Preguntas sin respuesta (I) y (II)

(I)

Estamos hoy ante un camino que antes se exploró con relativo éxito pero que nosotros, latinoamericanos, lo abandonamos desde hace tiempo; camino que ahora deberíamos recorrer de nuevo buscando también de nuevo el ansiado destino que nos lleve a liberar a esta América Nuestra, a nuestros países, de un viejo dominio colonial e imperial que nos oprime, que hemos terminado aceptando en forma pasiva, y del que tenemos al fin que salir para ser otra vez libres y soberanos. En ese camino suele haber obstáculos, por lo general bastante grandes. Descubrirlos o hallarlos para poder pasar, apartando de entrada los menores y consiguiendo apoyo masivo y solidario para apartar entre todos los más grandes y continuar juntos la marcha, que tiene que ser masiva y dispuesta a la lucha, no puede ser calificado de pesimismo ni de ganas de complicar las cosas. Y menos aún por quienes, ya resignados, no solo no ven esos obstáculos, sino que tampoco ven ningún camino. No importa. Hay que convencerlos y ganarlos porque todos somos necesarios. Pero es que hay también tantas dudas, tantos problemas, y tantas preguntas sin respuesta, que al parecer nadie, o apenas unos pocos, se atreven con temor a formularlas.

¿Qué nos pasa a los latinoamericanos? ¿Por qué nos cuesta tanto unirnos y hasta comunicarnos? ¿Por qué rechazamos toda forma de unidad y preferimos actuar solos y hundirnos solos cuando juntos podríamos evitar el hundimiento y prosperar? ¿Qué ha pasado con la lengua común que hablábamos, el español, con nuestras instituciones políticas y administrativas, todas del mismo origen, con la cultura que compartíamos, y con los aportes indígenas, africanos y otros, que la enriquecieron? ¿Es que se los llevaron todos, ensartados en sus astas, la falsa modernidad que nos consume y el servilismo neoliberal que nos domina? En fin, ¿qué ha pasado con nuestros viejos lazos históricos y culturales, con todo eso que nos hacía sentirnos latinoamericanos y vernos unos a otros como hermanos, como integrantes de una gran comunidad, de una Gran Patria, la que liberamos juntos en Ayacucho, la Patria que forjó Bolívar, la que solo unida y hermanada podía sobrevivir?

¿Qué pasó? Pues que la disolvimos en pequeñas patrias rivales que se enfrascaron en mezquinas guerras, facilitando que cayéramos bajo el dominio económico del imperio británico y luego bajo el poder pleno del ascendente imperio estadounidense, que todavía hoy, ahora en su descenso, nos tiene en su puño y nos trata como esclavos.

Pero es que hay más, porque en realidad no estamos desunidos. Porque lo peor de todo es que desde hace ya más de un siglo Estados unidos nos unió, reuniéndonos a todos bajo su mando para tenernos sometidos y explotarnos a voluntad. Falsificando la idea bolivariana de Patria grande, que lo excluía, empezó creando el Panamericanismo, y en su Unión Panamericana entramos todos como dóciles borregos. Un Panamericanismo falso que reunía como integrantes de igual peso a un enorme, rico y poderoso país industrial anglosajón con una larga lista de países latinos, atrasados, pobres y débiles, dispuestos a obedecer la voz del amo. Se nos impuso el 14 de abril como Día Panamericano, se nos hizo cantar en las escuelas el himno de esa falsa unidad. Y con las Conferencias panamericanas se nos fue recolonizando. En 1945 se nos llevó bozaleados a la creación de la ONU a votar por Estados Unidos; en 1947, con el TIAR, se nos ató a la Guerra fría haciéndonos enemigos de la Rusia socialista con el cuento de que esta y no Estados Unidos nos amenazaba; se nos impusieron dictaduras y gobiernos vendidos; en los 80 se nos impuso la DEA y en los 90 se nos arrastró a integrarnos en la ALCA. Y, por supuesto, mucho antes, ya en 1948, Estados Unidos había creado la OEA, la infame Organización de Estados Americanos, su Ministerio de colonias, y todos juntos entramos sin chistar. Y hoy, salvo Cuba y Venezuela, todos nuestros países siguen en ella, esperando, los más indignos, para obedecer la voz del amo o la del servil cipayo latinoamericano que la presida. O, para proponer, los que aún tienen dignidad, alguna medida decente que no prospera porque no logra nunca mayoría. Llevamos más de dos siglos sometidos a ese imperio yankee ahora decadente. ¿No ha sido acaso tiempo suficiente? ¿Es que no estamos hartos ya de esta pesada inercia y de este pasivo sometimiento a ese poder que nos arruina?

