Europa y su saqueo cultural del tercer mundo, (IV)

Al de Egipto, sigue el brutal y destructor saqueo de Mesopotamia y del Cercano oriente.

En el primer tercio del siglo XIX el conocimiento europeo del pasado del Oriente Cercano, sobre todo mesopotámico, era escaso, basado en lo recogido por la historia de la Antigüedad clásica greco-romana y sobre todo en referencias bíblicas, que no eran pocas, pero sí incompletas y también sesgadas, dado su carácter religioso. Además, se carecía de fuentes y resultados arqueológicos que permitieran revisar y completar esa pobre lectura, que parecía interesar a poca gente. Es que, a diferencia de Egipto, todo lleno de pirámides y templos, de Mesopotamia (Babilonia, Sumer, Asiria) nada quedaba, y solo raros viajeros europeos medievales como los judíos Benjamín de Tudela y Petachia de Ratisbona y el renacentista italiano Pietro della Valle, habían dejado prueba de visitas a Mesopotamia y al Cercano y Medio Oriente, pero centradas más en Egipto, Palestina o Persia. Es que en Mesopotamia y Oriente Cercano y Medio todo o casi todo el antiguo pasado estaba enterrado y olvidado. No quedaba huella. Y de culturas antiguas vecinas nada se sabía. De modo que su exploración por Europa, que se iniciaba entonces, revolucionó al respecto el conocimiento histórico.

Así pues, no se trata de negar la importancia de estos hallazgos para el conocimiento arqueológico e histórico ni el esfuerzo con que se lograron. Lo que denuncio y condeno es la dimensión colonialista; la destrucción, el robo y el saqueo; el racismo y el desprecio por las poblaciones de esos países en el siglo XIX, su explotación, la arrogancia europea, la forma en que parte de esa riqueza arqueológica fue destruida (rompiendo capas de tierra al excavar, con pérdida de objetos y posibilidades de evaluación de fechas; lo pequeño sacrificado en busca de lo grande, de lo espectacular, de palacios y templos y de grandes esculturas, para robar; y las tablillas cuneiformes destruidas o dañadas,). Y por supuesto la manera en que fueron mutilados palacios, templos y monumentos para saquearlos y trasladar sus estatuas, frisos y fragmentos monumentales a los cómplices museos de Europa.

También en ese saqueo los arqueólogos saqueadores fueron sobre todo franceses, ingleses y alemanes (y hasta un caldeo, es decir, un irakí al servicio de Gran Bretaña). La búsqueda y saqueo la inician los franceses. El primer explorador fue Paul Émile Botta, nombrado cónsul de Francia en Mosul en 1840. Botta era médico, e improvisado arqueólogo interesado en antigüedades bíblicas y convencido de que la Nínive bíblica debía estar sepultada en alguna colina vecina de Mosul. En 1842 exploró por un año una de esas colinas, pero sin resultados. Un árabe cuyo nombre nadie recuerda, le propuso otra colina algo más distante, asegurándole que había un palacio antiguo enterrado en ella y piezas de cerámica. Tras dudar, Botta se lanza a la aventura, y allí, al comenzar la exploración, en 1843, descubre el extraordinario Palacio asirio de Sargón II en Khorsabad: muros decorados, bajo-relieves, estatuas de dioses, toros alados y muchos otros tesoros. La destrucción fue enorme por la improvisación. Muchas de las esculturas se dañaron al separarlas de la tierra, pero se obtuvieron otras grandes y valiosas. Todo fue embarcado para sacarlo hacia Francia, pero la primera balsa empleada se hundió en el Tigris por el peso y todo se perdió. La segunda balsa llegó hasta Basora y las grandes y valiosas piezas, incluyendo tabillas cuneiformes (los cuneiformes habían sido descifrados poco antes por el alemán Grotefend y el ínglés Rawlinson) fueron embarcadas para Europa y llegaron al Louvre causando una conmoción. Así se conoció en Europa la cultura mesopotámica.

