Argentina. Miseria planificada

En el dilema entre la mafia y el Estado, Javier Milei se inclina por la primera. Debe ser por eso que los convocó al gobierno

En diciembre de 1974, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Resolución 3.281(XXIX), que establece la Carta de los Derechos y Deberes Económicos de los Estados. Esta iniciativa, presentada por el gobierno mexicano en la reunión de la UNCTAD de 1972 en Santiago de Chile y adoptada por el Grupo de los 77, resalta puntos fundamentales:

–Derechos soberanos: Reconoce el derecho soberano de los Estados para utilizar sus recursos en aras de su desarrollo económico y social, enfatizando la importancia de la autodeterminación económica.

–Recursos naturales: Afirma el derecho de los Estados a ejercer soberanía permanente sobre sus recursos naturales.

–Integración económica: Fomenta la integración económica regional como medio para mejorar el desarrollo económico y social, promoviendo la colaboración entre Estados vecinos.

–Desarrollo de Países en Desarrollo: Destaca la necesidad de proporcionar asistencia y apoyo especial a los países en desarrollo para superar desafíos económicos y lograr un desarrollo sostenible.

–Respeto a la soberanía nacional: Subraya la importancia de que los Estados respeten la soberanía y la integridad territorial de otros estados en sus relaciones económicas y comerciales.

Estos principios resaltan la importancia de la cooperación internacional, la no discriminación en el comercio, la gestión sostenible de recursos y el respeto a la soberanía de los Estados en asuntos económicos. La declaración busca establecer un marco equitativo y justo para las relaciones económicas globales, garantizando la autonomía nacional.

Tres años después de la aprobación de la resolución, el 25 de marzo de 1977, un día y un año después del golpe cívico-empresario-mediático-militar en Argentina, el periodista y escritor Rodolfo Walsh publicó «Carta abierta a la Junta Militar«. Ese mismo día fue secuestrado y asesinado por el gobierno dictatorial.

En el 2018, el filósofo José Pablo Feinmann, en un artículo titulado «La miseria planificada«, comentó que releer hoy la Carta de Walsh a la Junta Militar estremece. Lo mismo podría decirse en la actualidad argentina, solo después de 81 días de gobierno libertario. La simetría con el gobierno actual es alarmante. Según una conocida consigna para el entonces presidente Mauricio Macri, «Macri es la dictadura», canto que puede extenderse a un actual «Milei es la dictadura».

Pero lo extraño es cómo el mundo llegó de 1974 con la Carta de los Derechos y Deberes Económicos de los Estados a la actualidad, donde el periodo de entreguerras (1918-1939) tiene tantas semejanzas, similitudes y paralelismos con la actual situación, que resultan alarmantes: crisis económica, cambio político, resurrección del nacionalismo, tensiones geopolíticas, desafíos en la economía global, concentración del ingreso, caída del comercio, etc.

En ese contexto, el desvarío parece ser la regla. El presidente estadounidense, Joe Biden, presagió un próximo alto al fuego en Gaza. El plan se está negociando con la ayuda de Estados Unidos, Egipto, Qatar y Francia, entre otros. Las declaraciones sobre la masacre que mató a casi 30,000 personas en Gaza, donde el hambre y la deshidratación generalizadas podrían hacerlo con miles de personas más si una cantidad significativa de ayuda no ingresa urgentemente al territorio palestino, no parecen preocuparlo. Las declaraciones las realizó mientras sostenía un cucurucho de helado en Nueva York, como muestra el video.

Días después del pedido de ayuda humanitaria, tropas israelíes abrieron fuego sobre palestinos que corrían a recibir provisiones de un convoy con ayuda en la ciudad de Gaza, masacrando a 112 palestinos. Oficiales israelíes reconocieron que las tropas dispararon hacia algunos en la multitud porque creían que representaban una amenaza. La intimidación a las tropas la llevaban a cabo ciudadanos palestinos que fueron a un punto de distribución en mitad de la noche porque escucharon que habría un reparto de comida. “Llevamos dos meses comiendo alimento para animales”, dijeron.

La ONG Oxfam reafirma la idea de miseria planificada en su informe publicado el 15 de enero, titulado «Desigualdad S.A.» donde relata que, desde 2020, la riqueza conjunta de los cinco hombres más ricos del mundo se ha duplicado. Durante el mismo período, la riqueza acumulada de cerca de 5,000 millones de personas a nivel global se ha reducido. Las penurias y el hambre son una realidad cotidiana para muchas personas alrededor del mundo. A este ritmo, se necesitarán 230 años para erradicar la pobreza; sin embargo, en tan solo 10 años, podríamos tener nuestro primer billonario.

Un estudio publicado por la misma ONG, pero en Brasil, estima que un impuesto de hasta el 5% a los más ricos de los países del G20 podría recaudar alrededor de 1.5 billones de dólares al año, una cantidad que, según esta organización, es suficiente para acabar con el hambre mundial. Las ideas están en línea con la propuesta que Brasil presenta en la reunión de ministros de finanzas y presidentes de bancos centrales del G20, los días 28 y 29 de febrero en San Paulo, para aumentar los impuestos a los llamados «súper ricos». Según Oxfam, el 75% de los millonarios del G20 apoyan unos impuestos más altos y más de la mitad considera que la riqueza extrema es una «amenaza a la democracia». Aunque Oxfam lo diga, en Argentina, y en la Provincia de Buenos Aires, específicamente, los ricos no parecen tan convencidos.