En la primera década de este siglo vivimos una esperanza. Con el sueño de Bolívar como guía, Chávez, al frente de Venezuela, mediante logros concretos y colectivos (Telesur, Petrocaribe, Alba, Unasur y sobre todo la CELAC) consiguió lo que no se había intentado ni podido conseguir en más de un siglo: hacer avanzar la construcción de la Patria grande latinoamericana, la unión fraternal de nuestros pueblos y su exitosa lucha antiimperialista por su soberanía e independencia. La CELAC se definió como organismo colectivo de todos nuestros pueblos para buscar la unidad discutiendo y resolviendo nuestros problemas y diferencias con plena libertad y autonomía, sin OEA, sin Estados Unidos, sin Canadá, sin injerencias imperiales.

Pero el proyecto se estancó. Faltó tiempo para darle bases sólidas. Chávez enferma y muere. Venezuela es bloqueada por Estados Unidos y entra en crisis. Los gobiernos progresistas se estancan y se recobran las derechas. El servilismo neoliberal se impone, el imperio aumenta su dominio y Cuba y Venezuela se quedan solas resistiendo.

Este año parece haberse iniciado un cierto despertar impulsado por el gobierno mexicano. López Obrador resaltó la visión de Patria de Bolívar y propuso a América Latina romper con la indigna OEA. Al principio el apoyo fue poco y el silencio grande porque la inercia pesa mucho y el cambio suele dar miedo. El imperio se nos impone. Las derechas siguen opuestas a todo lo que beneficie al pueblo. Pero ha habido reiteradas y masivas luchas populares en Chile y en Colombia. En Chile esa lucha exitosa avanza buscando resultados más firmes mientras en Colombia, protegida de Estados Unidos y de sus medios mercenarios, la lucha es aplastada; hay muertos y desaparecidos, su gobierno asesino lo celebra, y nadie dice nada. Y entre ambas, vencido antes el golpe fascista apoyado por la OEA, Bolivia retoma su revolución, y la izquierda moderada logra hace poco un triunfo cerrado en el Perú. En días pasados México convocó una reunión, la sexta, de la CELAC, olvidada desde 2017; y, pese a algunas ausencias, hubo una importante asistencia de jefes de Estado y de representantes de gobiernos. Se trató como prioridad el tema de la pandemia, de la escasez y manipulación de las vacunas y hubo unanimidad en reclamar urgentes soluciones. Se condenó el bloqueo de Estados Unidos a Cuba y sus sanciones a Venezuela. Se reactivaron viejos y justos planteamientos que tuvieron aceptación dando lugar a acuerdos que, por lo pronto son meras palabras, pero palabras que comprometen y que deberían generar pronto decisiones más firmes.

Todo esto está muy bien y debe celebrarse como un nuevo inicio, exitoso y, por supuesto, marcado también por los inevitables y necesarios debates y enfrentamientos ideológicos que siempre hay que asumir. Pero hay también obstáculos, obstáculos pesados, grandes y verdaderos, como los que mencionaba en forma genérica al comienzo. Para enfrentarlos, habrá primero que hablar y discutir mucho acerca de ellos. Por mi parte, intentaré al menos decir algo al respecto en el próximo artículo, el segundo que por ahora dedicaré a este vital e ineludible tema.

