Para salirse del cuento del ataque sónico de Cuba a EEUU

Parece que a los hacedores de propaganda internacional en el
Departamento de Estado, la CIA y otras dependencias del gobierno
estadounidense no les está resultando fácil salir del ridículo engorro
en que se han metido con el asunto de los ataques acústicos contra el
personal de su embajada en La Habana.

Para los expertos y observadores de este tipo de propaganda al más
alto nivel de gobierno, la denuncia de un ataque imaginario contra
Estados Unidos por parte de otro país no es algo novedoso en
Washington. Hay que recordar la explosión del acorazado Maine en la
bahía de La Habana; la sorpresa del ataque a la base aérea y naval
estadounidense de Pearl Harbor, en Hawái; los incidentes del Golfo de
Tonkín en Vietnam y la supuesta presencia de armas de destrucción
masiva en Irak, que respectivamente sirvieron como mentirosas
justificaciones para lanzar las guerras contra España en 1898, Japón
en 1941, Vietnam en 1964 e Irak en 2003.

La primera de estas simulaciones sirvió para inaugurar el status
imperialista de la política exterior de EEUU al dejar a Washington
posesionado del vasto imperio colonial español.

Estados Unidos ha sorprendido al mundo por la ingenuidad con que su
opinión pública ha asimilado las versiones oficiales acerca del
asesinato del presidente John F. Kennedy y el abominable acto
terrorista contra las torres gemelas del World Trade Center de Nueva
York, dos fábulas que se parecen más a cuentos de horror y misterio
hollywoodenses que a cualquier otra cosa. La segunda de estas dos
entelequias le sirvió de pretexto para el lanzamiento de su llamada
"guerra contra el terrorismo" y, como parte de ella, al recorte de las
libertades públicas de los estadounidenses.

Como regla, el gobierno cubano –que ha sido una de las víctimas
preferidas del imperialismo norteamericano en los tiempos actuales- ha
evitado responder caso a caso a cada una de las engañifas mediáticas
urdidas por Washington contra su proyecto revolucionario para no
contribuir a su resonancia. Han sido los hechos mismos, y las
denuncias a cargo de amigos y simpatizantes, los que han contestado a
ellas.

Incluso, para atacar a Cuba, la propaganda de EEUU ha llegado a sumar
a los 20,000 mártires que dejó la tiranía batistiana impuesta a la
isla por Washington, el número de torturadores y asesinos del régimen
depuesto ejecutados por sentencia judicial de los tribunales
revolucionarios populares al triunfo de la revolución, sin olvidar el
de los agresores y agredidos muertos a causa de la invasión de Bahía
de Cochinos (Playa Girón) patrocinada por Washington y las víctimas de
los cientos de actos terroristas y atentados promovidos por Estados
Unidos contra Cuba en tiempos recientes. Todo ello para tratar de
manchar con tan grosera manipulación el limpísimo expediente de
respeto a los derechos humanos que la revolución cubana ha mantenido
siempre.

En la gran farsa de los ataques sónicos, que ya tiene visos de comedia
silente, no se identifican culpables y tampoco se conocen los
supuestos perjudicados porque, evidentemente, no han existido.
Observadores de la política estadounidense sostienen que el senador
Marco Rubio fue quien ideó el espectáculo con el fin de que el gran
escándalo con participación suya hegemónica lo hiciera presidenciable
con las miras puestas en convertirse en el primer presidente hispano
de Estados Unidos.

Rubio conoció de ciertos problemas acústicos que presentaban varios
funcionarios de los servicios de inteligencia acreditados en la
Embajada de EEUU en Cuba. Allí se planteaba hacer una demanda contra
la American Technology Corporation (ATC), fabricante de los equipos
LRAD-RX que utiliza el Subcomité Nacional de Seguridad (NSSC, por sus
siglas en inglés) para comunicarse con sus agentes en Cuba que podrían
ser los responsables de tales dolencias. Esos equipos muy
especializados para el espionaje habían sido recién adquiridos por el
Departamento de Estado norteamericano para la misión diplomática en La
Habana.

Rubio, hábilmente, ideó o encargó el guión a desarrollar para el
espectáculo de los ataques sónicos. Su mayor osadía fue la de
involucrar, como principal patrocinador, al Presidente Donald Trump,
de quien -como señala Michael Wolff en su libro Fuego Y Furia- se ha
escrito muchísimo acerca de que "actúa como un niño, sufre de
psicopatologías como delirios de grandeza y paranoia, es un ignorante
que ni lee ni escucha y es totalmente incapaz de cumplir con los
deberes de su cargo".

Por eso, era de suponer que en pocas semanas nadie se acordaría de la
farsa de los ataques sónicos de Trump, que tan solo habrían ido a
engrosar la lista de sus muchas "excentricidades".
Pero la mentira tomó un vuelo mayor y ahora EEUU no sabe cómo salirse
del enredo con la menor cantidad posible de bajas políticas propias.



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Manuel Yepe

Abogado, economista y politólogo. Profesor del Instituto Superior de Relaciones Internacionales de La Habana, Cuba.

 manuelyepe@gmail.com

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