Europa, por su parte, encubre la idea de planificar la miseria reemplazando la mala toma de decisiones con un relato bélico que lleva a una economía de guerra. “Tenemos que gastar más, tenemos que gastar mejor”. Estas han sido las palabras que la presidenta de la Comisión Europea (CE), Ursula von der Leyen, utilizó para anunciar en una entrevista en The Financial Times la nueva estrategia en cuanto a gasto en la industria armamentística europea. “El mundo se ha vuelto más duro”, en referencia a los conflictos bélicos, y se han “incrementado las amenazas geopolíticas”, por lo que la Unión Europea debe acelerar su capacidad industrial de armamento. Pero, en especial, propone una compra conjunta de armamento a EE.UU. Esto demuestra que la crisis económica, la falta de energía y la migración de la industria no son la causa de la obsecuencia con EE.UU.; el culpable es Vladimir Putin.

Esta idea llevó a un desatino del presidente francés tal que Polonia y Alemania, entre otras naciones, afirmaron que no enviarán tropas a Ucrania, luego de que el presidente galo considerase tal acción como una hipótesis verosímil. Recordó que en el invierno de 2022 se hablaba de enviar “sacos de dormir y cascos”, y “hoy se dice que hay que enviar misiles y tanques”, y sostuvo: “Todo es posible si es útil para alcanzar nuestro objetivo”. El problema es saber cuál es el objetivo.

Los militares de la OTAN ya están en Ucrania, pero todos miran para el costado, sobre todo si van perdiendo. El relato consistía en que el gobierno ruso caiga, que Putin lleve a su país a la quiebra con ayuda de las sanciones europeas, pero en contrario es la Unión Europea la que a la quiebra. La misma que llegó el 21 de febrero a un acuerdo político para imponer una nueva ronda de sanciones contra Rusia, la decimotercera desde que invadió Ucrania, aunque ninguna de las previas funcionó.

La idea de los desaciertos económicos europeos queda plasmada en los trece intentos que Europa y EE.UU. sancionaron a Rusia, expresados y resumidos en dos cuadros que muestran la contradicción en la lógica implementada. Estos cuadros son las exportaciones polacas a Bielorrusia y Kirguistán. Ambos países alcanzan máximos históricos de importaciones polacas. La coincidencia del hallazgo polaco del destino de sus exportaciones suele coincidir con las necesidades moscovitas de las mismas. La maximización de beneficios se encuentra en el ADN empresario; vender es la lógica, aunque sea al enemigo sancionado. Europa atenta contra las sanciones de Europa.

Usar como guía a un ridículo outsider de la economía como el oscuro economista estadounidense Murray Rothbard, defensor del liberalismo de la escuela austriaca, cuyos escritos atraparon al presidente argentino Milei, podría servirnos para tener una idea de la planificación encubierta en la “economía de guerra europea” o la desintegración del estado nacional en Argentina con sus medidas económicas.

Utilizando los escritos de Rothbard de la economía de guerra en “Hombre, Economía y Estado” y también en su libro “Poder y mercado,» en los cuales rechaza la hipótesis de la “prosperidad de la guerra». Las causas en general tienen que ver con la desviación de recursos, por ejemplo, sustitución de recursos productivos hacia actividades relacionadas con la guerra, como la producción de armamentos, lo que la síntesis neoclásica llamaba el dilema de producir cañones o manteca. En el caso europeo, los efectos de inventar una economía de guerra trasladan los efectos de la producción y los beneficios industriales a las multinacionales extranjeras, básicamente estadounidenses.

La guerra implica un aumento significativo en el gasto gubernamental. Rothbard sostiene que este aumento tiende a financiarse mediante la inflación, impuestos y endeudamiento público, lo cual puede distorsionar la estructura de producción y generar problemas económicos a largo plazo, inflación y endeudamiento. Como marcan los ítems anteriores, la guerra puede alterar drásticamente la producción y el consumo. Rothbard señala que, aunque puede haber un aumento temporal en la producción de bienes relacionados con la guerra, esto se hace a expensas de bienes y servicios que satisfacen las necesidades más urgentes de la sociedad.

Esta descripción se apega perfectamente a ambos lados del Atlántico, siendo la representación de un manual del saqueo, un protocolo de la estafa que guía a que no exista forma más segura de demostrar el apoyo al esfuerzo bélico que la “abstinencia voluntaria del consumo”. Esta idea se aplica para la economía de guerra europea, donde sus ciudadanos tendrán que ajustarse, o para la batalla interna en Argentina contra los despilfarros de la casta. Pero lo importante es que la abstinencia voluntaria del consumo y las contribuciones voluntarias al Estado sean eso, voluntarias, como dejar de consumir y aceptar alegremente tal restricción. En caso de que las fuentes voluntarias no sean suficientes para financiar la guerra o la normalización económica, habrá que reducir los gastos no militares de los gobiernos, como salud, educación o jubilaciones, entre otros.

En resumen, con cambios de nombres, liberales, neoclásicos, austriacos o libertarios comparten una misma idea: permitir que una élite robe a manos llenas a la sociedad en su conjunto. Aunque desde una perspectiva libertaria esto pueda parecer aceptable, la creencia de que la abstinencia voluntaria del consumo en todos sus aspectos lleve al país a la normalización económica, entendida como concentración del ingreso, no parece una idea forzada. La economía, a través de la planificación de la miseria, está desempeñando un trabajo extraordinario.

 

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