(II)

Examinados en el artículo anterior los alcances positivos y las esperanzas reanimadas por la reciente reunión de la CELAC promovida por el gobierno progresista mexicano que preside López Obrador, conviene ahora examinar el ineludible problema constituido por algunos de los obstáculos que tendremos que enfrentar si queremos avanzar por ese camino evitando que, como tantas otras veces, las falsas ilusiones que siempre surgen en esos casos, nos impidan verlos y nos lleven otra vez a fracasar, algo que no queremos.

Y creo que habría que comenzar comparando la primera declaración de López Obrador sobre Bolívar y su idea de Patria grande, incluida en ella la propuesta suya de salirnos de la OEA, con lo que fue su discurso en la mencionada reunión de la CELAC. Y es que el detallado planteamiento de este discurso oficial fue diferente, más general y menos radical, quizá porque su autor se dio cuenta de que la respuesta a su proposición había sido débil, y de que al parecer la integración de la CELAC actual no contaba con la mayoría necesaria para sostener una propuesta semejante.

El discurso tuvo amplia circulación, de modo que me limito a resumir algunas de sus ideas centrales. Lo que se propone en lo económico es convertir la CELAC en instrumento para construir algo como la comunidad económica que dio origen a la actual Unión Europea con Estados Unidos y Canadá. Se basaría en el respeto a nuestra soberanía, al principio de no intervención y autodeterminación de los pueblos, a la cooperación para el desarrollo y a la ayuda mutua para enfrentar la desigualdad y la discriminación. En lo político exigiría el compromiso de los jefes de Estado a respetar las decisiones internas de los pueblos, a que ningún gobierno intente someter a otro país por ningún motivo y menos aún mediante uso de la fuerza para lograrlo. Las controversias sobre democracia y derechos humanos las dirimirían entidades neutrales propias de nuestros países (¿cuáles serían?) Y, de ser necesario, organizaciones especializadas propias de la ONU (¿es que nunca están parcializadas?).

Como declaración de principios vale, pero en sus planes y comparaciones concretas resulta demasiado ingenuo añorar la Alianza para el Progreso de Kennedy, pedirle miles de millones de dólares a Biden para ayudar a combatir la desigualdad y la violencia en la región y tragarse la reciente promesa de este y de su Secretaria de estado, la misma que critiqué en otro artículo mostrando que la mezquina oferta de dinero no era más que un fraude para forzar a México a detener por la fuerza las migraciones masivas de centroamericanos y de mexicanos hacia Estados Unidos, lo único que a ellos les interesa.

Creo que habría aquí al menos cinco cosas centrales a señalar.

La primera de ellas es algo que López Obrador conoce bien e incluso ha denunciado: la terrible experiencia del propio México con los TLC, Tratados de libre comercio con Estados Unidos y Canadá. Los gobiernos derechistas previos a su mandato vieron y aceptaron sin chistar cómo esos tratados sometían a México, cómo Estados Unidos le imponía sus exportaciones protegidas, lo llenaba de maquilas, destruía su agricultura, provocando migraciones masivas de campesinos arruinados hacia la capital, desempleo, miseria, prostitución, aumento y militarización de la droga, estancamiento económico y violencia creciente, mientras los presidentes corruptos que toleraban eso, proclamaban que México había dejado de pertenecer a esa fracasada América Latina porque ahora era parte no solo geográfica sino cultural de América del Norte. Triste sueño.

La segunda es preguntarse si López Obrador sabe bien, y no hay duda de que lo sabe, qué es actualmente la Unión europea respecto de Estados Unidos, cómo este la domina y le impone su voluntad mientras los sometidos gobiernos europeos lo soportan como los dóciles lacayos que son. No otra cosa es lo que se logra al integrarse en organismos con ese imperio prepotente. Nuestro viejo y eterno panamericanismo es el mejor ejemplo de ello.

