La Corte de La Haya acaba de dictar un fallo que, como se esperaba, favoreció a Chile en la disputa por el territorio que separa Bolivia del Mar Pacífico. Paradójicamente así se llama tanto el océano objeto de la disputa como la guerra en la cual Bolivia perdió su acceso.
Veamos el origen del conflicto. A mediados del Siglo XIX muchas empresas se dieron cuenta que en el Desierto de Atacama había una extraordinaria riqueza: el salitre. Sobre el desierto más árido del mundo hay una extensa capa de fertilizante nitrogenado que reemplaza a la úrea, y que se encuentra disponible en grandes cantidades, fácil de extraer a bajo costo. Estos extraordinarios yacimientos se encontraban en territorio de Bolivia y Perú, y eran clave para la alimentación de millones de personas que morían de hambre en Europa y otras regiones. Para sustentar el crecimiento demográfico, se necesitaba salitre en grandes cantidades. Estaba ahí, y en ninguna otra parte del mundo.
Como consecuencia, las transnacionales de aquella época, principalmente inglesas, comenzaron a cortejar a los gobiernos de Bolivia y Perú para obtener generosas concesiones de explotación. Como era de esperar, los gobiernos respectivos exigieron condiciones, tales como regalías y diversas compensaciones a cambio de un recurso natural no-renovable. Las negociaciones fueron problemáticas y parecían no tener una salida favorable a las empresas.
Aquí es donde entró Chile, que había logrado desarrollar un poderoso ejército. Habían discurrido cuatro décadas de la ‘Guerra de la Araucanía’, en la cual el ejército chileno, superada la etapa de la Guerra de Independencia, se dedicó a aplastar a la población indígena, cosa que los españoles no habían logrado, quitándoles sus tierras y entregándoselas a comunidades extranjeras, principalmente alemanas. El trabajo sucio estaba hecho y el poderío militar estaba a la orden para otros fines.
Inglaterra y Chile tenían intereses en común. Chile estaba en capacidad de invadir el territorio salitrero. Las empresas inglesas tomarían las concesiones de los territorios ocupados en términos favorables, y a cambio Chile tendría grandes ganancias territoriales y participación en el negocio. Faltaba un detalle para el plan: ¿cómo podía hacer Chile para invadir los territorios?
Para generar el conflicto, Chile envió una flota hacia el Perú, y dejó dos barcos de guerra de los peores que tenía, de tablitas, en Iquique, que era territorio peruano, comandados por Arturo Pratt. Era una modesta amenaza, pero los peruanos cayeron en la trampa, enviaron dos barcos de acero, y acabaron con Pratt, que con su resistencia se transformó en un súper héroe venerado hasta el día de hoy.
La guerra entre Chile contra Perú y Bolivia había comenzado. Fue una carnicería. El territorio a invadir estaba prácticamente deshabitado por tratarse de un desierto, de manera que no hubo resistencia local. No sólo se apoderaron del codiciado territorio, sino que llegaron a Lima y La Paz. Al final se firmó un tratado en 1904, según el cual Chile se retiró de los territorios ocupados en Perú y Bolivia, pero no de la enorme faja costera del Desierto de Atacama, con su extraordinaria riqueza, la cual no se comprometieron a devolver. Bolivia perdió su costa.
Siguieron varias décadas de extraordinaria bonanza para Chile. Barcos de todo el mundo acudían a los puertos de Antofagasta, Iquique y Taltal para cargar el salitre. Las empresas británicas proliferaron y muchos empresarios chilenos se enriquecieron. Como no había mano de obra local, trajeron campesinos pobres del Sur que fueron explotados como esclavos. El ejército chileno no sólo se encargó de preservar el dominio sobre el territorio, sino principalmente de mantener a raya a los obreros. Cualquier intento de protesta fue reprimido de manera brutal, siendo la Matanza de Santa María de Iquique la más conocida. Un golpe de estado acabó con un intento de gobierno progresista encabezado por el Presidente Balmaceda, quien se suicidó.
Así se hicieron las grandes fortunas de la oligarquía chilena. En esa época los palacios los compraban en París, ya que Miami todavía no existía. Paradójicamente la bonanza no duró lo que podría haber durado. En la Primera Guerra Mundial los aliados cercaron a Alemania y le impidieron el acceso al salitre, que de paso no sólo sirve como fertilizante, sino también como materia prima para fabricar pólvora y dinamita. La consecuencia fue que un químico alemán inventó una manera económica de sacar nitrógeno del aire, con lo cual de la noche a la mañana la enorme riqueza se esfumó. Hoy en día los pueblos fantasmas, las factorías y las locomotoras abandonadas, sorprendentemente bien preservadas gracias a la sequedad del desierto, son una mera atracción turística.
Se podría pensar que, acabándose la riqueza del salitre, Chile podría haber devuelto generosamente la salida al mar a Bolivia. Pero es que luego vino el cobre, precisamente en la misma zona. La historia se repitió, ya que hoy en día este mineral representa más del 70% del PIB. Las empresas británicas se fueron, pero vinieron las norteamericanas. Las represiones y las matanzas continuaron y el intento por recuperar los recursos para el pueblo terminaron con otro presidente suicidado y el ejército en el poder, luego de uno de los más sanguinarios golpes de estado.
La Corte de la Haya tiene razón en su dictamen. En 1904 Chile no se comprometió a devolver el territorio salitrero, el objetivo principal de la disputa, más aún si consideramos que firmó dicho tratado en su condición de fuerza vencedora, en la cual los vencidos no tenían ninguna capacidad de imponer nada. Ni lo van a devolver, porque Atacama sigue siendo, como lo definió Allende, "el sueldo de Chile".