José Martí vive en Cuba y América después de 155 años

El hombre nace y muere. Entre estos dos momentos cardinales queda la existencia con su cosecha de éxitos y fracasos, de satisfacciones y frustraciones, de victorias vivificadoras o de derrotas aplastantes. Todo lo bueno y lo malo se acumula. A veces mantiene un equilibrio justo, otras veces queda en forma desbalanceada hacia lo mejor o peor. Y ahí está el hombre, con sus reservas potenciales y reales, en medio de circunstancias favorables o adversas. Pero el hombre no es, necesariamente, la suma de sí mismo más sus circunstancias. Existen fuerzas y resortes que pueden modificar los resultados de esa ecuación existencial. De todas formas, los factores de la ecuación están ahí presentes, y sobre ellos interactúan elementos diversos del mundo material y espiritual, que producto de reacciones diversas y cambiantes en las personas, dan finalmente una resultante dada entre dos polos: el aniquilamiento absoluto o la victoria contundente del ser humano. Por tanto, fuerzas internas y externas inciden y deciden la resultante final.

La vida individual del hombre en toda su dimensión y su representatividad, de un confín a otro del mundo, con realidades naturales y sociales tan diversas, está marcada por la naturaleza y la sociedad que le circunda, que le sustenta, que le libera o esclaviza. Es su medio natural para nacer, crecer, desarrollarse, vencer o ser derrotado, morir o no en vida, y finalmente, morir dejando un rastro perdurable, o simplemente, morir esfumado como un fantasma que jamás tuvo una existencia real. La trascendencia y la intrascendencia de una vida, he ahí una cuestión existencial de carácter fundamental. Instantaneidad o perdurabilidad de una vida se asocian a este hecho cardinal, que depende fundamentalmente de la cosecha aportada y legada por cada ser humano a sus coetáneos y a las generaciones futuras. Quien sólo siembre para sí, o viva holgazana e improductivamente, será como una semilla podrida encerrada en una tumba vacía. Pero quien siembre para sí y para los demás, será semilla eterna sembrada en el corazón de los hombres y, por eso mismo, escapada para siempre de una tumba. Esa semilla crecerá y será árbol, de mil formas distintas, en las vidas de un número menor o mayor de otros hombres, quienes serán sus portadores y sustentadores firmes y leales en cualquier rincón del mundo.

José Martí, Héroe Nacional de Cuba, nació el 28 de enero de 1853 y murió en combate, el 19 de mayo de 1895. Durante esa corta vida de cuarenta y dos años creó una vasta obra en campos diversos del saber humano y libró una lucha trascendente por Cuba, América y el mundo. Sus vivencias, meditaciones, inclinaciones naturales y sensibilidad propia, conformaron y desarrollaron un ser humano especial que devino líder de sus compatriotas de su época, en sus heroicas batallas por la libertad e independencia de la patria. Después de su muerte ha continuado siendo luz y guía de su pueblo en sus nuevas luchas por la consecución de sus nuevos objetivos cardinales y su felicidad.

Tenía veintisiete años cuando en 1880 escribía a su amigo Miguel F. Viondi

“Tengo pensado escribir, para cuando me vaya sintiendo escaso de la vida, un libro que así ha de llamarse: El Concepto de la Vida.” (EP, I, 176-8)

Este proyecto de libro que confiesa en esta carta a su amigo, quedó irrealizado como obra con estructura y carácter propios. No obstante, a lo largo de toda su vida fue dejando aquí y allá, y en todas parte, sus reflexiones filosóficas y las confesiones íntimas sobre este tema. Por eso pienso que el concepto o sentido de la vida de José Martí fue escrito fragmentariamente durante el transcurso de su vida. Uniendo con amor esos fragmentos va a surgir, con unidad orgánica esencial, la obra completa, con la fuerza que tiene no sólo lo pensado, sino lo sustancial y consecuentemente vivido. Esta ha sido sin duda la obra de mayor trascendencia: por su valor humano, por su código ético, por su filosofía existencial, por sus principios cívicos y políticos, por su siembra y cosecha de sentimientos nobles e ideas verdaderas y por sus aportes a la lucha eterna del bien contra el mal.

Para una comprensión y un acercamiento a las circunstancias relacionadas con dicha confesión martiana sobre el proyectado libro, creo conveniente exponer que en su epistolario correspondiente a este año (1880) se destacan desde los desgarros, pesares y esperanzas íntimas hasta su profesión de fe en la causa revolucionaria de su patria. Libra una lucha desesperada entre los mandatos de su deber como patriota y las exigencias de su deber como hombre ante las necesidades e incomprensiones familiares. En estos fragmentos se descubren los hilos invisibles de una trama existencial compleja, que brota de una interrogante inicial: “¿Bastará mi energía para abrirme un humilde hueco en esta tierra?”, y de una afirmación verdadera: “no ha habido día que no haya sido para mi señalado por un recio combate interior.”