El trabajo iniciado por Botta con éxito entre 1843 y1846 lo continuó otro francés, cónsul como él, Victor Place, también arqueólogo aficionado, descubridor, saqueador y destructor de parte de lo descubierto, que envió todo a París, al Louvre. Pero el principal explorador, descubridor y saqueador de la cultura asiria antigua fue el aventurero franco-británico Austen Henry Layard. Este, nombrado cónsul de Gran Bretaña en Mosul, entró, al llegar, en competencia con los franceses. Exploró en 1845 otra colina cercana a Mosul, de nombre bíblico, Nimrud, y descubrió un maravilloso palacio, el de Senaquerib, rey mencionado en la Biblia, seguido por otros tres palacios. Luego emprendió en 1849 una excavación en la colina en que Botta había buscado en vano las ruinas de Nínive, y las encontró. Fue su mayor éxito. Hubo enorme destrucción y saqueo. Layard se llevó todo lo que pudo ser transportado: toros alados, dioses, muros, tablillas y cerámica. Y esos tesoros están hoy en el Museo Británico. Después de su éxito, Layard se decide por la política y regresa a Inglaterra, dejando como continuador suyo a Hormuzd Rassam, colonizado arqueólogo caldeo, es decir, irakí, que explora nuevos palacios, daña, roba, y envía luego todo lo que pudo, varios millares de piezas, entre ellas muchas tabletas con cuneiformes, al voraz e insaciable Museo Británico.

Décadas más tarde, otro francés, Ernest de Sarzsec, vicecónsul en Basora, arqueólogo pirata e improvisado, exploró las colinas del sur de Irak en busca de la civilización más antigua, la sumeria. Destruyó todo lo que pudo buscando palacios y sacó los tesoros de la ciudad de Lagash. Descubrió y robó para el Louvre, sacándolas escondidas, las famosas cabezas y estatuas de Gudea, el rey o patesí de Lagash. Empero, una de esas estatuas también fue a dar al Museo Británico.

El vecino Irán se salvó en parte del saqueo brutal y sistemático por ser país independiente, pero otro francés, jacques de Morgan, arqueólogo de profesión, nombrado en 1897 cónsul de Francia en Susa, exploró las vecindades de esta buscado palacios y ruinas de los antiguos medas. Sacó y obtuvo del shah de Irán autorización para apropiarse de tesoros que fueron a parar al Louvre. Uno de ellos fue nada menos que el Código de Hammurabi, babilónico, pero que los medas lo habían llevado a Susa luego del saqueo de Babilonia. Morgan cometió el crimen, indefendible en un arqueólogo profesional como él, de construirse una fortaleza personal para evitar posibles ataques de tribus vecinas destruyendo para construirla restos de palacios antiguos de los medas. Saqueo y desprecio colonial proclamado en forma abierta.

Alemania también sacó su parte y el arqueólogo alemán Robert Koldewey exploró el centro del actual Irak en busca de las ruinas de la antigua Babilonia. Las encontró y exploró entre 1897 y 1899 robándose todo lo que pudo para el Museo de Berlín, donde se encuentra hoy la enorme y bella puerta de Ishtar. Con restos de cerámica y azulejos los pobres irakíes construyeron una puerta más pequeña que es la que se halla en las ruinas de la ciudad, no lejos de Bagdad.

La exploración del mundo sumerio siguió en el siglo XX y entre 1922 y 1934 el notable arqueólogo británico Leonard Woolley exploró como colonialista las ruinas de la ciudad de Ur, famosa por sus clásicas referencias bíblicas y por los restos de su zigurat. Woolley descubrió el Palacio Real de Ur y las ricas tumbas reales con sus tesoros y sus aspectos macabros. Fue esta una de las más grandes hazañas de la arqueología, pero no cabe examinarla aquí. De la tumba real de Ur, Woolley sacó tesoros como el tocado de oro de la reina Shaubad o Pu-Abum, que pasó a la Universidad yankee de Pennsilvania, co-financista de su expedición, y el famoso Estandarte de Ur, que está en el Museo Británico. A quien le interese el tema le recomiendo el libro de Woolley, Ur, la ciudad de los caldeos, en el que describe con todo detalle cómo realizó la minuciosa exploración de las tumbas y cuáles fueron sus asombrosos resultados.

Tomado del diario Últimas Noticias.



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Vladimir Acosta

Historiador y analista político. Moderador del programa "De Primera Mano" transmitido en RNV. Participa en los foros del colectivo Patria Socialista

 vladac@cantv.net

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