Globalismo y localismo

Se puede observar que el capitalismo ha impuesto el modelo global de mercado, sin posibilidad de retorno a la vista, y lo ha hecho extensivo a casi todos los planos de la existencia, incidiendo también en lo que afecta a la dimensión política, sin pasar por alto la panorámica social. De manera que ya no le basta con implementar una economía de mercado global, fundamentalmente en el plano productivo y financiero, sino que tiende a establecer, por intereses mercantiles, una política de las mismas características para asegurar así el control del mercado, al objeto de satisfacer las demandas de los consumidores, en el que puedan operar sus empresas sin interferencias de los gobiernos locales. El planteamiento en ambos casos se soporta en el mismo principio, el dominio generalizado del gran capital.

Socialmente, la globalización ha sido casi siempre bien recibida por el personal, tras el despliegue publicitario anunciando ocio y divertimento al alcance de todos, seguido de una amplia proyección doctrinal, oficiada por el empresariado de todos los sectores, de tal forma que el término globalización ha quedado asociado a la idea de progreso o, al menos, a lo mejor. Asimismo, a su amparo, se ha diseñado una nueva forma de entender la existencia colectiva, creando necesidades artificiales y deseos alentados por la moda universal, donde una gran mayoría aspira a beber de lo global como exponente del nuevo estilo de bien-vivir, para goce y disfrute de las empresas capitalistas. Otro elemento coadyuvante para la consolidación de este optimismo generalizado ha venido siendo el turismo cultural, por cuanto ha permitido a las personas abrirse al mundo y asumir directamente el valor patrimonial de lo universal.

Generalmente, del proceso de globalización económica, que avanza para hacer extensivo el término también al terreno político, las masas se han quedado con el tópico cultural reconducido al turismo, confraternizando virtualmente en esa sociedad única de las imágenes servidas por redes que ofertan un panorama de ficción. Claro está que no por ello se ha prescindido de ese sentido de localidad, de pertenencia al lugar, que ha venido definiendo la idiosincrasia de ciertas personas. Dicho así, parece que la llamada de la pequeña tierra de vivencia sigue tirando y lo de la globalidad queda reservado para la actividad del ocio.

Esa otra proyección al terreno político ofrece mayores dificultades, porque ya no se juega con la candidez de las masas, sino con los intereses gobernantes. La realidad de un gobierno a nivel global, aunque no aparece claramente definida, dadas las rivalidades entre los Estado-hegemónico de zona, se certifica a través de los organismo internacionales que son en definitiva los que marcan la marcha política de la globalidad. Por otra parte se observa una tendencia dirigida a practicar los mismos rituales políticos y seguir las prácticas jurídicas, acogiéndose al sentido de racionalidad frente al simple autoritarismo político. Sin embargo este último queda reservado en exclusiva para el capitalismo, porque es quien marca las pautas de actuación mundial y establece los dogmas en base a derechos individuales y democracias de papel, que todos acaban acatando. Aunque ambos dogmas quedan supeditados a los intereses políticos, burocráticos y empresariales, de tal forma que pueden ser interpretados y reinterpretados a conveniencia de los que son dominantes en cada momento

En este ambiente de globalidad o universalidad está presente la antinomia de la localidad o particularidad. Resulta que los caciques locales, asistidos por sus notables, que aspiran a crear sus particulares Estados, reclaman el fraccionamiento del mundo y de los Estados que les acogen para asumir el poder directo sobre sus tierras, junto con sus ciudadanos y haciendas. Algo así como volver al obsoleto modelo del feudalismo, que en principio pugnaría con el sentido universalista del nuevo orden. Así sería si supusiera ruptura del sistema, pero si este no se resiente, el localismo es un método eficaz para controlar con detalle a sus dependientes, haciéndoles fieles receptores de la disciplina política local y de la doctrina capitalista universalmente dominante, en virtud de un ejercicio permanente de chovinismo populachero. En estos casos, el mando global no se considera afectado si no le tocan el negocio y, de otro lado, los caciques se declaran satisfechos porque recuperan poder sobre sus vasallos, mientras estos se sienten complacidos al airear su idiosincrasia.

Cuando se revuelve el ambiente bajo el empuje de tales demandas, la cuestión sería determinar previamente quien monta estas fiestas políticas locales en el panorama universal y, preferentemente, con qué fines. Las masas, hasta el momento han venido demostrando que son incapaces de tomar una dirección sin que sean conducidas por la elite. De manera que detrás de cada algarabía siempre hay una dirección, porque si alguien no alienta el movimiento de masas, no se mueve nadie. Esta circunstancia, que ya fue ampliamente expuesta por Le Bon y otros, apenas ha cambiado. Como en tiempos pasados la elite burguesa, tendente al localismo para hace despliegue social de su poder, no le viene bien la idea universal en cuanto su cuota de poder local se diluye bajo los dictados de poderes superiores. No sucede así en lo que se refiere al puro negocio, por lo que se declara universalista de conveniencia. En ese caso juega con la riqueza como expresiva de poder y con el negocio que la promueve, y de este lado es fiel al sistema. Sin embargo en lo tocante al plano político, la burguesía local esta resentida por la cuestión del poder local, que observa como lo arrasan las instituciones nacionales y globales. A nivel político su influencia de cara a sus fieles se deteriora, de ahí que reclame su parte de protagonismo, ya no solo en el plano comercial, sino en el político, porque en caso contrario la burguesía se apaga.

Con la globalidad, el sentido de localidad incluso a alto nivel, camina hacia la decadencia en muchos planos. Baste con señalar que el Estado-nación ya ha perdido el papel principal en el ejercicio de su propia soberanía. Las masas confinadas en recintos fronterizos, definidas como ciudadanos nacionales, han pasado a ser consumistas de ilusiones servidas directamente por el mercado global y están obligadas a guardarle fidelidad. En tal situación, los pequeños burgueses, que no han renunciado a su papel de caciques locales para hacer despliegue de su riqueza-poder, siguen empeñados en mangonear en sus tierras a cualquier precio. Quizás les sirva de acicate cuando se dice que la globalización puede tener los días contados, pero tal vaticinio probablemente resulte ser un producto elaborado por la intelectualidad en nómina del localismo, porque está obligada a ganarse el salario y de alguna manera tiene que justificarlo.



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