He aquí las manifestaciones paladinas de ese combate interior que dejaba heridas permanentes en su alma sensible. En carta a Viondi escribe:

“[...] Ni ¿qué derecho tiene un hombre a ser feliz ? Lo cual no amengua mi fuerza, -antes la templa mejor y la prepara. Las penas tienen eso de bueno: fortifican.

[...] Yo creí poder llamar a mi lado a mi mujer para abrir, luego de haber echado algunas raíz en esta tierra,- y me veo, con razón muy sobrada, obligado a hacerla venir sin demora alguna. Aquí vislumbro campo, y viviré. Intentaré todo lo honrado, y me ayudarán de buena voluntad.

[...] ¿Bastará mi energía para abrirme un humilde hueco en esta tierra? En mi fortaleza y en mi voluntad espero.

[...] Lo de mi padre, cada día más se enferma, me tiene loco.- ¡Ah, terrible deber! ¡Ah, pobre viejo! ¡Y yo – más pobre!

[...] Una imprenta amiga puede ser para mí un gran recurso. Puedo ser en ella ¡para abrigar del frío a mi pequeñuelo, desde corrector de pruebas hasta autor de libros! Y pienso seriamente en unos sobre América, biográficos, históricos y artísticos, pero todos interesantes, por todos entendibles,- libros pequeños, amenos, cómodos y baratos”. (EP, I, 163-5)



En otra carta a Viondi dice:

“[...] Aún no sé qué va a ser de mi- ¡qué no haré yo porque tengan ella y mi pequeñuelo, cuanto les sea necesario”. (EP, I, 166)

En una misiva a su amigo Emilio Núñez escribe:

“Con júbilo le escribo, por lo que usted vale,- y con vergüenza, porque intereses de la patria y deberes míos, me obligan amando la espada, a estar en tierras frías haciendo espada de la pluma”. (EP, I, 75)

En la referida carta a Viondi del 24 de abril de 1880, en la cual le anuncia su proyectado libro, Martí le confiesa circunstancias y estados de ánimos.

“[...] Carmen me fue mensajera de cariños de Ud. y de bondades suyas. Estas vinieron hacerme más llevaderas las amarguras de una existencia seriamente difícil, -donde- llena la mente de fieras ideas -me perturbaban; y el día de graves y generales quehaceres,- tengo, sin embargo, que distraer todas mis pobres fuerzas y buscar modo de emplearlas para mi propia vida en un mundo, y contra un mundo completamente nuevo. No es esto lo que debilita. La herida me vino de la soledad que sentí. No la siento ahora,- pero las raíces, aún luego de bien arrancadas, dejan largo tiempo su huellas en la tierra. Yo temo siempre que no me quieran bien [...]

[...] Es admirable el poder de la voluntad- tenaz y honrada. V. sabe que, por imaginativo y exaltable que yo sea, he sufrido y pensado bastante para que en mi corazón no quepa gozo que mi razón no crea completamente justo. Lo imposible es posible.- Los locos, somos cuerdos.- Aunque yo, amigo mío no cobijaré mi casa con las ramas del árbol que siembro.

[...] No sé como se puede, con estos dolores sentados a la mesa y acostado en la cama, tener la mente libre para cosas más altas!

[...] De querer, podré dejar. De agradecer no dejaré jamás. Es tal vez la alegría más grandes que me llevaré de la tierra: la bondad de los hombres”.

Este es el contexto existencial que rodea a Martí: esposa, hijo, padres, patria, ámbito geográfico, trabajo real, precaria situación económica. Y dentro de sí: sus emociones y sentimientos, sus proyectos soñados, sus valoraciones, sus vaticinios y, presidiendo todos éstos, sus confesiones sobre el colofón ético y existencial:

“No cobijaré mi casa con las ramas del árbol que siembro”

“De agradecer no dejaré jamás. Es tal vez la alegría mas grande que llevaré de la tierra: la bondad de los hombres”.

Al celebrase el 155 aniversario de su natalicio reconforta saber que la vida, obra y pensamiento de José Martí, permanecen vivos y venerados en la patria que fuera la razón de su vida, así como también en la patria mayor de “nuestra América”, según la nombrara con su sentimiento filial.


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Wilkie Delgado Correa


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