La tiranía de la digitalización y el vaciamiento del sentido de la vida

La pérdida de sentido en las sociedades contemporáneas tiene sus raíces, entre otras cosas, en el vértigo de la información y el dato que se precipita sobre nuestras vidas. Importa el dato y lo cuantificable y no los recuerdos ni los referentes que brinden sustancia y estabilidad en las relaciones sociales. El ciberespacio crea una constelación de emociones que desbordan la materialidad de las sociedades, pero que succionan al individuo y lo hunden en el laberinto de sus sueños y de su impotencia. Todo lo sólido se desvanece en el aire (Marshall Berman) y el mundo líquido (Zygmunt Bauman) son solo dos acercamientos a esa tendencia general de las sociedades diluidas por la prisa y corroídas por la ansiedad y la paranoia del eficientismo y la competitividad.

La verdad como principio estabilizador de la vida se trunca en el mundo post-factual que se traza conforme la mentira se confunde con la información, y ésta se relaciona abiertamente con intereses creados. Entonces el eje vertebrador de la era digital es la incertidumbre, lo volátil y la lapidación de la palabra. La tergiversación semántica irrumpe como sucedáneo de aquella información formativa y que estructuraba el pensamiento. La mentira es más contundente que los hechos, conforme aquella se apropia del neocortex, los afectos e irradia una simetría entre lo verdadero y lo falso. A estos solo les separa la cercanía o inclinación hacia una postura y otra que se finca en la sociedad de los extremos.

Si las emociones suplantan a la razón en la era digital, entonces los lazos estrechos que suponen compromiso y confianza se relajan y no se apuesta a relaciones humanas estables ni a construir conocimiento ni, mucho menos, a acumular y procesar experiencia. La fetichización del dato conduce a la trivialización de la vida y al vaciamiento del recuerdo, y entonces ésta –la vida– se despoja de las posibilidades de aprendizaje. Y aquí se presenta la fatalidad de que información no es sinónimo de conocimiento, ni de que a mayor comunicación se teje sentido de comunidad. La mayor representación factual de esto son las redes sociodigitales y la banalización que en ellas se hace de la noción de amigo; son plataformas de interacción pero en ellas no es posible descubrir la esencia y complejidad de "el otro". Las personas son un dato más en el conteo de esas "amistades" y seguidores; no son biografía ni racionalidad. Lo intangible, la información, construyen nuevos sentidos que distan de la certidumbre y la estabilidad. Esos nuevos sentidos cruzan por la adicción a la virtualidad y la desestructuración de las relaciones cara a cara ante el vértigo de la digitalización. De ese modo, la ansiedad emerge como esa sensación que mueve a los ciudadanos adictos a lo digital y a la información.

El sentido de la historia se extravía ante la discontinuidad de la información y ante la fascinación por el dato que, por sí mismos, no construyen significado. Si la memoria es despojada, entonces la vida en sociedad tiende a fragmentarse y a dispersarse, hasta quedar a expensas de un panóptico digital que vigila a partir de la información y de los dispositivos de control. Quizás allí está la clave de la información como parte crucial del nuevo patrón de acumulación: el control sobre el cuerpo, la mente, la conciencia y la intimidad dada por esa vigilancia y las nuevas formas de explotación. De ahí que la digitalización sea el cautiverio de la acción como praxis histórica y, a su vez, la entronización del individualismo hedonista con un homo digitalis seducido por el placer inmediatista y la adoración del statu quo. El consumismo es la más acabada expresión de esta era digital, y que se corresponde con la libertad de elegir pregonada por Milton Friedman a inicios de la década de los ochenta del siglo XX y que privilegió el fundamentalismo de mercado.

Sin embargo, cabe acotar que ese control, en realidad es un autocontrol ante la dictadura autoimpuesta de la felicidad y el vértigo del rendimiento que conduce a los individuos a exigirse más y más a sí mismos, en medio de ese laberinto de la eficiencia económica, le meritocracia y la competitividad.

Imbuidos en la digitalización, no nos percatamos de que ésta no transforma la historia, sino que tiende a domesticar el pensamiento crítico y a anestesiar la capacidad para imaginar y soñar utopías. Transformar la realidad no es algo que se encuentre en el espectro de este homo digitalis porque la prioridad –en no pocos casos– es el placer por el placer y la evasión respecto al mundo fenoménico y sus contradicciones. El mayor de los desafíos en esta era recae sobre la praxis política al sustraerse al ciudadano de las posibilidades de transformación de la realidad y de la construcción de respuestas respecto a los problemas profundos y lacerantes del mundo contemporáneo.

La sociedad de consumo de masas en la era digital es una que conforma una civilización del desperdicio y donde los bienes de consumo, con la obsolescencia tecnológica programada, no son poseídos ni pensados o sentidos en clave histórica. Se desechan y se tornan efímeros; sin contacto profundo con quien los consume, mientras que se les apropia solo como mercancías. La referida trivialización de la vida es también su asunción como mercancía. De ahí que la mercantilización de la vida socave a la misma comunidad y refrende al individualismo y la atomización de la sociedad. Es un juego de casino donde se aspira a que todo y todos seamos consumibles.

En esa lógica, la libertad se confunde con el consumismo y con la adicción digital. Pero una de las pocas relaciones íntimas se suscita con el teléfono móvil, al extremo de que al extraviarlo el individuo se siente vulnerable e invadido por el miedo. Pese a su uso para comunicarse de manera impersonal y sin voz, la soledad emerge de entre su pantalla táctil y "el otro" es diezmado conforme aumenta la compulsión por el mensaje.

La digitalización y la algoritmización no suplantan la relevancia histórica del pensamiento y su carácter analógico, que supone juicios de valor y formas de contactar con la realidad. La praxis del pensar va más allá del "me gusta" o "no me gusta", pero también el pensamiento supone lazos estrechos con la realidad y con "el otro". La era digital prescinde de esos lazos y los torna frágiles conforme no existe compromiso y no se establecen más que relaciones fugaces donde no priva la capacidad y la empatía de escuchar. De ahí que se pierda la intrínseca capacidad humana para contactar con el mundo y relacionarnos con él. Escapar de esta tiranía de la digitalización y del vértigo de la incertidumbre que le ahonda, supone humanizar las relaciones sociales y reivindicar el sentido y significados de la palabra. Más todavía: supone reivindicar la praxis del pensar y la memoria histórica para colocar en su justa dimensión al dato y su carácter nocivo y co-dependiente.



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Isaac Enríquez Pérez

Ph D. en Economía Internacional y Desarrollo. Académico en la Universidad Nacional Autónoma de México.

 isaacep@comunidad.unam.mx      @isaacepunam

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