La tercera pregunta sería ¿cómo vamos a impedir la injerencia de Estados Unidos sobre nuestros países? ¿Quién lo forzará a respetar nuestras leyes, nuestra soberanía e independencia? Quienes creen eso posible parecen olvidar que cuando la Corte penal internacional sancionó a Estados Unidos en los años 80 por bombardear los puertos de Nicaragua al comienzo de la revolución sandinista, la Corte Suprema del imperio declaró que se limpiaba el trasero con esa decisión porque las únicas leyes válidas en el país eran y son las que aprueba su Congreso. Pero las suyas sí valen en todo el mundo. Y eso no cambia ni cambiará mientras exista ese imperio.

La cuarta es si se han visto las posiciones políticas e ideológicas de la mayoría de los gobiernos latinoamericanos que integran hoy la CELAC. Las derechas siguen siendo mayoría en nuestros gobiernos; y ahora no solo cuentan con el apoyo financiero y la complicidad de Estados Unidos, su patrón, sino con el de una nueva derecha iberoamericana que se promociona desde España y que con su anticomunismo histérico y simplista pero eficaz en medio de la confusión reinante, pretende repetir en nuestro continente la historia del Opus Dei que vivimos en los pasados años 50, producto del auge en ese entonces del franquismo.
Y la quinta es, ¿de que serviría una futura e hipotética CELAC integrada por países dignos y gobiernos soberanos (e incluso sin presencia formal de Estados Unidos ni de Canadá) si esa CELAC incluyese a la actual Colombia? Porque Colombia, pese a las luchas heroicas de su pueblo, ya no es ni siquiera un país latinoamericano dirigido por la derecha más entreguista y asesina del continente, sino un territorio estadounidense lleno de bases militares yankees, en el que los militares gringos entran y salen cómo y cuándo quieren, y que además es miembro de la OTAN. Sí, de la OTAN, de modo que tenemos ya a la asesina OTAN en nuestra América Latina.

Por cierto, esto nada tiene que ver con Bolívar ni con su visión de Patria grande que era la unidad federativa y solidaria de nuestros nuevos estados independientes y que excluía a Estados Unidos. Pero hay más. Porque hay que aclarar que no se trata de Bolívar por Bolívar sino de que hoy es incluso mucho más evidente que en tiempos de Bolívar el hecho de que Estados Unidos es el obstáculo central que se opone a nuestra unidad y que sigue plagando a esta América nuestra de miserias en nombre de la libertad.
Los caminos para lograr nuestra independencia pueden variar y sin duda variarán, los problemas pueden tomar diversas formas y las ilusiones asumir nuevos aspectos, pero lo que hasta ahora no cambia, lo que sigue estando en el centro de todo (y ahora eso está más claro que nunca) es que Estados Unidos es el principal enemigo de la libertad y el bienestar de nuestros pueblos y el principal obstáculo que se opone a nuestra unión y al logro de nuestra independencia soberana.

Y no es que lo logrado en la CELAC carezca de valor. Lo repito, claro que sí lo tiene. Es más, puede hasta ser un nuevo punto de partida para discutir y avanzar sacudiendo la modorra con la que la derecha intenta dominarnos manteniendo a nuestros pueblos confundidos y aprovechándose de esa confusión. Pero eso sí, estaríamos más cerca de que lo fuese si empezamos por echarle una mirada a esos pesados obstáculos que obstruyen el camino, para ver primero cómo enfrentarlos, cómo encontrar respuesta a esas preguntas, y cómo comenzar así a ir resolviendo el serio problema que representa superarlos antes de empezar a movernos como otras veces en un mundo fantasioso lleno de ilusiones que poco tiene que ver con nuestra dura realidad. Para avanzar de verdad, como queremos, creo que esto es lo primero que debemos evitar.

Tomado del diario Últimas Noticias.



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Vladimir Acosta

Historiador y analista político. Moderador del programa "De Primera Mano" transmitido en RNV. Participa en los foros del colectivo Patria Socialista

 vladac@cantv.net

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