visto obligados a vagar con sus mujeres y sus hijos por tierras inhospitalarias.

Quiera el destino que los dirigentes de hoy encuentren una manera de poner término a nuestras presentes dificultades.

Los tratados de paz son insuficientes para lograr tal propósito. Pueden retardar, pero no prevenir nuestros infortunios.

Necesitamos un plan más durable que ponga fin a la hostilidad con que nos miramos unos a otros, y nos ate con lazos duraderos de afecto recíproco y mutua fidelidad”



Hay que convenir con Isócrates en que necesitamos un plan que salve a la humanidad de las discordias y hostilidades, la libre de la opresión y la miseria y le permita saber, durante algún o todo el periodo de su existencia, lo que significa ser feliz.

wilkie@sierra.scu.sld.cu


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Wilkie Delgado Correa


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