Qué elige Argentina

Dos distritos emblemáticos le dieron la espalda al presidente Néstor Kirchner el 24 de junio, en elecciones de segunda vuelta para gobernadores. Una nube de pesimismo –injustificada, dicho sea por adelantado– oscureció el panorama político nacional.

En la Capital Federal, rica y sofisticada metrópoli con 2 millones y medio de votantes, Mauricio Macri, representante de la ultraderecha liberal, proveniente del peronismo gobernante en la fatídica década de 1990, aventajó por 22 puntos porcentuales –61 a 39– al hombre puesto por el Presidente para disputar el cargo. En la remota isla del fin del Sur, con menos de 100 mil electores, una mujer de historial progresista le ganó por cinco puntos al candidato oficial.

Estos resultados golpean de lleno al Presidente y dan pie a una implacable ofensiva mediática. Kirchner asumió como propia la campaña en la Capital Federal y enfrentó personalmente a Macri.


¿Giro a derecha?

Pese a las apariencias, el alegado giro del electorado porteño hacia la derecha no se corresponde con la realidad. El primer y más crudo dato para contrarrestar esa impresión es el nivel de abstención, que llegó al 35%, cifra elevadísima para las pautas locales, donde el sufragio es obligatorio. De los votos emitidos, hubo un 3% blancos y otro 2,8% nulos. Sumados, quienes no votaron o no lo hicieron de manera positiva equivalen al 39,09% del padrón. Así, sobre el total de electores, Macri obtuvo el 35,8% y su contrincante el 25,03%.

Pero hay dos factores de mayor relevancia aún: camuflada de democrática, la derecha no se presentó con discurso propio; enfrente, muy pocos identificaron al candidato oficial con la izquierda. Estos resultados –como los registrados en los últimos años– indican despolitización, ausencia de certezas, plasticidad moral del ciudadano medio. Es sobre la argamasa creada por esos factores por donde avanza el fascismo. Pero no cabe confundir potencia con acto.


Otros resultados

En un cuadro de acelerada descomposición y desagregación de todos los partidos, la distancia entre el peso personal de Kirchner y la capacidad electoral de la estructura que lo acompaña es notoria. Aunque resulte paradojal, la misma causa que sustenta su neta preponderancia frente a cualquier rival, es la base de su debilidad. En cuatro años, la organización política creada por el Presidente para los comicios de 2003, el Frente para la Victoria (FPV) pudo atribuirse la victoria lograda con diferentes alianzas en la renovación parcial de ambas Cámaras en 2005, pese al traspié del ex canciller Rafael Bielsa que en la Capital Federal salió tercero con 21%. Pero en ocho elecciones provinciales posteriores, el FPV no ganó ninguna. El caso del referendo en Misiones, en octubre pasado, fue grave porque también allí se involucró directa y personalmente la figura presidencial: el obispo Joaquín Piña, a la cabeza de una coalición progresista superó al gobernador Carlos Rovira por 56,6  contra 43,4%. Antes, también con intervención directa de Kirchner, había sido derrotado el justicialismo al que apoyó en Santiago del Estero: el radical Gerardo Zamora se impuso con el 46,5%. Ya este año, en la constituyente de Corrientes (18/2), al igual que las elecciones para gobernador en Catamarca (11/3), Entre Ríos (18/3) y Río Negro (20/3), el FPV perdió aunque ganaron figuras del justicialismo o de la Unión Cívica Radical aliados al carro vencedor de Kirchner pero crudamente enfrentados con su estructura. Luego el Presidente perdería sin atenuantes ante fuerzas explícitamente enfrentadas con él en Neuquén (3/6), antes de rodar en Buenos Aires y Tierra del Fuego.

Sigue un calendario complicado: el 26 de agosto Kirchner obtendrá una victoria en Tucumán. Luego, el 2 de septiembre la suerte se juega en dos provincias clave: Santa Fe y Córdoba. En la primera los pronósticos anuncian la derrota oficialista frente a una alianza del Partido Socialista y la Unión Cívica Radical. En la segunda, Kirchner abandonó a última hora a su hombre más próximo en la provincia, Luis Juez, para aliarse con Juan Schiaretti, candidato del actual gobernador José De la Sota –acérrimo enemigo del Presidente– y ex mano derecha de Domingo Cavallo, el ministro de Economía de los años 1990. El 16 de septiembre Kirchner previsiblemente ganará en Chubut con candidato propio, pero perderá en Chaco ante la UCR. La elección en el resto de las provincias coincide con el comicio presidencial. Y allí Kirchner cuenta con Buenos Aires, cuyo decisivo peso electoral puede garantizarle la victoria.


Después de octubre

Si Kirchner recupera la iniciativa, es improbable que la oposición ultraconservadora, disgregada y sin base de sustentación popular, logre pasar a una segunda vuelta, instancia en la cual podría aspirar a unirse contra Cristina Fernández de Kirchner, hasta ahora candidata presidencial. El problema será gobernar después de octubre. Aunque de manera distorsionada, las advertencias del electorado reflejan cuestiones de fondo irresueltas, que se agudizarán de ahora en adelante. Estados Unidos asecha, presiona y chantajea para sacar a Argentina de la convergencia suramericana. Antiguos y nuevos cuadros políticos respaldados por los grandes medios de difusión ven ahora la oportunidad de dar el zarpazo. Muchos de ellos están aliados al Presidente. En sentido inverso, no menos elocuente es la explosiva reaparición de Sergio Acevedo, figura clave en el primer período del actual gobierno, que con motivo de la prórroga de concesiones petroleras a empresas extranjeras en Santa Cruz y Chubut, sostuvo que “se está profundizando la matriz económica menemista” y anunció su decisión de “dejar de pertenecer al espacio kirchnerista”.

Este oleaje se agigantará en el próximo período, al margen de los resultados electorales. En medio de esa tormenta Argentina deberá resolver qué destino elige.

 



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Luis Bilbao

Escritor. Director de la revista América XXI

 luisbilbao@fibertel.com.ar      @BilbaoL

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