Trump…sembraste vientos, recoge tu cosecha

El presidente Donald Trump llegó a comandar la guerra del Imperialismo Norteamericano contra el mundo, en el momento histórico en que los dioses habían declarado irreversible el derrumbe de ese Imperio. Los dioses ciegan al perdedor y le hacen el camino de su desventura.

Las causas de ese derrumbe son históricamente evidentes y los hechos de palpitante actualidad: La humanidad no soporta más los efectos degradantes y destructivos de la explotación del Imperialismo Norteamericano. La desigualdad social ha llegado a extremos entre ricos y pobres, una minoría insignificante de la humanidad dispone de toda la riqueza y medios para vivir en la opulencia, mientras las grandes mayorías, colmadas de carencias, viven

en un mundo de pobreza y miseria. La pobreza con sus lacras y vicios, necesidades y luchas ha hecho conciencia en las masas de los pueblos agredidos y marginados del mundo, dando cuenta de sus problemas, y lo más importante, tomando conciencia de las causas de su ignominia y la catadura moral de su agresor.

El Imperialismo Norteamericano lleva medio siglo azotando al mundo de su periferia, empobreciéndolo material y moralmente: explotando sus fuerzas productivas, robando sus riquezas, alienando su crecimiento cultural y destruyendo a sangre y fuego las esperanzas de libertad y soberanía de los pueblos irredentos que se niegan a someterse a su hegemonía. El Imperialismo Norteamericano ha sido en la historia de la humanidad el régimen político dominante más criminal y perverso que se haya conocido. Por fortuna las luces del siglo XXI están rompiendo su tenebrosa oscuridad.

Hoy el mundo multicéntrico y pluripolar es un hecho. El marco político institucional que ordena el poder de su gobernanza actual, no resiste el peso de su anacronismo. El proceso histórico de cambios revolucionarios en la geopolítica económica universal, demanda una urgente e inaplazable reestructuración de ese poder, en el que brille el respeto entre los miembros de la comunidad universal y se evidencie el propósito de buscar la paz y el equilibrio universal a través de la equidad y la justicia con nuevas instituciones, y espacios neutrales para el ejercicio de sus funciones.

A Donald Trump, el Imperialismo Norteamericano le entregó el Cetro de Mando del Imperio para que condujera como su antecesor, Barack Obama, los dominios de sus inmensos territorios en los cinco continentes, con especial atención en su patio trasero, salvaguardando los principales yacimientos de petróleo del mundo y la zona estratégica del Mar Caribe; la recomendación

fundamental de acabar con el comunismo emergente en Latino América. En Venezuela, asesinar al Presidente Nicolás Maduro y finalmente, reconquistar la imagen de desarrollo y opulencia de los Estados Unidos, símbolo del sueño americano.

A juzgar por estas pretensiones del Imperio, Trump sería un genio, una maravilla para el desempeño de sus funciones. Al final resultó ser un fiasco, un atolondrado ignorante y un infame estadista.

El fiasco Trump puso al imperialismo al desnudo, develando sus debilidades y contradicciones; de esa olla van a salir muchas cosas. El viejo Imperio cargaba sus achaques de senilidad, la Pandemia lo puso en cama y el asalto al Capitolio lo tiene en cuidados intensivos. Nadie sabe para quién

trabaja: La revolución requiere de contendientes como Trump. Son estos personajes factores importantes y necesarios para acelerar los cambios históricos de la sociedad. Un líder reaccionario, con poder y anárquico a sus jefes como Trump, es un factor ideal para dar grandes saltos en el proceso revolucionario de los pueblos del mundo oprimidos por el Imperialismo Norteamericano. Ellos aclaran el campo de lucha y definen con objetividad la táctica y la estrategia de los proyectos políticos en marcha.

El proceso eleccionario que le dio el triunfo a Joseph Biden ha revelado definitivamente, que el Imperialismo Norteamericano no solo perdió su imagen de primera potencia económica y geopolítica del mundo, también enterró sus credenciales como policía del mundo, investido por autoridad providencial para imponer por la fuerza el orden político de su preferencia y voluntad.

La guarimba fascista que asaltó el Santuario de las Leyes de la democracia más perfecta del mundo, no tuvo nada que pedirle en técnicas de asalto, capacidad de fuego y terrorismo, al ejército de mercenarios que el imperialismo formó y mantuvo en las calles de Caracas al mando de los asesinos Leopoldo López y María Corina Machado, Enrique Capriles y Juan Guaidó en sucesivas insurrecciones como, La salida y las intentonas golpistas en contra el Presidente Maduro. Para los venezolanos el asalto fascista insurreccional al Capitolio de los Estados Unidos, no ofrece ninguna novedad, somos un pueblo curtido en esas agresiones; no así, para el pueblo y para el Estatus de la sociedad estadounidense. Ese país empieza a vivir una etapa de conflictos sociales y políticos insurreccionales con resultados impredecibles.

El Comandante Hugo Chávez sembró una sentencia que se ha probado como infalible: Quien se mete con Venezuela se seca y Donald Trump ha hecho del proceso revolucionario bolivariano un laboratorio de experimentación de ignominia, crueldad y crimen: magnicidio colectivo del Presidente; incendio

de personas por presunción de simpatías políticas y a un preescolar con niños adentro y otros crímenes. Con este historial de agravios contra Venezuela la sentencia no se ha hecho esperar.

 



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Rafael Godoy Villasmil


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