Pitirre y la Pitirrada

Queridos amigos tiempo hace que no escribo, y es que con esta mohína que le entra a uno con esta pandemia, que si el bloqueo gringo, la situación económica, la corrupción de algunas ratas y otras que se suman a los malosos, no le quedan a uno ganas de ná, si de ná, por eso ni medicinas puedo comprar por el dichoso bloqueo de Mr Biden y sus panas, ahora cuando tengo un achaque recurro a las curas milagrosas de las hojitas de guayaba o aguacate, o al tanino del merey pa quitarme la chorreada de los sustos que me pegan los marchantes cando a diario suben los precios de toito, si de toita la papa y cualquier chunche en verdes dólares de papel del tío Samuel, si el mismo que con el garrote en mano, nos corrige cuando no hacemos lo que nos dice o nos portamos mal y volar libres como los papagayos y convertidos en volantines de colores volamos por el cielo patrio, como hijos soñadores de otros mundos posibles.

Pero hoy mis panas, no he venido a meditar, pensar o enredarme como un cangrejo con el hilo del pabilo, vengo a contar una historia de la que me vino a la memoria precisamente, mientras disfrutaba viendo y escuchando joropos.

Cosa tan disímil esta, pienso yo vamos pues que una cosa nada tiene que ver con lo que ahora cuento en estas líneas, pero así suceden las historias.

Cuando años atrás, pasaba buenos ratos de descanso y meditación, en el pueblo costanero de Chichiriviche, donde con amigos de grato recuerdo y entre risas, chistes y tertulias a la orilla del rumor de las olas y del olor del salobre mar azul, pasábamos el tiempo contando aventuras de nuestras aciagas vidas. Como esta del buen amigo Pitirre.

Hola Juan me alegro verte por aquí, recuerdo me decía. Hoy nos comunicamos mentalmente claro está, pues el buen Pitirre aquel que vivió en una casita verde llamada la Pitirrada, tenía una gran familia con hijos e hijas, hoy ya no está en este plano, hace tiempo se marchó con el ángel de su destino al más allá de las estrellas. Más como soy poseedor de poderes extrasensoriales puedo hacerlo, según con los amigos del más allá que a veces me visitan.

La Pitirrada quedaba en un pequeño playón, situado a la izquierda de la recta que da entrada a ese pueblito acogedor que es Chichiriviche. Vivió nuestro amigo en una casita de color verde, en forma de una uve invertida con dos frentes, si amiga Samira, como esas que te gustan a ti, hecha con bloques y techo de zinc y del hoy en peligroso asbesto.

El amigo Pitirre era maestro albañil, de los buenos, muy trabajador lo era sí señor, que se los digo yo mis amigos. Siempre con sonriente rostro, en el que nunca paraba la tristeza, su amplia sonrisa, era alto y delgado como una caña, su origen afro del color del ébano, era difícil de distinguir en una noche sin Luna, bien podía pasar por el hombre invisible.

Su casita era privilegiada por estar en medio de un Refugio de Fauna el de Cuare.

Pitirre con una viveza innata al que la vida y los golpes va modelando y llenando de experiencias.

Era para ese entonces un copeyano, eso decía, pero creo que vivía de acuerdo al momento de sus geniales vivezas, alquilando para las elecciones la parte trasera de la casa al equipo político del partido COPEY, y la delantera a los de AD, con sus plaquitas que colocaba los día de reunión de unos y de otros. Siempre me da risa, cuando me acuerdo de esto, digo si es vivir de los políticos.

-Pitirre si acaso coinciden un día los dos grupos,

-no Juan ellos vienen en días y horas diferentes,

-apate son amigos y siempre traen el café y los refrescos a más de alguna que otra cervecita y carterita o botella de buen whisky

-dice riéndose a cantaros por su ocurrencia,

la cual le rendía por épocas algunos buenos churupitos.

En esta historia aparece el buen amigo Chepe, herrero de profesión y de los buenos,

me cuenta Chepe,

que le prestó unos tablones al Pitirre, que nunca se los regreso, eran para un trabajo de albañilería, -Pitirre se ríe, mostrando sus dientes blancos como la espuma del mar, que contratan con la oscura piel de su rostro,

-sabes Juan es cierto,

¿Dónde están esos tablones amigo Pitirre?

-pues los serruché y con ellos hice un pequeño bote, para navegar en la Laguna de Cuare, -dónde las bellas garzas rosadas vienen de la próxima curazao a descansar, anidar y alimentarse con las algas y pequeños crustáceos, que filtran con sus largos picos, si eso,

fue para pescar un caimán me responde,

-pero eso está prohibido, es fauna protegida,

-si Juan tenía mucha hambre, comer carne de caimán, es como comer pollo o cochino blanquita y sabrosa.

-el amigo se arma con una rústica lanza hecha de una larga rama y punta de hierro afilada, se monta en el rústico bote, marchando a la aventura de pescar el caimán de noche. en las oscuras aguas de la laguna espera ver con el el brillo de la linterna el par de ojos, de repente dos brillantes esferas flotan en el agua, son los ojos del caimán o la caimana no lo sé, y zas, por cuas, el Piitirre arponea, el caimán se lo lleva, a su Pitirrada.

  • ¡Qué hiciste con el caimán o caimana,

  • -que voy hacer Juan, pues me lo comí con mi familia,

  • y la piel la tienes aún en tu casa,

  • no, que va se la vendí a un turista gringo que me ofreció comprarla por unos buenos verdes.

  • Eres todo un pirata de caimanes, no lo hagas más.

  • No si ya no tengo bote, lo desclavé y le regresé los tablones al amigo Chepe, me dice sonriente de su exitosa aventura.

En sus ratos de descanso entre trabajo y aventura caminaba por las playas de Norte y Sur de Chichiriviche, el Pitirre junto con el amigo Tongo, también albañil, con atarraya en mano pescando lisas. que luego comían asadas al fogón, rellenas de pimentón y cebolla envueltas en papel de aluminio, recién pescadas de su mar azul, eran deliciosas, manjar de dioses.

Tierra de piratas Chichiriviche, cueva de El Indio con sus jeroglíficos pintados en las rocas por aquellos seres que antaño fueron sus autóctonos habitantes, sus cayos verdes, sobresaliendo del mar azul, cayo Peraza, Cayo sal, Cayo Sombrero, etc, uno de estos cayos hoy se lo comió el mar, con su solitaria palmera, palmeras de cocoteros verdes y amarillos filipinos y doradas arenas de soñadas playas, un paraíso para el descanso y la meditación, con posadas familiares, restaurantes, y tiendas donde los turistas compran sus recuerdos para llevar de regreso a sus casas.

-Que me cuentas de los flamingos o togogos, acaso los atrapas para vender sus plumas,

-que va Juan, me los como saben a pollo, me responde.

Es que el hambre tiene la cara de un fantasma muy, muy feo, me dice.

Colorín colorado, esta historia se acabó.

En medio de los recuerdos, de la Luna, El Sol, el Mar una flor rosada de mis recuerdos, junto con las doradas arenas de las playas de este pintoresco pueblito costero Chichiriviche.

13/07/2021



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José Juan Requena


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